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EDITORIAL LA PRENSA LA PARTIDO REPUBLICANO NACIONAL El Benemérito PAGINA CUATRO Dr. don Rafael Calderón Muñoz La Patria está de duelo. Costa Rica ha perdido a uno de sus mejores hijos. El doctor don Rafael Angel Colderón Muñoz acaba de morir, y se estruja y sangra ante tal suceso el corazón de la República. El Benemérito ciudadano que hizo de su vida un altar don de siempre se oficiaba por la grandeza y la felicidad de la Patria; el médico insigne, que, como Jesús de Galilea, sanaba a los enfermos por el prurito de llevar la felicidad a los hogares donde reinaban el dolor y la congoja; el médico de los niños de Costa Rica, que salvó tantas vidas que luego fueron kombres útiles a su amad a Costa Rica; el hombre profundamente cristiano, que vivió con.
bella y conmovedora sinceridad los sagrados principios que estatuyó Jesucristo para el bien y la felicidad de los hombres, a tal grado que que hace pocos días mereciera el altísimo honor y el consuelo de recibir la bendición del Supremo Jefe de la Iglesia Católica, el Santo Papa Pío XII; el jefe de uno de los hogares más dignos y más virtuosos de nuestra Patria, donde al sólo entrar se siente un olor a santidad y de recogimiento, el Dr. don Rafael Calderón Muñoz, como pocos digno del título de Benemérito de la Patria, que hace pocos días le otorgó el Congreso de la República con el aplauso de la nación entera, acaba de entregar su alma al Creador. y ha dejado con su ausencia un vacío inllenable en el corazón de Costa Rica.
Dichosos los hombres que como el Doctor Calderón Muñoz llegan a ese trance supremo después de una larga vida de servicio y desprendimiento; dichosos quienes como él, pueden presentarse ante Dios con la frente limpia y la sonrisa placentera que da una conciencia tranquila; dichosos quienes como él, llegan a alcanzar la gloria de una cabeza completamente blanca sin haber perdido la blancura del alma. Porque como su cabecita adorabe, coronada por la nieve de los años, blanca como la blanca Eucaristía, erà su alma de niño. Jamás su corazón fué inquietado por la sombra siquiera de un rencor, de un mal pensamiento, de un mal deseo para sus semejantes. Nunca una palabra dura para herir a nadie, brotó de sus labios; siempre tuvo a flor de corazón la disculpa generosa para los excesos de aquellos que, por las pasiones de la política, pudieron cegarse hasta lanzarle el envenenado dardo. Fué grande hasta para juzgar las bajezas humanas. De él podría decirse, parodiando al escritor insigne, que fué grande en el pensamiento, grande en la palabra y grande en la acción.
Con él, como rica presente que estará entregando en estos momentos a Dios, van las bendiciones de los humildes, de los desheredados, de las almas atormentadas por el dolor y la miseria. Formando corona inmarcesible alrededor de su cabeza blanca lleva cl inmenso tesoro de perlas de las lágrimas de las madres a quienes salvó sus hijos, de los hombres que por él pudieron darse la gloria de perpetuar su sangre, gloria que estuvo al esfumarse por la enfermedad del hijo, y a quien él rescató de las garras impías de la muerte. Con él van las sonrisas de miles de niños convalecientes, que lo miraban llegar a su lecho de enfermos, la gran mayoría de ellos en la terribe friadad de las covachas miserables, como al abuelito sonriente que llegaba portador de un mensaje de salud y bienestar. Qué hermoso y qué bello presente para el Supremo Hacedor de todo bien. Qué regio presente para Jesucrito, que llegó al suplicio espantoso de la Cruz para conseguir que germinara la semilla de la bondad y la virtud en el corazón de los hombres!
Que brote a torrentes el caudal de las lágrimas de este pueblo que él tanto quiso, y enalteció tanto. Que su nombre siga viviendo en el corazón de sus conciudadanos. Que su memoria sea conservada con veneración, como una reliquia de la Patria. Que su vida sea espejo en que se miren, para seguir su trayectoria luminosa, los costarricenses de hoy y de mañana. Que los pobres, a quienes quiso y sirvió con preferencia, por quienes gastó sus mejores años y lo mejor de su inmenso caudal de médico insigne, lo lloren eternamente, y conserven su venerable efigie como homenaje imperecedero a su memoria. que este celestial conjunto que forman las oraciones y las bendicionesde todo un pueblo, venga a ser el mejor consuelo para la virtuosísima matrona que fué la compañera inseparable de sus luchas, de sus alegrías y de sus penas, y para sus dignos hijos, que son legítimos herederos de las virtudes del ilustre desaparecido. Paz a sus restos, en la tierra, y gloria para él en las alturas.

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