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Por Richard Nixon bers era un hombre extraordinariamente inte.
ligente. Y, segundo, como agente secreto COmunista había tenido que entrenarse para re.
tener en su memoria vastas informaciones, fin de reducir al mínimo el riesgo de ser a prehendido con documentos sobre su persona. Como resultado de ello, su capacidad de retencion llegó a desarrollarse en un grado sorprendente.
Por ejemplo, cuando le pregunté cómo vivía la familia Hiss y cuáles eran las clases de alimentos que consumían, contesto. Me parece que esta pregunta abarca bag.
tante más. Hiss es un hombre de gran simplicidad, con mucha dulzura y suavidad de carácter.
Ambos vivían con extrema sencillez. Tuve la im.
presión de que el mobiliario de su casa (la de la Calle 28 de Washington) era el que puede encontrarse en cualquier parte. Quizá lo obtuvie.
ron de su madre o cosa semejante: nada lujoso en modo alguno, sino totalmente sencillo. Sus ali.
mentos eran de la misma índole: no se preocupaban mucho por las buenas comidas. Ello no constituía un factor primordial en sus vidas.
La misma impresión saqué yo cuando le pregunte. Cultivaba Hiss algún pasatiempo. Desde luego que sí. Ambos tenían la misma afición: eran aficionados a la ornitologia, a observar los pájaros. Acostumbraban levantarse temprano por las montañas y se iban a contemplar los pájaros junto al canal de Glen Echo.
Recuerdo que una vez vieron, con gran contento, un protonotario cantor.
John McDowell, gran admirador de los pá.
jaros, le interumpió para comentar. Una especie bastante rara. Jamás vi un ejemplar de ésos repuso Chambers. También yo soy aficionado a los pájaros.
Pero mientras esta parte del testimonio resultaba tan convincente, otras cosas de las que Chambers dijo aquel día eran tan increíbles que suscitaron dudas en torno a todo lo demás. Por ejemplo, yo le pregunté. Tenían coche. Sí que tenían contestó Chambers.
clase, si existian, referentes a la historia de Chambers. Se interrogó a los administradores de fincas relacionados con los arriendos de las tres casas en que Chambers dijo que había vivido Hiss desde 1935 a 1937. Se encontró, en Georgetown.
la guardería canina, donde los Hiss dejaban su perro de aguas cuando salian de vacaciones. Se buscaron personas que pudieran haber visto jun.
tos a aquellos dos hombres en las inmediaciones donde vivió Hiss. Y, detalle tras detalle, la histo.
ria de Chambers, al ser comprobada por terceras partes, demostró ser cierta. En cambio, resulto infructuosa la búsqueda de una pieza documen.
tal de vital importancia: no fue posible hallar en el registro de vehiculos a motor la inscripción que coincidiera con la extrana historia de Cham, bers de que Hiss había entregado su coche a un funcionario del partido comunista.
Durante este período, yo traté de resolver algunas de mis dudas leyendo y releyendo el tes timonio prestado por Chambers y pidiendo con sejo a varios hombres con diversos puntos de vis.
ta y cuyas opiniones respetaba. La pregunta que formulaba una y otra vez era si el testimonio pres tado por Chambers constituia un caso prima facie contra Hiss que justifica el seguimiento de una investigación ulterior. Udebería yo coincidir con la inclinación original del Comité, después de oir la declaración de Hiss, de que deberíamos entregar lo actuado al Departamento de Justicia?
Seis crisis Capitulo DURANTE este período, recibí una lección acerca de la naturaleza de la crisis que me iba a servir de mucho para los años venideros.
El tomar una decisión para enfrentarse con la crisis es mucho más difícil que la prueba misma. Una de las mayores experiencias que un in dividuo puede vivir es el período de duda, de va.
cilacion, para decidir si ha de librar la batalla o abandonar la lucha. Es en este momento cuando se presenta una tensión casi insuperable, cuyo es tado sólo podrá superarse emprendiendo la ac ción, en un sentido o en otro. simbólicamente, es este momento de la crisis el que diferencia los líderes de sus seguidroes. El líder debe poseer una fortaleza emocional, mental y física suscep.
tible de soportar las presiones y tensiones creadas por las dudas necesarias, y, entonces, en el momento crítico, emprender la acción y actuar decisivamente. Sólo fracasarán aquellos que se vean tan dominados por las dudas que sucumban aplas.
tados por la tensión o traten de evadirse para evitar el total enfrentamiento con el problema.
Por otro lado, si uno se propone actuar y aTrostrar la responsabilidad, es necesario que pase a través de este período de vacilación y prueba de los cursos alternativos de la acción. De no ser así, errará el tiro por falta de puntería y perderá la batalla por una total imprudencia.
Incluso en una contienda de perfiles tan cla.
ros como la existente entre el comunismo y la libertad, hay zonas oscuras. No obstante, tenemos unos principios intrínsecos a los que podemos adherirnos. Todo aquel que elude este proceso interno al emprender la batalla actúa irresponsable mente. Es la especulación y la duda lo que invisten al hombre de la confianza, calma y tenacidad con que actuar decisivamente.
Aquella noche lei y releí el testimonio preg.
tado por los dos hombres. Traté de descartar a quellas partes de la declaración de Chambers que acusaba a Hiss de haber sido comunista. Concentré mi atención sobre una sola pregunta. Conocía Hiss a Chambers? Pues era obvio, según el testimonio de Chambers, que no sólo alegaba conocer a Hiss, sino conocerlo muy bien. Qué debería saber un hombre acerca de otro hombre en el caso de conocerlo tan bien como Chambers afirmaba conocer a Hiss? Las primeras horas de la mañana me las pasé haciendo notas referentes a las preguntas que me convendría formular a Chambers con relación a este punto.
Tras la experiencia obtenida en los dos días precedentes, me hice el propósito de no presentarme nunca más ante una audiencia del Comité sobre Actividades Antiamericanas sin ir al menos tan bien preparado como los mismos testigos.
El de agosto era sábado y el Comité se reunió en un enorme estrado vacío, cubierto de paneles de madera. existente en la primera plan.
ta del Palacio de Justicia de Nueva York, en Foley Square. Chambers se sentó solo frente al eg.
trado, a un lado de la larga mesa del consejo, compuesto por los miembros del Subcomité log diputados republicanos de Pennsilvania, Hébert y John McDowell, y, presidiendo, el autor este trabajo Stripling se hallaba sentado entre nosotros y detrás ocupaban sus asientos otros tres investigadores del Comité: Louis Russell. Donald Appell y Charles McKillips, a más de Ben Man.
del, nuestro director de investigaciones. También se encontraba allí el taquigrafo del Comité que registraba los asuntos oficiales.
Cuando Chambers hubo prestado juramento como testigo, empecé el interrogatorio yendo de lleno al grano: puesto que él alegaba conocer a Hiss Hiss negaba conocerlo a él, le pedí que dijera al Comité todo cuanto supiera de Hiss. asi, durante casi tres horas, le estuve bombardeando con preguntas concernientes a cuanto yo consideraba que tenía que conocer un hombre si era amigo de otro. Las respuestas fueron saliendo, una tras otra, inequívocamente y hasta con el más mínimo detalle.
Conoció Hiss por primera vez en 1935 le había visto en diferentes ocasiones en 1937.
Le había cobrado a Hiss impuestos del partido comunista Había estado en casa de Hiss en varias ocasiones y en una de ellas durante una semana.
Hiss y su esposa tuvieron un perro de aguas que dejaban bajo los cuidados de una puardería canina, sita en la avenida de Wisconsin, de WashIngton, cuando se iban de vacaciones a la costa oriental de Maryland.
Hiss era llamado Hilly por su esposa y el la llamaba a ella Dillv. Sus amigos. nor lo general, les llamaban también Hilly y Dilly, pero no en su presencia.
Describió a Mrs. Hiss como una muter de es casa estatura y sumamente nerviosa, que se sonrojaba mucho cuando se excitaba o enfadaba. Nog reveló el nombre de soltera de Mrs. Hiss, el lugar de nacimiento y su pasado.
Describió al hijastro de Hiss.
Nos contó que Hiss en su michachez tenia la afición de ir a buscar apua de manantial a Druid Hill Park para venderla en Baltimore.
Describió los interiores y exteriores de tres casas diferentes habitadas por los Hiss mientras él los conoció.
Yo pensé que toda esta información podía.
haberla obtenido mediante un estudio de la vida de Hiss, sin realmente conocerlo. Pero algunas de las respuestas resonaban con un tañido per sonal de verdad que sobrepasaban los hechos en sí (1. 1) La memoria de Chambers sobre pequeños detalles fue una de las cosas que, incidental mente, suscitó dudas en cuanto a su verosimili.
tud por parte de algunos miembros del Comité.
Como era posible que pudiera recordar nombres, lugares y hechos con los que no tenía re.
lación desde hacía diez años? Mirando hacia el pasado, creo que existen dos factores que con tribuyeron a ello. Primero, hasta sus más mor daces enemigos habían reconocido que ChamDIJO que tenían un Ford turismo modelo 1929, de color negro y bastante usado, con un limpiaparabrisas que había que accionar a mano. Luego contó lo que parecía una historia inverosímil, refiriéndose a que Alger Hiss había comprado otro automóvil en 1936 y había querido entregar el viejo Ford al partido comu.
nista. Ello iba en contra de todas las reglas de la organización secreta, pues creo que esta investigación ha demostrado cuán en lo cierto están los comunistas sobre tales materias. Pero Hiss insistió tanto contra el mejor razonamiento de Pe.
ters (J. Peters era en aquel momento jefe del movimiento clandestino comunista en los Estados Unidos) que finalmente consiguió salirse con la suya dijo Chambers Hiss pasó el coche a un comunista de una es.
tación de servicio de Washington y más tarde, fue transferido a otro miembro del Partido. Creo que en algún lugar estará inscrita la transferencia del coche. concluyó Chambers Cuando terminó su testimonio le pregunté. No le importaria someterse al detector de mentiras con relación a este tetimonio. Si es necesario, desde luego contestó sin la menor duda. Tanta confianza tiene usted. Estoy diciendo la verdad. respondió en el acto.
Mientras oía declarar Chambers aquella tarde del sábado, tuve por seguro que, en efecto, estaba diciendo la verdad. Pero en el tren de regreso a Washington empezaron a surgirme algu.
nas dudas. Podría Chambers, mediante un minucioso estudio de la vida de Hiss, haber preparado toda aquella historia con el fin de destruirlo, por al.
gun motivo que no nos era dado saber?
Allá por el año 1948, antes de que fuera totalmente conocido el radio de acción ejercido por el movimiento comunista clandestino, era difícil creer a un hombre como Chambers frente a otro de la talla de Hiss. Considérese el pasado de Chambers. En la City había sido editorialitsa del Daily Worker. escrito para las Nuevas Masas. y había prestado sus servicios como funcionario pagado a sueldo del partido Comunista clandestino; luego repudió al Partido, y durante varios meses, tuvo que dormir con una pistola bajo su almohada por miedo a que le asesinaran. Podía ser creído semejante hombre. No era más plausible pensar que lo que pretendía era destruir a un inocente?
En cambio, Hiss procedía de una buena fa.
milia, habla obtenido una sobresaliente plusmar.
ca en Johns Hopkins y Harvard, le cupo el ho nor de ser seleccionado para servir con un juez del Tribunal Supremo prestó sus servicios como secretario ejecutivo en la gran Conferencia internacional sobre asuntos monetarios celebrada en Dumbarton Oaks en 1944: asimismo, acompañó al presidente Roosevelt a Yalta y tuvo un puesto clave en la Conferencia de San Francisco que estableció las Naciones Unidas. Era posible que un hombre con este pasado pudiera haber sido comunista obediente a la Unión Soviética, incluso durante el periodo 1939 1941 en que los comunistas y nazis eran aliados?
El Comité no podía dejar otra vez las cosas a medias, más aún cuando se hallaba implicada una reputación de semeiante talla. Sobre noso.
trog pesaba la responsabilidad de asegurarnos de nuestros actos antes de airear ante el públi.
co nuevos cargos.
Los nueve días que siguieron, desde el al 16 de agosto, el Comité tuvo que trabajar las veinticuatro horas del día bajo la dirección de Stri pling, en busca de pruebas documentales o de otra En el periodo comprendido entre el y el 16 de agosto, cuando Hiss iba a prestar nueva de claración, no solamente insistí en que el personal del Comité, valiéndose de todos los medios de in vestigación posibles, tratara de establecer la ver dad o falsedad del testimonio de Chambers, mediante una evidencia corroborativa, sino que además, intenté verificar la objetividad de mis propios juicios frente a las opiniones de hombres a quienes yo respetaba.
Pedí a Bert Andrews, corresponsal jefe en Washington del New York Herald Tribune. que viniera a mi oficina. Me di cuenta de que se sentía más predispuesto a creer a Hiss que a Chambers.
Recientemente, había ganado un Premio Pulitzer por una serie de artículos en los que atacaba la justicia del programa de lealtad del Departamen.
to de Estado. Junto con James Reston, del New York Times. habia recomendado a Hiss ante Du lles para el puesto en Carnegie. juzgar por mi breve amistad con Andrews y por la reputación que tenía entre sus colegas de la Prensa, queda convencido de que se mostraría objetivo. Tenía la rara cualidad que distingue a un gran reportero entre los buenos: nunca permitía que sus pre.
juicios o emociones sirvieran de obstáculo en su búsqueda para informar la verdad. Una vez me dijo. Un editorialista tiene derecho a escribir lo que le dicta su corazón, pero el reportero ha de supeditar el corazón a los dictados de su mente, en torno a los hechos. El mal que padecen dema sia dos informadores del Departamento de Estado, por ejemplo, es que se olvidan de que su cometido consiste en escribir acerca del secreta rio de Estado y proceden escribiendo como si fue.
ran el secretario de Estado.
Le pedí a Andrews que leyera el testimonio, bajo la condición de que no escribiera nada acer ca de ello en tanto no se autorizara su publicación en todos los periódicos. Cuando terminó de leerlo, se volvió hacia mí y me dijo. Después de oir a Hiss el otro día me habría parecido increible. Pero no cabe la menor duda, Chambers conocía a Hiss Al día siguiente, pedí a William Rogers, quien a la sazón era asesor jefe del Subcomité pa.
ra la Seguridad Interna del Senado, el cual in.
vestigaba los cargos imputados por Miss Bentley.
que leyera también el testimonio. Rogers, que posteriormente llegó a ser fiscal general hizo una brillante carrera como uno de los jóvenes acusadores de Tom Dewey en Nueva York. Yo pensaba que seria un buen juez de la veracidad de Chambers. Llegó a la misma conclusión que Andrews.
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