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TIETO asistentes a la audiencia pública la distinta in presión de que aquella cara le era completamen.
te desconocida. Ahora, iba Hiss a introducir el primero de varios cambios sutiles, pero signie ficativos, en su confesión. Dijo. En la sesión pública donde se me mostro otra fotografia de Mr. Whittaker Chambers, de claré que no podia jurar no haber visto nunca al hombre que había en la misma. De hecho, esta cara resulta para mi vagamente familiar.
No puedo recordar con claridad y distinción a quién corresponde esta fotografia, pero no me resulta desconocida por completo.
Por Ricard Nixon sonal. En particular, parecia querer ahorrar sus hijos cualquier situación embarazosa como consecuencia de lo que él esperaba constituyera un capitulo cerrado de su vida. Su esposa. Esther.
pensaba exactamente igual que él a este respeeto. Por qué entonces iba a querer sacrificar este aislamiento y arriesgar su propia seguridad economica testificando contra Hiss de la forma que lo había hecho ante nuestro Comité? Sin an darme con rodeos le dije que muchos de aquellos que ponian en duda su veracidad creia que obraba impulsado por algún motivo personal al declarar en tal manera contra Hiss.
Chambers contestó. En realidad, no creo que pueda existir un motivo tan fuerte como para implicar la destruc.
ción de mi propia carrera.
Según dijo, había considerado una especie de deber por su parte el prevenir a su país contra al alcance, fuerza y peligro de la conspiración comunista en los Estados Unidos. añadió que sería lamentable que la nación continuara mirando a quel caso como una simple controversia personal entre Hiss y él. Había en juego mucho más que cuanto pudiera acontecerle a los dos como individuos. Y, volviéndose hacia mí, exclamó con gran sentimiento. Esto es lo que tiene usted que hacer comprender al país.
Seis crisis Capítulo VI visita no fue demasiado productiva en cuanto a obtener más información adicional cerca de su amistad con Hiss. Pero ocurrió un incidente que vino a confirmar mi convicción de que, cuando hablaba de Hiss, lo hacía como si hablara de alguien a quien conocía y no de al.
guien cuya vida había estudiado. Se me ocurrió mencionar que yo era miembro de la Sociedad de Amigos. Me dijo entonces que él y su familia acudían a Westminster para las reuniones de esta sociedad. recordó que también Mrs. Hiss pertenecía a ella en el tiempo en que él la ha.
bía conocido.
En este momento se lluminaron sus ojos, chasqueó los dedos y dijo: Esto me recuerda una coga. Pricilla, cuando se hallaba en su casa, solia dirigirse a Alger con palabras sencillas.
CONTINUE interrogándole, tratando de ampliar la pequeña ranura que, por primera vez, se había abierto en su negativa de conocer a Chambers. El defendió tenaz y hábilmente cada pulgada de terreno y sus respuestas fueron ha.
ciéndose progresivamente difusas y evasivas. Fi.
nalmente, empezó a argüir con el Comité. He sido perjudicado y ofendido dijo di.
rigiéndose a mi por la actitud que ha adoptado usted hoy. Se halla usted ante un conflicto de testimonio entre dos testigos, uno de los cuales es un antiguo comunista declarado, y el otro, un servidor. Usted afirma que se trata simplemente de dos testigos haciendo manifestaciones contradictorias, entre los cuales considera usted extremadamente dificil decidir acerca de su vero.
similitud. No deseo facilitar las cosas para aquella persona que, por motivos que no alcanzo a comprender, se está esforzando evidentemente por destruirme. No deberían serme preguntados detalles que tal persona puede escuchar y luego servirse de ellos como si los conociera de ante.
mano.
Yo contesté que las preguntas que se habían formulado, tanto a él como a Chambers, se referian a hechos que podían ser corroborados por terceras partes y que en modo alguno usaría el Comité su testimonio de forma que Chambers pudiera con ello tejer una tela de araña en torno suyo.
Seguidamente, comenzó a atacar por otro frente. No se trata de saber si ese hombre me co.
noce y yo no me acuerdo de él dijo La cues.
tión es si él sostuvo conmigo esa amistad que él afirma y yo nicgo, y si yo pertenezco o he per tenecido alguna vez al partido comunista, tal como dijo él y yo desmiento.
AQUELLA noche, cené con el diputado republicano de Wisconsin, Charles Kersten, con quien yo habia servido como miembro del Comité de Trabajo. Kersten era un sagaz analista de la tactica y estrategia comunista. Cuando hubo leido el testimonio, hizo una sugerencia que no so.
lamente iba a ejercer una gran influencia sobre mi conducta en el presente caso, sino durante el cur80 de mi carrera en los años futuros. Me dijo que tenta noticias de que Hiss intentaba conseguir declaraciones en su favor por parte de John Foster Dulles y otros miembros de la Fundación Carnegie. Me sugirió que diera a Dulles la opor tunidad de leer el testimonio. la mañana siguiente, 11 de agosto, telefo.
neé a Dulles, quien me dijo que le agradaria verme aquella noche en el Hotel Roosevelt de Nue.
va York, donde se hallaba trabajando sobre la campana presidencial de Dewey. Kersten y yo tomamos aquella tarde el tren para Nueva York y.
nos reunimos con Dulles en la habitación de su hotel. También se encontraba allí su hermano Allen, que más tarde llegaría a ser jefe de la Agencia Central de Inteligencia. Ambos leyeron el testimonio. Cuando hubieron terminado. Foster Dulles comenzó a pasear por la habitación, con Tas manos tras la espalda. Era una característica Buya que yo tendría ocasión de volver a ver mu.
chas veces en los años siguientes, cuando discutíamos asuntos importantes. Por último, se detuvo y dijo. No cabe duda. Es casi increíble, pero Chambers conocía a Hiss.
Allen Dulles llegó a la misma conclusión.
Pregunté a Foster Dulles si opinaba que es taba justificado que llevase adelante la investigación la vista de los hechos que Chambers ha testificrdo. repuso sin la menor dudapecaría usted de negligencia en su obligación como miembro del Congreso si no revisara el caso hasta una conclusión final.
Me hallaba tan enfrascado en el problema de tomar mi propia decisión que no me di plena cuenta del coraje e integridad demostrados por Dulles al hacer esta declaración en el momento politico presente, cuando era consejero jefe de politica exterior de la campaña Dewey. Mucha gente daba por seguro que si Dewey era elegido presidente, Foster Dulles sería nombrado secre.
tario de Estado. Como presidente del Consejo de la Fundación Carnegie. había aprobado el nom bramiento de Hiss para su actual pucsto. Para él seria muy embarazoso que Higg quedara desacre.
fitado, o, peor aún, que se demostrara que era comunista. Podía haberme sugerido que demora se el procedimiento hasta después de las eleccio.
nes. Pero tanto Foster Dulles como su hermano Allen, no sólo en este caso sino en muchos otros en que tuve ocasión de trabajar con cualquiera de ellos durante mis años de vicepresidente. an.
tepusieron la causa de la justicia y el interés nacional a cualquier consideración de orden per sonal o político.
Sin embargo, yo no me sentía todavía satisfecho. Decidi ver de nuevo a Chambers, esta vez solas y extraoficialmente, no sólo para obtener mayor información de él, sino para formarme una impresión más cabal de la clase de hombre que realmente era. Pensé que, si conseguía hablar a solas con él, me sería más fácil adivinar si decia o no la verdad. Para eludir toda publicidad, hice el viaje, de dos horas de duración, desde Washington su granja en automóvil. Ambos nos sentamos en vetustas mecedoras en el por.
che de entrada, contemplando el ondulado paisa.
je de Maryland. Fue la primera de una serie de largas y fructiferas conversaciones que sostuve con el mientras duró el caso Hiss y a través de los años, hasta su muerte, en 1961. Al igual que In mayoría de los hombres de calidad, me causó una impresión más profunda en privado que en público. En pocos minutos, desapareció aquella caricatura de cansancio y aquel carácter desa.
brido. Me encontré frente a un hombre de extra ordinaria Inteligencia, que hablaba con profunda comprensión; un hombre sensible y prudente, que había abandonado su completa dedicación al cotutunismo para entrar en una nueva fe religiosa una especie de fatalismo con referencia al futuro. Algo que me impresionó especialmente fue su pasión casi alsoluts por el aislamiento per Yo sabía por experiencia propia que mi madre, en público, no solía emplear palabras sencillas, pero, en la intimidad del hogar, al dirigirse a sus hermanas o a su madre, acostumbraba la cerlo. Nuevamente reconocí que cualquier persona que conociera a Pricilla Hiss podría haber informado a Chambers de esta costumbre. Pero la forma en que me lo contaba, más que el hecho en si, de nuevo suscitó en mi el presentimiento de que cuanto me decía había sido vivido por él.
Dos días después, le pedí a Bert Andrews que me acompañara a la granja de Chambers, con el fin de conocer su propia impresión. Andrews le acosó a preguntas en la forma que saben ha.
cerlo los periodistas de Washington y Chambers superó la prueba a completa satisfacción de a quél. En esta visita, se desarrolló otro pequeño, aunque significativo hecho, que pareció corroborar el testimonio de Chambers. Le pregunté si tenía algo en su casa que constituyera un obsequio hecho a él por Hiss durante el tiempo en que se había tratado. Chambers sacó varias láminas de Audubon, asegurando que se las había entregado Hiss por unas Navidades. Conforme las íbamos revisando, Chambers señaló al pájaro cantor que se veía en una de ellas y dijo. Ahora recuerdo, este cuadro estaba en el comedor de una de las casas donde vivieron.
Como prueba final, dos días antes del 15 de agosto, fecha en que Hiss tenía que comparecer, pedi a Bob Stripling que viniera conmigo a Westminster. Stripling tenía casi un sexto sentido pala diferenciar al caza rojos profesional de aquellos que trataban de avudar honradamente al Comité en su trabajo de desenmascarar la cons.
piración comunista. También él se sentia conyencido por aquel tiempo de que Chambers conocía a Hiss. No obstante, en nuestro viaje de regreso a Washington, me hizo una observación extremadamente sensible: PERO había sido el mismo Hiss quien había alreado deliberadamente la cuestión de si Chambers lo conocía. Había corrido un riesgo bien calculado cuando planteó este dilema y ahora tenía que pagar el precio de su audaz postu ra.
Yo lo acosé en este punto crítico. Cuando compareció Mr. Chambers le din je recibió instrucciones en el sentido de que cada respuesta que diera a las preguntas que se le formularan sería considerada como grave y que las mentiras en respuesta a una pregunta grave le serían imputables como perjurio. La pertenencia al partido comunista es una cuestión que podía ser y probablemente lo fuera, ocultada. Pero los hechos concernientes a las supueg.
tas relaciones de Chambers con usted pueden ser confirmados por terceras partes. Tal es el propósito de estas preguntas.
Hiss reconoció que había llegado al final de su rodeo. He escrito aquí el nombre de una persona a quien conocí en 1933 y 1934, la cual no solamente vivió en mi casa algún tiempo, sino que, además, tomó en subarriendo mi apartamento dijo No veo posibilidad alguna de que las fotografías le pertenezcan. He dado su nombre a dos amigos míos antes de venir a esta audiencia. No creo que, en mi presente estado de ánimo, sea bueno para mi posición el que se me pida declarar una serie de hechos personales acerca do mí mismo que, de llegar a oídos de la persona que desea perjudicarme y cuyos motivos no al.
canzo a comprender, le asistirían en su empeño. No creo que Chambers nos haya dicho to.
davía la historia completa. Algo se está reservando. Intenta proteger a alguien.
CUANDO volvió a reunirse nuestro Subcomité en sesión ejecutiva, lo que hizo en Washing.
ton el 16 de agosto, nos encontramos con un Alger Hiss muy diferente de aquel testigo seguro y equilibrado que se había presentado ante nosotros en sesión pública justamente diez días an tes. Entonces había conseguido dar la impresión de ser completamente probo y honrado, tratando de arrojar luz por todos los medios sobre cier.
tos zafios miembros que habían sido conquistados por un maniático o bien se hallaban embarcados en un terrible caso erróneo de identidad.
Ahora trataba de torcer, evadir, girar y cam biar su historia, para ajustarla a las pruebas que, según le constaba, obraban en nuestro poder.
Pese a nuestros esfuerzos para mantener secreto el testimonio presentado por Chambers el de agosto. Hiss comprendía que Chambers nos ha.
bria dado algunos detalles intimos sobre la asociación de ambos.
Durante quince minutos, estuvo luchando a la desesperada conmigo y con Stripling. Se afe.
rró a la idea de que, si contestaba a nuestras preguntas (prepuntas a las que ya había contestado Chambers con gran detalle y bajo juramen to y que habían sido registradas debidamente)
Chambers quedaría al corriente de las respuestas que él diese, aprovechando en su contra dicha información.
En este momento, Ed Hébert hizo estallar lo que a Hiss hubo de parecerle una bomba plan.
cha manzanas. Hébert, demócrata de Louisiana, gozaba de gran respeto en el Parlamento, tanto por parte de los republicanos como por parte de los demócratas, debido a que, si bien era un buea luchador en pos de la posición de su Partido, había tenido ocasión de demostrar varias veces en el pasado que no era ningún chupatintas. de la Administración democrática. Había sido miembro del Subcomité que interrogó a Chama bers en Nueva York, el de agosto. Después de aquella audiencia, había declarado que seguís sintiendo serias dudas en torno a la veracidad de Chambers. Pero en esta ocasión ya tenía su.
ficiente. Dijo: Tras unas preguntas preliminares, hice que el oficial del Comité enseñara a Hiss dos fotografías de Chambers. Luego le pregunté. Cuando haya visto estas fotografías, ten.
ga la bondad de decir si recuerda a dicha persona bien como Whittaker Chambers, como Carlo como cualquier otra que usted haya conocido.
Diez días antes, había dado ante todos los Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.
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