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frentarse con problemas económicos aparentemen.
te insolubles. Muchos cbservadores privados sólo concedían al Gobierno de Frondizi tres meses de duración. Pero Frondizi siguió con firmeza y coTaje un curso intermedio entre ambos extremistas y, con la cooperación del Gobierno de los Estados Unidos, se ha convertido en uno de los líderes más fuertes y respetados del hemisferio occidental.
Una de sus mayores realizaciones consistió en des arrollar la fórmula para la explotación de los vas.
tos recursos petrolíferos de la Argentina por compañías particulares, reteniendo a su vez la na.
ción propiedad del mineral. Fue ésta una medida autoritaria esencial desde el punto de vista político argentino.
Por Richard Nixon SIS Capítulo XL Cuando volvi a Washington, recomendé una completa y abierta cooperación con Frondizi y su Gobierno. Mientras volaba desde Argentina a Pa.
raguay, comprendí que Rubottom había tenido ra.
zón. Sólo mis cuatro días en la Argentina ya merecían el viaje.
Paraguay presentaba entonces y ahora enor.
mes dificultades diplomáticas para nuestro De.
partamento de Estado. Era, y lo es aún mientras escribo estas páginas, la última dictadura de un solo hombre en el continente sudamericano. Toda la América Latina se muestra sensible ante su larga historia de dictaduras, alguna de las cuales fueron tan opresivas como una variedad de comunismo. El Departamento de Estado incluyó al Paraguay en la agenda de mi viaje, plenamente a sabiendas de que aquello era como lanzar un hueso a los elementos americanos cargados de odio que se extendían a lo largo de mi ruta. Pero éste era un pais con una larga historia de amistad hacia los Estados Unidos y con quien nosotros sosteníamos relaciones normales. No había razones diplomáticas para desairarlo de una forma categorica La policía norteamericana hacia toda la Amé.
rica Latina quedó establecida en el Pacto de Montevideo de 1933, prometiendo la no intervención en los asuntos internos de ningún país. Los Esta.
dos Unidos pueden mostrar, y de hecho lo hacen, sus verdaderos sentimientos cuando un país de.
Troca a su dictador, ayudando al régimen triunfador siempre y cuando se establezca sobre unos principios democráticos. Esto es lo que habíamos hecho en Argentina y Colombia. Con el fin de hacer patente el resentimiento norteamericano ha.
cia las dictaduras, el Departamento de Estado limitó a un día mi visita al Paraguay, mientras que en cada uno de los otros países que había visi.
tado permanecí dos, tres o cuatro días. Estoy se.
guro de que este detalle no pasaría inadvertido ante los círculos diplomáticos al estudiar cada matiz del protocolo y procederes. Pero no se enten.
dió así pública y notoriamente. En mis conversaciones con el general Alfredo Stroessner, un hom.
bre fuerte que controlaba la presidencia del Gobierno desde 1954, así como en el discurso que pronuncié ante una sesión conjunta especial de las dos cámaras del Congreso Nacional paraguayo, Observé con aprobación la fuerte oposición del Go.
bierno paraguayo al comunismo. No obstante, sub.
rayé que la manera más efectiva de combatir al comunismo no consistía en crear un fuerte siste ma totalitario de oposicón, sino en el estableci.
miento de un Gobierno basado en la libertad politica y económica.
Ningún Gobierno comunista tolerará el movimiento de la mano de obra libre. Puse de manifiesto cómo los comunistas, enmascarándose tras el disfraz de campeones de las aspiraciones legítimas de los trabajadores, trataban de infil.
trarse en el movimiento de los gremios obreros de los Estados Unidos e incluso conseguían notables exitos. Con el tiempo, los verdaderos líderes del trabajo se percataban del peligro y arrojaban a los comunistas de los Sindicatos norteamericanos. partir de entonces, continuaba adelante con solidez el trabajo organizado, contribuyendo al bien.
estar de sus miembros y de la totalidad del país.
Mis auidtorios sindicales me sometieron a ciertas preguntas arduas y provocativas. Sin embargo, uno de los problemas más difíciles a que tuve que enfrentarme no fue en el momento de las discusiones, sino ante un asado de mamut. lo cual quedará mejor descrito si digo que se trataba de una fiesta sudamericana consistente en el asado de una res abierta en canal, ofrecida en honor de Pat y mío por uno de los más grandes Sindicatos de trabajadores argentinos. El pla.
to principal consistia en una vaca abierta en canal y asada sobre un fuego al aire libre, al esti.
lo gaucho, de manera que el animal conservaba todavía el pelo sobre su piel. Los laterales de la va.
ca eran preparados y colocados contra una parri.
lla vertical situada a ambos lados del fuego, en forma tal que la carne resultaba bien asada mientras que el pelo, situado en la parte externa de la hoguera, ni siquiera se chamuscaba. Pat y yo nos dimos cuenta de que intentar comer vaca sin llevarnos a la vez a la boca un mechón de su pe.
lo representaba una crisis aún más difícil que la experimentada cuando, en 1953, tratamos de comer en Hong Kong, una variada comida china con ayuda de palillos. El quid de la cuestión radicaba en comer la vaca como si fuera un me.
lón, es decir, cortando cuidadosamente y separan do las lonchas de su carne y dejando la piel sobre el plato. El origen de este menú retrocede a los tiempos en que los gauchos condimentaban carne de vaca para varios días de cabalgar por las pra.
deras, conservando el pelo de la misma para que sirviera de protección contra la suciedad y los insectos.
En mi visita a la Universidad de Buenos Aires aprendi que algunos estudiantes latinoame.
ricanos no encajan en la definición de estudiantes que nosotros tenemos en los Estados Unidos.
En la América Latina es muy frecuente que un joven convierta en profesión sus estudios, resul.
tando que dicho joven es in funcionario comunista que se dedica a estudiar con objeto de adoctrinar a otros estudiantes más jóvenes con las promesas del marxismo.
Por consiguiente, cuando les invité a que me hicieran preguntas en la Universidad, Gregorio Selser, un redactor y conocido comunista de trein.
ta y cuatro años, desplazó a otros estudiantes y permaneció en pie para formular una pregunta.
Esta era una andanada de veinte minutos de duración, parte de la cual extrajo de un texto preparado de antemano, sacado directamente de la nea comunista en torno a las controversias internacionales. Lo identifiqué como el cabecilla del grupo que había estado repartiendo propaganda antinorteamericana fuera de la Universidad y le dejé continuar hasta que hubo terminado. Lue.
go le recordé que se había olvidado de formular la pregunta y continué respondiendo a sus car.
ges punto por punto, a pesar de lo retorcidos, car.
gados y ridiculos que parecían. Esta fue la tácti.
ca que seguí en las discusiones con los grupos de estudiantes. Mi objetivo no era convertir a los agitadores, cosa que me constaba era imposible, sino convencer a cuantos me escuchaban, que, en otro caso, podian haber sido ganados por tan persistente, vergonzosa y falsa propaganda en contra de los Estados Unidos.
Mientras pasábamos revista al estado de la economía, el presidente Hernán Siles Siles señalo a los dos retratos de sus dos predecesores que colgaban de las paredes de su despacho. Uno de ellos, dijo, desesperado por la inutilidad de sus propios esfuerzos, se había suicidado. El otro ha bía sido colgado por el populacho en el poste de un farol existente en la calle, al otro extremo de la ventana de su oficina. menudo me pregunto qué me tendrá pre parado el destino. terminó, con una torcida sonrisa.
El vuelo desde La Paz a Lima, en sus tres horas de duración, me proporcionó tiempo sufi, ciente para revisar log informes que poseía acerca del Perú, antes de mi llegada al mismo. Este país es uno de los más adelantados económica y culturalmente de la América del Sur. Ninguna otra nación de la América Latina tenía una historia más larga de amistad con los Estados Uni.
dos. Nuestros lazos económicos habían do estrechos y mutuamente beneficiosos durante variog años. Esto fue particularmente cierto durante la Administración del presidente Manuel Prado, que había ganado el poder dos anos antes en unas elccciones libres que pusieron fin a un largo período de dictaduras en la tierra de los incas.
Sin embargo, también mostraban mis infor mes que el Perú, en la ocasión presente, se encontraba atenazado por diversos problemas. Era evi.
dente que el régimen de Prado se estaba conmovien.
do. Desde varios meses atrás, la economia peruana había entrado en un periodo de retroceso, paralelo a la situación experimentada en aquel tiempo por los Estados Unidos. Esto llegó a producir no.
torvas molest. as en nuestras relaciones con el Perú.
El cobre, por ejemplo, la principal riqueza minera de exportación del Perú, descendió en el precio del mercado mundial de 46 a 25 centavos. El plomo y el cine apuntaban problemas similares y los peruanos temían que la totalidad de su industria mi.
nera, y particularmente sus exportaciones de co.
bre, resultaran arruinadas si los Estados Unidos adoptaban ciertas medidas restrictivas de importación, que ya habían sido adelantadas en el Congreso, para proteger nuestra propia y deprimida in.
dustria minera.
El Gobierno del Perú protestó con mayor ener.
gía aún ante el programa norteamericano de lanzar al mercado mundial a precios ínfimos nues tro excedente de algodón. El algodón constituía la principal riqueza exportadora del Perú y los peruanos se lamentaban de que estábamos lesionan.
do un sector importante de su economía. Aparte los problemas económicos, el Perú se veía por a.
quel ticmpo envuelto en la encolerizada disputa que desde hacía un siglo sostenía con el Ecuador sobre la demarcación de la frontera entre ambog países, limitada en cualquier parte de la agreste y tórrida cuenca del Amazonas.
No obstante, me había asegurado Rubottom que, desde el punto de vista social y diplomático, ninguna capital del hemisferio me dispensaría una bienvenida tan graciosa y amigable. Mis informes decían, que, entre dos aguas, existían virtuales problemas políticos; que mientras el partido comunista era ilegal, las leyes que establecían esta ilegalidad no tenían vigor. Mas, con todo eso, esperaba que mi visita fuera un agradable intermedio des.
pués de las experiencias un tanto difíciles en otras de nuestras anteriores etapas.
Nuestra recepción en el aeropuerto de Lima no pudo ser más regia y agradable, preo, a medida que nuestra caravana se acercaba al centro de la ciu.
dad, empecé a captar un aire de suspense e in comodidad. En las calles no se veía mucha gente y gran parte de las personas presentes parecian no percatarse de quiénes éramos. Los pocos que nos reconocieron nos saludaron con un silbido estri.
dente o indiferente, que equivale en la América Latina a los aplausos del Bronx. El funcionario del Gobierno peruano que me acompañaba dijo que el Gobierno no había publicado la hora de nuestra llegada, ni la ruta de nuestra comitiva, para evitar cualquier incidente. Sin embargo, me aseguro que mi aparición al día siguiente sería pública y recibiría la bienvenida de una multitud amistosa.
Sus palabras eran un tanto inquietantes, dado que yo no había llegado a imaginarme que me esperase ningún incidente en el amigo Perú.
Ya en mi habitación del elegante Gran Hotel Bolívar. de estilo europeo, situado en el cen.
tro de la ciudad, los miembros de mi personal me informaron de que habían sido distribuidas por la capital miles de hojas convocando a los estudian.
tes, trabajadores, y empleados para concentrarse al día siguiente en la Universidad de San Marcos e impedir que yo hablara allí. UNIOS NOSO.
TROS! GRITAD CON TODAS VUESTRAS FUERZAS. FUERA NLXON, MUERA EL IMPERIA.
LISMO YANQUI. decía una de las hojas que hacía referencia a mí como el más insolente repre sentante de los monopolios. La octavilla iba firma da por el Comité Comunista del Distrito de Lima.
Aunque la Constitución del Perú declaraba fue ra de la ley al partido comunista era evidente que el gobierno había hecho muy poco para cumplir esta ley y el partido comusista estaba operan, do abiertamente a través de todo el país.
Iban a ser tan activos los dos días de mi pro grama en el Perú que apenas tuve tiempo, al llegar al hotel, de cambiar mis ropas para dirigirme a efectuar la visita formal al presidente Prado y para el almuerzo que ofrecía en honor de mi esposa y mío. Sin embargo, pedi al coronel Sobert Cushman, hijo, mi consejero para asuntos de se.
guridad nacional y jefe de personal, que investigara acerca del ambiente reinante en la Univer.
sidad de San Marcos. Antes de abandonar Wash, ington, había recibido invitaciones para visitar las Universidades de los países que iba a recorrer y no quería pasar por alto la de San Marcos. Ha.
bía sido fundada en 1551, siendo el centro de edu.
cación y cultura más antiguo del hemisferio occidental y una de las más celebradas.
Ignoro el bien que mis palabras pudieron hacer en el Paraguay. Lo cierto es que no aparecie.
ron en la Prensa controlada paraguaya, por claras razones, y obtuvieron poco eco en ningún otro lugar, habida cucnta de que tales sentimientos les son sumamente familiares.
Cuando regresé a Washington, propuse que los Estados Unidos podían seguir ateniéndose a su acuerdo de no intervención y, sin embargo, conce.
der una más decidida preferencia hacia los Gobiernos libres que hacia las dictaduras de la Amé.
rica del Sur y Central, mediante una política de formal aprentón de manos para con los dictadores y embraso para con los dirigentes de la libertad.
CUANDO aterrizamos en el aeropuerto de La Paz, la pintoresca capital de Bolivia, conti.
nuábamos a cuatro mil metros de altitud sobre el nivel del mar, la mayor altura de cualquier aeropuerto comercial del mundo. Dave Ball el ca.
marero de nuestro avión encargado del equipaje, sufrió un desvanec miento a causa del esfuerzo efectuado a semejante altitud. pesar del fino are reinante, la recepción que se nos dispensó durante los dos días y medio que permanecimos en Bolivia no pudo ser más cálida y amigable.
Aunque hicieron su anarición unos cuantos agi.
tadores comunistas portando carteles, sus esfuerzos se disiparon literalmente bajo los millares da regocijadas personas que se acumulaban a ambos lados de las calles cuando pasábamos por el cen.
tro de la ciudad y sus alrededores.
Bolivia, empero, es el más triste ejemplo de pobreza en la América del Sur. La economía del país se basa en el estaño y por el tiempo de mi visita, la demanda mundial de este mineral se hallaba en una baja incesante. Sus minas estaban casi agotadas, sus métodos mineros pasados de moda, su agricultura pobre y retrógrada. La inflación era tan fantástica que su moneda corriente, el boliviano, tenía un valor de una milésima de centavo norteamericano.
Políticamente, era un país libre, pero sus di.
rigentes Se veian tan atrapados por antiguas polí.
ticas, feudos personales y rivalidades, que sus problemas parecían despreciar incluso el principio de una solución. Para impedir que las masas se muriesen de hambre, los Estados Unidos proporcionaron alimentos por un excedente de cincuenta millones de dólares y otros cuarenta millones en apoyo especial de la economía durante los cua.
tro años anteriores a mi visita.
NA importante fase de mi viaje a la Argenti.
na la constituyó la serie de conferencias que sostuve con los líderes de los negocios y con fun.
cionarios del nuevo Gobierno de Frondizi. En es.
tas reuniones, discutimos los serios problemas eco.
nómicos a que se enfrentaba el nuevo Gobierno.
La dictadura de Perón había expoliado al pals dejándolo al borde de la bancarrota y politicamente destrozado por los extremistas de la dere.
cha y de la izquierda. La controversia rayana en la confusión envolvía al nuevo Gobierno al en.
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