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apropiado como cualquier otro para salir al paso de uno de los mitos mas divulgados con respecte a mi selección como companero del general senhower en 1952. Por aquel entonces corrieron rumores de que exsita un trato entre Dewey yo, con arreglo al cual yo recibiría el nombra.
miento a la Vicepresidencia, a cambio de entre.
gar a Eisenhower la delegación de California Ahora bien, había dos factores que anulabar por completo la posibilidad de que tales rumores fue.
ran ciertos. En primer lugar, yo estaba a favor de Eisenhower mucho antes de encontrarme con Dewey en la cena de New York, durante el mes de mayo. en segundo, la delegación de Califor.
nia estaba prometida al gobernador Earl Warren que la conservo hasta el final. No pasó a Eisehower hasta después de que este tuvo asegurado el nombramiento y lo hizo a causa de un conflicto suscitado entre él y la delegación de Minnesota sobre la objeción de Harold Stassen.
Por Richard Nixon bro más moderno del partido republicano y él, a su vez, el más moderno del partido demócrata Esto quizá representara un desafio y un incenti.
vo para ambos. Es costumbre en las audiencias del Comité que el presidente inicie los interrogatorios y luego vayan actuando alternativamente demócratas y republicanos hasta que el último hombre tiene por fin su oportunidad. Ello significaba que, cuando Kennedy o yo teníamos la oportunidad de formular una pregunta, tanto el testigo como la materia estaban ya prácticamente agotados. Sin embargo, ambos disponíamos de largo tiempo para pensar mientras nuestros cole.
gas más antiguos disparaban sus preguntas y crea que ambos también, por lo general, nos las componíamos para tener a punto unas magníficas preguntas al fnial de la audiencia.
En efecto, fue en nuestro cargo como miembro de aquel Comité cuando celebramos nuestro primer debate. En la primavera de 1947 y a requerimiento de nuestro colega del Congreso, Frak Buchanan, acudimos a McKeesport (Pensilvania. un suburbio de Pittsburgh, para discutir los méritos de la candente Ley Haft Hartley, entonces sometida a la consideración del Comité. Dudo que ninguno de nosotros, ni de las 150 o 200 personas que componían la audiencia, podamos recordar mucho de lo que se dijo en el curso de aquella noche. Yo estaba a favor del proyecto de ley y Kennedy en contra, pero ambos presentamos nuestros puntos de vista con tanto vigor como pudimos. En lo que concernía a la audiencia, quizá yo tuviera la mejor parte en la disputa porque, en principio, la mayoría de los presentes, como patronos que eran, tendían a ponerse de mi lado.
Después del mitin, los dos volvimos a la capital en coche cama. Recuerdo que nuestra conversacón durante el largo y movido viaje se centró principalmente, mas que sobre el citado proyecto de ley, sobre asuntos extranjeros y sobre la manera de hacer frente a la amenaza comunista, tanto dentro como fucra del país. No recuerdo los detalles de nuestra charla, pero de lo que sí estoy bien seguro es de que ninguno de los dos tenía la más vaga idea por aquel entonces de que llegaTiamos a convertirnos en candidatos a la presidencia trece años después.
Desde el momento en que me nombraron can didato republicano a la Vicepresidencia, todo cuanto hice o dije fue inevitablemente scpesado en el sentido de que, con el tiempo pudiera convertirme en candidato a la Presidencia, pero hasta noviem!
bre de 1958 no empezó la historia en realidad de mi candidatura. ISIS Capitulo LXI El viernes de noviembre, en Washington, fue uno de los días más crudos del principio de aquel largo y frío invierno. resultó particular.
mente frío para la suerte del partido Republicano y de Richard Nixon. Mi carrera política había sufrido los más agudos altibajos desde mi nombramiento y elección como vicepresidente en 1952.
Mis acciones habían subidas tras el éxito conseguido con mi veje alrededor del mundo en el invierno de 1953. Bajaron bruscamente en 1954, al fallar mi demoledora campaña para la Cámara y el Senado. Voivieron a subir en 1955, con la aprobación general, incluso por parte de mis crí ticos más severos, como cnosecuencia de mi conducta durante el ataque cardiaco del presidente.
Descend eron nuevamente en 1956, cuando Harold Stassen realizó su fallido intento de arrojar.
me de la candidatura. Mi nuevo nombramiento y reel cción en 1956 compensaron con creces las pérdidas sufridas durante el ataque de Stassen.
Pero, en 1957 y 1958, el apoyo con que contaba volvió a descender, a medida que empezaba a hacerse notar el retroceso por todo el país. Luego, la crisis de Caracas, en mayo de 1958, me situó más alto que nunca, pero, justamente seis meses después, la decepcionante derrota republicana del 58, en sus elecciones para el Congreso, hizo que mis acciones experimentasen el mayor descenso conocido.
Hasta en la primavera de 1952, no se me ocurrió pensar en serio en la posibilidad de presentarme como candidato para el cargo nacional.
Como consecuencia del caso Hiss y de mi elección para el Senado en 1950, llegaron a mi oficina invitaciones para que hablase por toda la nación.
Atendiendo a una de ellas, pronuncié un discurso durante un almuerzo organizado para la recaudación de fondos por el Comité Republicano del Estado de Nueva York. El almuerzo tuvo lugar en el Waldorf Astoria. el de mayo de 1952, y mi alocución resultó ser uno de los discursos más importantes que hasta entonces había pronunciado. En su preparación empleé toda una semana.
Sabía que me enfrentaba a una prueba nada corriente ante una audiencia aitamente sofisticada.
Sin embargo, me consideraba preparado para la ocasión. Mis esfuerzos dieron los mejores frutos.
Cuando terminé, la audiencia, puesta en pie, me dedicó una larga ovación. Cuando me sentaba, el gobernador Dewey me estrechó la mano y me dijo. Ha sido un discurso formidable. Haga lo que le digo: no engorde, no pierda su ardor y algún día llegará a ser presidente.
MI educación, en un aspecto, se ajustaba a la norma prescrita para quienes desean embarcarse en una carrera política. Había estudiado Derecho y aproximadamente la mitad de los em.
bros del Congreso son abogados con anterioridad.
Teniendo en cuenta que el estudio de las Leyes disciplina la mente, dicho estudio puede ser en politica tan beneficioso como en otros campos. PeTo, como abogado, debería añadir un caveat a dicho respecte: log abogados tienden a ser remil.
gados. Con fercuencia, cuando se enfrentan con un problema, empiezan a preocuparse por el cómo eludirio. en lugar del cómo resolverlo. Los abogados que abrazan la profesión política necesitan rodearse de gente que no pertenezca a esta carrera, a fin de no convertirse en demasiado legalista y en poco imaginativos. Volviendo a mis años de estudiante de Derecho (en la Universi.
dad de Duke de Durham, Carolina del Norte. el curso más valioso que recibí, desde el punto de vista de la preparación para la carrera política, comprendia Jurisprudencia y Filosofia del Derecho y estuvo a cargo del doctor Lon Fuller, actualmente en Harvard, que, durante la campaña del 60, fue presidente del Comité de mis letrados.
Era un curso no requerido para la graduación, pe.
ro. según mi criteiro, esencial para cualquier estudiante de Derecho que planea entrar en la vida pública. Porque el hombre público, no sólo debe saber lo que es el Derecho, sino también cómo y por qué es insisto de nuevo en que el tiempo apropiadopara adquirir este bagaje educativo son los anos de colegio y Universidad, cuando el hombre dispone de tiempo para entregarse al lujo de leer y de pensar. Después, lo más probable es que se halle excesivamente ocupado actuando y hablando, por lo que, si no consigue esta formación durante sus anos de colegio, es posible que jamás llegue a adquirirla El resto del período anterior a mi entrada en el mundo de la política puede ser rápidamente expuesto. Ejerci mi carrera como abogado durante cinco anos en Whittier, mi ciudad de residencia.
Luego permanecí diez meses en Washington, en el año 1942, redactando normas reguladoras para la OPA seguidos de tres y medio en la Armada durante la Segunda Guerra Mundial. Nada ocurrió en esta época que presagiase una futura carrera politica, si se exceptúa el que, según decía el presidente Eisenhower, como todos los po.
liticos venturosos, me casé a pesar de mí mismo.
La primera vez que me presente para un cargo público fue en 1946. Tampoco en este caso me ajusté a la norma habitual atribuida a los prósperos abogados que practican la política. Siempre he gustado de conocer y hablar con la gente, mas, a pesar de ello, en esta campaña y en todas las demás en que hbaia de participar, faltaron las esperadas exhibiciones, consistentes en besos infantiles y palmaditas en la espalda, habituales en el candidato ordinario. Siempre he pensado que, en una campaña politica, un hombre ha de mostrarse por encima de todo como es, sin tratar nunca de aparentar o hacer algo que no sea natural en él. Cuando 29 lo hace pierde su carácter na tural y las cualidades esenciales para obtener el éxito en la poltica: sinceridad y credibilidad. Mi triunfo en la campaña del 46 fue probablemente la consecuencia de tres factores: llevé a cabo una intensa eampaña, realicé mi trabajo habitual y participé en debates con mi oponente, mejor coTecido que yo, el veterano y a la sazón miembro del Congreso, Jerry Voorhis.
Cuando en 1947 me presenté al Congreso, un periodico nacional sindical me secogió como tema para una sección tituiada El miembro más verde del Congreso de Washington. Las consecuencias de mi nombramiento para el Comité sobre Actividades Antiamericanas ya han quedado refe.
ridas en la sección primera de este libro.
Fue entonces cuando recibí una llamada te lefónica de Len Hall. Len era un antiguo amigo, tanto en el aspecto personal como en el politico.
Habíamos servido juntos en la Cámara. Fue pre.
sidente del Comité Nacional Republicano durante el periodo de ataque cardíaco del presidente y la victoriosa campaña de 1956. Aquel viernes del mes de noviembre, me comunicó que Clifford Folger, presidente nacional republicano de finanzas mientras Hall ocupaba el cargo de presidente del Par.
tido y, a la sazón, embajador norteamericano en Bélgica, estaba de vacaciones en Washington y deseaba que nos reuniéramos para discutir la si.
tuación política. Les invité a comer en mi casa.
Después de la comida, Len fue rápidamenta al grano. Ha llegado el momento de que decidas lo que vas a hacer en 1960 dijo. Si piensas presentarte como candidato, debes empezar a hora.
Yo me quedé un tanto turbado por la generosidad de sus observaciones. No era la primera vez que alguien me insinuaba que yo tenía madera de presidente. Toda figura pública, en un momento u otro de su vida, particularmente cuando acaba de pronunciar un discurso efectivo, ha oído decir a alguien: Posee usted lo que se necesita para ser presidente. o algo por el estilo. Es el cumpl. do con que la gente paga su tributo a un discurso que le haya gustado.
Desde luego, la idea de convertirme en candi.
dato en 1060 se me había pasado ya por la imaginación. Pero ésta era la primera vez que tenia que mirar cara a cara los problemas que me aguar daban si tomaba una decisión afirmativa.
AL principio, creí que a eso se debían las pa labras del gobernador Dewey. Pensé que tra.
taba tan sólo de mostrarse indulgente, como es práctica gencral, diciendo algo agradable a un letrado metido en política que había realizado un notrble esfuerzo. No cbstante, como supe cuando llegué a conocerlo mejor, no era él un hombre inclinado a esta clase de ensalzamiento político. través de los años en que serví como vicepresi.
dente, actuó en muchas ocasiones como uno de ms criticos más objetivos. Si opinaba que uno de mis discursos era bueno, así me lo manifestaba.
Pero nunca dudaria en hacerme saber que algún otro no podia competir con aquél o incluso que era desastroso. si así lo consideraba. Probable.
mente, esta sinceridad por su parte le hizo perder algunos amigos en el mundo de la política.
pero yo lo admiraba y respetaba por ello. Yo pensaba que su fracaso en alcanzar la Presidencia en 1948. época en que no nos conocíamos personal.
mente, habia significado una sensible pérdida para la nación. este sentimiento se fue intensificando a medida que aumentaba nuestro conocimiento a través qe los años después de 1952.
Dewey, que conserva aún todas sus facultades, es uno de los hombres más brillantes, dotado de mejor juicio y con más recursos de nuestra Era.
Habría sido un magistral oponente para Krushchey o para cualquier otro dirigente mundial. Ha ido en detrimento de América y del mundo libre el que su talento nunca haya sido utilizado en la escena mundial.
Primero discutimos las desventajas. Eran, en verdad, formidables. fin de establecer compa.
raciones, recordamos que al principio de la campaña de 1952, había 199 publicanos en la Cámara de Representantes entre un total de 435 miembros, y 47 senadores republicanos frente a 49 demócratas. Los gobernadores de 25 Estados eran republicanos y el Partido controlaba ambas Cámaras en las legislaturas de 26 Estados. candidato republicano a la Presidencia en 1960 sa encontraría con sólo 153 republicanos en la Ciel mara (de un total de 437. 35 senadores del mis.
mo Partido, de un total de 100. 14 gobernadores de Estado. Además, los republicanos controla ban las dos Cámaras de las legislaturas de los Es.
tados tan sólo en de ellos. Como más claro indice de la debilidad del Partido, Gallup señalaba que, en relación con febrero de 1960, el 47 por ciento de los electores norteamericanos se consideraban demócratas, el 30 por ciento republicanos y el 23 por ciento independientes. Para ganar las elecciones de 1960, el candidato republicano ten.
dria que obtener prácticamente todos los de su Partido, más de la mitad de los indepen.
dientes y, además, una cantidad de votos democratas que oscilaba entre los cinco y los sesi millones.
EL principal cometido que se me asignó fue lo relativo a Educación y Trabajo. Fue entonces, trece años antes de las elecciones de 1960, cuando por primera vez me encontré con el hombre que sería mi openente en dicha campana que ahora es presidente de los Estados Unidos.
Jack Kennedy y yo compartimos nuestras mutuas distinciones en el Comité sobre la Educación y el Trabajo: nosotros dos constituíamos el escalón infertor de aquel totem simbólico. Yo era el miem. pesar del éxito obtenido en mi discurso de Nueva York y de la inesperada reacción de Dewey ante el mismo, no me consideraba un contendiente de peso para el nombramiento a la Vicepresi.
dencia cuando acudí a la Convención de Chicago, en julio de 1952. quizá sea este un lugar tan Mis acciones personales no se hallaban más en alza que las del Partido, ya que en 1958 habia realizado una campaña para la elección de los candidatos republicanos a través de todo el país y había fracasado. Como consecuencia de aque.
lla derrota nacional masiva y de la victoria obtenida por Nelson Rockefeller en Nueva York, los comentarios de Prensa vaticinaban gratuitamen te que yo iba en descenso y Rockefeller ascendia en el camino hacia la virtual candidatura repu.
blicana de 1960, Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud Costa Rica.
Este documento no posee notas.