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Miércoles de marzo de 1974 DIARIO DE COSTA RICA. COMENTARIOS CRITICAS, OPINIONES, PUNTOS DE VISTA SUGERENCIAS PARA LOGRAR LA UNIDAD ACTIVA NACIONAL Presidencia Imperial Por ALBERTO LLERAS CAMARGO Por Rodrigo Cordero La ciudadanía conciente de la grave crisis que se avecina para nuestra existencia económico política, al concluír la campaña electoral, no debería de renunciar a los programas, nobles ideales y sentimientos patrióticos que inspiraron su acción política. Si, como lo ha sugerido Miguel Salguero en estos días, el gobernante llam ase a cooperar por el beneficio de todos los costarricenses a los dirigentes y a los partidos que le adversaron, no solo demostraría hidalguía, sino que fortalecería la auténtica gestión popular de su régimen administrativo, logrando con el ejercicio de dicha promoción, una más sólida fundamentación de posibilidades de recursos económicos básicos, que nuestra actual estructura de desarrollo necesita superar para poder subsistir como empresa social dentro de las actuales pautas democráticas. Gozamos de una libertad que asombra dentro del panorama latinoamericano, empero, es ahora cuando más valioso resulta dialogar sobre la necesidad de unir esfuerzos. Es fácil hablar en campaña de unidad, es fácil prometer en campaña. bajo el estímulo del futuro usufructo del poder estar dispuesto a entregarse con generosidad por Costa Rica. Es ahora cuando Costa Rica necesita la, cooperación de los sectores que representaron a la ciudadanía organizada en su derecho democrático. Cada grupo adversario a Liberación, al nuevo grupo de Liberación que tomará el poder porque es de esperar una renovación demostraría un verdadero sentimiento de fidelidad a la nación disponiéndose a quebrar las banderas del odio y.
levantar, juntos todos, la bandera nacional. En cada partido hay personas serias que diseñaron programas, dedicaron su actividad por que tenían entusiasmo por dar algo positivo a la comunidad. La comunidad sigue necesitando esa actitud, pues el cambio es inevitable, al ganador de las elecciones el pueblo lo ha autorizado para guiarnos en el tiempo que se aveeina, pero no puede negar el pueblo lo que él mismo construye día a día en la interacción social que constituye la dinámica misma de las condiciones históricas necesarias de su sistema económico político. El cambio viene; se trataba de escoger con quién de guía. Daniel Oduber le tocará el vendabal, y supongo que él lo sabe, que la historia lo ha ungido. La crisis latente de nuestra estructura actual de generación y distribución del producto del trabajo social, no sólo quizás sea prudente recordarle no terminan con las elecciones, sino que se agravarán proximamente. El país sigue, y la na.
ción necesita a todos, el pueblo necesita al pueblo, y el pueblo somos todos; por lo tanto también los partidarios de los otros grupos que estuvieron adversando al Licenciado Oduber, la mayoría electoral.
Daniel Oduber, por otro lado, necesita a su pueblo si es que sabrá guiarnos al embate, pues sólo la unidad nacional podrá resistir el cambio que se avecina. Una oposición que pudiera basarse en sentimientos negativos, sólo conduciría a la división de la conciencia nacional y al fomento de lo que podría terminar en balas, que es en lo que suele acabar el odio.
Şi estudiamos los programas que presentó cada grupo, las declaraciones de las señoras esposas de los aspirantes, lo que animaba a cada partido, hemos de ver que pueden haber muchos puntos de contacto, si los grupos de personas serias de cada partido, se unieran. El país realmente avanzaría. Por ejemplo, podría y vaya la sugerencia al aire, nombrar cada grupo diez personas que estuvieran calificadas en diversos campos y crear un comité nacional de unidad política que establezca, a través del estudio, de comparencias televisadas pe.
riódicas, sus puntos de vista sobre la realidad política y sus formas de posible acción conjunta para coordinar, no sólo los partidos en una sola dirección de trabajo y seriedad, sino también los sectores de producción. Sería muy conveniente, de igual forma, crear un comité nacional de voluntarios, de todos los colegios profesionales, de todos los egresados universitarios y técnicos de todo orden, que quisieran trabajar, en equipos de investigadores de distintas áreas. médicos, ingenieros agrónomos, abogados, sociólogos, etcétera) en pro de las necesidades reales de cada población, las cuales podrían ser detectadas por comités vecinales y por encuestas del Gobierno. Todo esto se puede hacer, lo que se necesita es buena voluntad.
El libro de Arthur Schlesinger, Jr. The Imperial Presidency es un estudio histórico de mucho calado sobre la división del poder en los Estados Unidos, desde los días de Washington, pero con énfasis especial en los últimos años.
Como todas, o casi todas, las obras norteamericanas de estos escritores que pueden anticipar su buen éxito, y entre los cuales el autor es uno de los más notables, se resiente del defecto casi inevitable de hacer historia instantánea. y por eso se introduce en el libro a pasos veloces el episodio de Watergate, para que siga siendo una historia completa por muchos años más, sin que el cambio de opinión de su país sobre la Presidencia la convierta en obsoleta en pocos meses.
Sin embargo, ese cuidado había que tomarlo.
Porque lo que está ocurriendo en los Estados Unidos en relación con los poderes del Presiden te es mucho más importante que toda la historia constitucional anterior que apenas aparece ante los hechos recientes como un curioso, contradictorio y extraño telón de fondo, en donde se encuentran precedentes para todo.
Para Schlesinger la batalla por el poder entre el Cuerpo Legislativo y el Ejecutivo tiene un ritmo, o mejor, una dialéctica muy marcada.
Ante todo examina lo que los fundadores de la nación quisieron para la nueva República, y en lo que no estuvieron de acuerdo. En ese desacuerdo quedan las semillas de la gran disputa futura, porque desde los primeros tiempos, ya va para 200 años, se preveían todos los peligros.
En las palabras de los constituyentes siempre se adivinan muchas de las cosas que temían y se ve también cómo tenían razón. Siempre ocurre así en ese tipo de debates, cuando se tiene entre las manos el cuerpo informe de una nación y se pretende conformarla de una u otra manera. No es menos inane la disputa de qué habría ocurrido si se hubiera puesto una palabra o la antagónica, si se hubiera consagrado un principio o el contratio en la Carta Constitucional, que las controversias sobre lo que habría cambiado la historia si hubiesen llegado unas tropas, a tiempo, a una batalla famosa, o si se hubiesen retrasado. Obviamente el poder iba a ser la causa de grandes discusiones a través de la existencia tumultuosa de la gran nación americana, y se preveía que por lo menos dos de las tres ramas del gobierno general se lo disputarían. Los capítulos del libro de Schlesinger nos dan la clave de ese ritmo de combate. La aparición de la gue rra presidencial está seguido de El Congreso se recupera y éste de La Presidencia resurge y Segunda Guerra Mundial. La Presidencia sigue en ascenso con Truman y Corea, se hace rampante con Vietnam, y toma un aspecto realmente revolucionario con Nixon. Corresponde al tiempo venidero el resurgimiento del Congreso, que puede haberse iniciado en estas escaramuzas de Watergate. Es lo que parece sugerir el historia dor, quien, como autor de un libro sobre la época de Jackson, otro sobre la de Roosevelt, y otro sobre los mil días de Kennedy, está en mejores condiciones que ninguno otro para hacer un análisis jurídico, político y social sobre el poder en los Estados Unidos. Y, es precisamente, lo que ha hecho.
Seguramente no fue invento del siglo XVIII la institución de la separación de los poderes y su división en tres ramas: la Ejecutiva, la Legislativa y la Judicial. Porque con seguridad, ya algunos de los antiguos griegos habían proclamado la conveniencia de hacerlo. Pero la puesta en práctica de la utopía sí que fue un acto audaz de los norteamericanos. Para ellos, seres pragmáticos, gobernar tenía que ser ante todo un acto de eficiencia y, de consiguiente, un campo de decisiones inmediatas y poca deliberación colectiva. Pero gobernar así, conduciría, de seguro, a la tiranía. La entrega de una parte de ese enorme poder al Congreso parecía cosa buena y el dejar que los jueces fueran decidiendo los conflictos, otro hallazgo. Es el sistema de los frenos que no deja a ninguna rama del poder con libertad absoluta de acción. Pero que crea, automáticamente, el conflicto. Naturalmente, por donde primero se produjo fue por el más grave de los actos gubernamentales: hacer la guerra, la declaración de la guerra era acto del Congreso. Pero si el país era agredido. habría que hacerla antes de que se reuniera el Congreso y tal vez jamás se declarara, como ocurrió en Vietnam. El Congreso no siempre estuvo satisfecho sobre la manera como se conducían las guerras por los Presidentes, pero sólo ahora, con los actos de Nixon, tan justamente calificados de revolucionarios por Schlesinger, determinó aplicar uno de su frenos, el que le quedaba disponible. Ordenó suspender los dineros utilizados para hacer la guerra de Indochina. Ordenó suspender las acciones de Camboya. Habría ido más lejos aún, si hubiera sido necesario. Pero Nixon tuvo que someterse. entonces sobrevino Watergate. El Congreso que, ha habría comenzado a erguirse, sintió que le había llegado su hora. Pero la hora de gobernar una maquinaria tan compleja, enorme, costosa, por comités del Congreso ya no podrá llegar nunca. El Presidente recuperará todo su poder en cuanto Nixon deje de ser el estorbo. La única manera de que el Congreso pudiera ejercer parte del poder que se ha atribuído el Ejecutivo, sería si él mismo formara el gobierno. Lo cual es otro sistema, el inglés, el parlamentarismo, en el cual el Jefe del Gobierno depende totalmente del Congreso pero el Congreso, como cuerpo, no tiene más influencia en el Ejecutivo de la que conservan los congresistas norteamericanos.
Probablemente no existe un buen sistema de gobierno, y si no, ya se habría descubierto. Las innovaciones de nuestro tiempo, que no tienen nada que ver con las que sugirió en utopía exiet Señor de Montesquieu serían las introPasa Pág. t Cuando los diputados ganaban pesos diarios DECRETO IV 40 Se llebará cuenta exacta de lo que se quede debiendo cada uno de ellos para satisfacerlo en quanto los fondos tengan con que ha cerlo.
PRECIOS El Gefe Supremo del Estado de Costa rica.
Por quanto el Congreso Constituyente del mismo Estado ha decretado lo que sigue.
El Congreso Constituyen te del Estado de Costa rica: Considerando que sus miembros han abandonado sus negocios particulares: que muchos de ellos han tenido que ausentarse del lugar de su residencia y que uno y otro es por dedicarse al desempeño de las obligaciones que les han impuesto los Pueblos ha tenido a bien decretar y decreta.
50. Los Diputados que tengan otro sueldo, o emolumento proveniente de algun beneficio Eclesiástico servirán por el si llegase al que señala el artículo 10, y sino se les completará aquel.
GAUY. IQUE DURO QUE ESTA APRETANDO!
Comuniquese al Gefe Supremo del Estado para su execųsion, publicacion y circulacion Dios Union Libertad, San Jose Septiembre veinte y tres de mil ochocientos veinte y quatro Agustin Gutierrez Lizau rsabal Diputado Secretario Al Gefe Supremo del Estado.
10 Se señala cada Diputado la dieta de dos pesos diarios.
20 (1) Se darán estos de las cax as publicas puesto que estas son de todo el Estado con calidad de reingreso por los propios de los pueblos luego que se les designe el cupo con que deben concurrir.
Por tanto mando se guarde, cumpla, y execute. Lo tendrá en tendido el Secretario del despacho, y hará se publique y circule. San Jose Septiembre 24 de 1824 Juan Mora Al ciudadano Jose Maria Peralta.
Alvar 30 En virtud de la escases de fondos se pagarán de preferencia los sueldos de los Diputados que tengan más necesidade ellos. 1) Reformado este articulo por el 10 de la Ley de 14 de Julio de 825.
MUEBLE Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud Costa Rica.

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