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LA REPUBLICA, lunes de febrero de 1976 13 Los tiempos idos y la vieja más fea Un terror de Ministro no es Carlos Morales Debe ser terrible trabajar al lado de ese Ministro. desde hace tiempos venía con ganas de decirlo.
porque uno no se explica cómo pueden soportar los funcionarios a un Ministro de esa categoría.
Si se entiende que la labor de un ministro es llevar mas o menos adelante los programas de su dependencia, atender innumerables visitas todos los días.
ganarse varios cientos de colones por las directivas de instituciones autónomas. salir una vez a la semana a alar chiquitos en los pueblitos pobres, aceptar obsequios y granjerías, decir lindezas del Gobierno o más disimuladamente del partido, viajar constantemente por el extranjero con exhuberantes viáticos y una serie de actividades más que lindan con la más acomodada vida de los burócratas; si se entiende decía que todas esas llegadas tarde, todos esos cocteles, son la función de un ministro, entonces no se explica uno cómo puede alguien soportar a ese Ministro.
Un dia de estos entró al despacho a las de la manana. Yo había pasado mala noche y llegue a esas horas de la madrugada dispuesto a esperarlo hasta las nueve. Se mantuvo alli todo el dia. Salió a las de la noche y al mediodía se comió un sandwich mientras firmaba documentos. Más luego, sin salir de mi aturdimiento. me enteré que esa era su jornada normal, y la verdad, no quise creerlo.
Silenciosamente que lo supiera la prensa y sin que se despertara la tradicional algarabía politiquera.
lo vi salir muchas veces hacia un pueblito cualquiera con una donación del Gobierno y un montón de cosas más debajo del brazo. Supe que allí se alojó modestamente y comió la tortilla de queso campesina con más naturalidad que sus acompañantes. labriegos.
Después de permanecer normalmente casi diez horas diarias en el despacho, de redactar, dictar.
firmar y poner en movimiento decenas de cartas por dia, determinar a cada instante las políticas de su área y estar listo para cualquier asunto o llamada telefónica por más modesta que fuera su procedencia.
cuando me enteré que iba a salir al extranjero, resultó para mi toda una noticia. Digna de primera página.
Era su primera salida después de varios años de Gobierno.
Supuse lógicamente que en la gran ciudad sureña se alojaría en el mejor hotel, gozaría de los 50 diarios por viáticos en el extranjero, aprovecharía una jugosa suma por gastos de representación y claro todo eso después de un viaje en primera clase y obviamente de la bolsa del Estado.
Nada ocurrió como yo supuse.
Resulta que el Ministro consiguió que lo invitaran personalmente para no sacrificar al fisco, que se alojó muy humildemente donde unos amigos, no gastó un centavo del erario público, que el viaje fue incómodo con una larga escala en Panamá de cuatro horas y que, para acabar de sorprenderme, había pedido sus vacaciones legales, para no utilizar su tiempo laboral.
Yo me dije: eso no puede ser un ministro. No dicen acaso que los ministros la pasan muy bien, que bajan de un avión y suben al otro, que gastan poco tiempo en su oficina, que adulan y conceden puestos a los de su partido para asegurar su supervivencia, que cambian de parecer para obtener muchos miles de colones, que viajan de una fiesta a la otra, que tienen un horario flexible, que se limitan a la politiquería disimulada para asegurar otro puesto carnoso en el nuevo período de gobierno. No dicen que los ministros son como los diputados, que quieren carro sin impuestos y que dejan todo para más tarde aunque se les meta Vesco en la cocina o cualquier otra cosa peor que eso. No, me dije. Eso no puede ser un ministro. no es un ministro. Es una Ministra. Un terror de Ministra! Jorge Enrique Guier Un articulo sobre la nostalgia. de doña Graciela Moreno, y otro de Jorge Enrique Guier sobre la geografia cantinera de San José, publicados ambos en esta página, me han traido a la memoria cosas que a veces seria mejor no recordar. Porque evocarlas es como querer que la vida no siguiera su curso, y se quedase detenida en todo aquello que de encantador nos ofreció el otrora.
porque cualquiera tiempo pasado fuese mejor. como añoraba Jorge Manrique Se trata, simplemente, de que nos ha tocado vivir la plenitud de la vida en un medio que ha cambiado tan vertiginosamente, que ya no sabemos en donde estamos Ricardo Blanco Segura puestos No digamos tanto las costumbres, porque el cambio en las mismas es grato: quizá sea el único recurso para no aburrirse. La vida, por si misma, es un constante cambio.
Lo que nos duele es la desfiguración cada día mayor de un pueblo a través de su idioma, de su actitud hacia la vida, de la estructura fisica de sus ciudades. entre éstas San José, ciudad que hace unos años tenia personalidad y señorío, hoy en día es ni más ni menos que una caricatura y lo peor es que ni sabemos de qué.
Cuando yo era muy niño (un rapaz de cuatro o cinco años) me llevaban a la misma de tropa; recuerdo el Parque Central, con una fuente grandota, con ángeles y peces de bronce, donde yo hundía mis manos para atrapar pescadillos. Al fondo, un quiosco de madera, bellamente decorado; más allá, un lugar llamado El Sesteo. que a mi me impresionaba no sé por qué, y un poco más hacia el norte, un local denominado Los Cuatro Gatos. con sillas giratorias y mesas con sobre de mármol, en donde terminaba el paseo frente a una copa de helados. De años más tarde, recuerdo las grandes columnas de La Despensa. esquina que aún aparece en las fotografias de alguna enciclopedia vieja. La Torre del Oro. los camellos y los carracos del edificio Steinvorth muestra purísima del Ars Novo en nuestro medio; y junto a ellos la Libreria Lehmann (aún en pie. La Española, el viejo Banco Anglo. La Garza. y otros tantos que hacían de nuestra capital una ciudad acogedora, con el señorío de una gran dama.
Poco a poco, fueron cayendo uno tras otro todos aquellos testimonios del buen gusto de nuestros antepasados y en su lugar han ido levantándose moles de cemento y cristal, todas ridiculamente iguales, como si se hubiesen puesto de acuerdo para competir en altura. El arte, el auténtico arte que hace de la arquitectura no sólo un ejemplo de comodidad sino de elegancia y recreación, ha desaparecido por completo porque hoy en día se piensa primero en lo funcional (otra palabreja odiosa. Pero lo más grave es la desaparición de nuestra conciencia histórica y del amor al legado de generaciones anteriores. Sin misericordia, en aras del dios dinero, las viejas construcciones levantaron nuestros abuelos, se han convertido en cajones o en estacionamientos que afean cada día más a San José. Aún quedan algunas, pero son para contar con los dedos: El Siglo Nuevo, el Edificio de Macaya (uno de los más bellos en su género. la casa junto a la iglesia de El Carmen, la Librería Lehmmann, el viejo Banco Anglo (hoy Ministerio de Industria) que es indiscutiblemente el más hermoso de toda la Avenida Central, La Alhambra y otros desfigurados como remedos de algo indefinible.
Tal, el caso de la esquina de Luis Ollé que alguna vez nos recordó algún olvidado rincón madrileño, y que hoy, por obra y gracia del sentido práctico, luce su horrible faz, con la cúpula tronchada, con latas de zinc en su lugar; o también La Magnolia. modernizada en su parte de abajo y ante la cual es mejor pasar con los ojos cerrados.
Todo. por obra y gracia del progreso. en cuyo nombre el dia menos pensado se vendrán abajo el Correo y el Teatro Nacional.
Porque no hay pueblo que se avergüence más de su pasado que el costarricense; nuestra consigna es estar a la moda, progresar, ir a la vanguardia, aunque con ello hagamos el ridículo y nos despojemos de los valores más recónditos del ser nacional. Hace unos años, nuestra capital ofrecia al extranjero una fisonomía propia, quizá de aldea, pero qué aldea: señorial, vetusta, limpia, elegante. Con toda la modestia de la gran dama de escasos recursos, pero llena de dignidad y de abolengo. Hoy, es ni más ni menos que una nueva rica, cubierta de bisutería, ante la cual no es fácil distinguir si se trata de una capital en evolución o, como ya lo dije en otra oportunidad, de un Miami venidísimo a menos. Que debemos progresar. Claro que si. Pero no a costa de los auténticos valores del pasado. Grandes países del mundo han progresado vertiginosamente, pero guardando todo el encanto de sus tiempos idos. De allí, para poner sólo un ejemplo, el encanto de México, que para ostentar su torre Latinoamericana no necesito derribar el palacio de los condes de Orizaba (Sanbors de azulejos. o para hacer el metro, no recurrió a la demolición del palacio de Iturbide, en Madero, o de la Catedral. Dios libre nosotros con esa monumental herencia colonial. Porque ya no habría piedra sobre piedra en qué sentarse a descansar. La Iglesia de Orosi y la de Heredia se han salvado no se por qué milagro; seguro estoy de más de uno ya les habrá echado el ojo, para levantar en su lugar algún edificio con forma de brassier como ha sucedido con varios quioscos del país. ni qué decir del interior de la patria, donde ya es raro encontrar el sitio acogedor, donde se pueda tomar algo con auténtica ambientación nuestra. Porque la vieja cantina de adobes, piso de tablones y techo de tejas, con viejillos conversando sentados en algunos sacos de maíz, que tantas veces busca uno en un paseo dominical por cambiar de ambiente, es hoy en día un frío esperpento de cemento, piso de terrazo, mesas de metal y formica con su estridente rocola con canciones en inglés a grito pelado. Ay, aquel Escazú que conocía hace varios años! por ejemplo. Moda, imitación, falso progreso vergüenza de reconocer que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda, y que no es falseando nuestra condición de pueblo humilde como vamos a deslumbrar al mundo.
Las cosas idas. El encanto sereno y mostálgico de lo que fue. Como que, en último término, las ciudades y las viudas son sólo interesantes por su pasado. Por eso las mujeres feas son detestables; no por feas, sino por la ausencia de un pretérito sugerente.
San José, es la vieja más fea de Costa Rica.
Rincón del idioma Alguien, a propósito de un anterior RINCON DEL IDIOMA, con mucha razón, se preguntó. cuáles son, por último, los numerales ordinales correctos?
Porque yo siempre tengo mis dudas cuando debo leer un capitulo, por ejemplo, del Quijote. que tiene tantos, y me encuentro frente a unos números romanos de tal complejidad, que no sé cómo traducirlos al romance.
No vamos a insultar a los lectores recordándoles los ordinales que van desde el primero hasta el decimo. Como los errores y las dudas comienzan a partir de ahi, a continuación damos las denominaciones correctas.
Estamos seguros de que más de alguien se sorprenderá Nagrante ignorancia. la izquierda aparece el numero cardinal al que corresponden, pero hacemos la advertencia de que, si se escriben los ordinales con cifras, deben emplearse los números romanos: 17. decimoséptimo (o decimosétimo)
18. decimoctavo 19.
decimonoveno lo decimonono)
20. vigésimo (o vicésimo)
30. trigésimo ló tricesimo y trecésimo)
40. cuadragesimo 50. quincuagesimo 60. sexagésimo 70. septuagesimo 80. octogesimo 90. nonagesimo 100. centesimo 200. ducentésimo 300. tricentésimo 400 cuadringentésimo 500. quingentesimo 600 sexcentésimo 700. septingentésimo 800. octingentesimo 900. noningentesimo (o nongentésimo. 000. milésimo 000. 000. millonésimo 000. 000. 000. 000. billonésimo, ete.
Coda relativa género Estos ordinales (que en la mayoría de los casos se emplean como adjetivos) pueden tener también terminaciones femeninas.
Cuando asi ocurre, la o del primer elemento se conserva y la en Myriam Bustos Arratía 11. undecimo 12. Duodecimo 13. decimotercero lo decimoterciol 14. decimocuarto 15. decimoquinto 16. decimosexto del segundo se sustituye por a. decimocuarta decimoséptima Sin embargo, si ambos elementos constitutivos se escriben separados (lo que no aconsejamos. el primer elemento también cambia la o por a. decima cuarta décima séptima Como puede observarse, al escribirlos en dos palabras, ambas pueden llevar tilde, según las reglas de acentuación.
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