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LA REPUBLICA. Miércoles de noviembre de 19789 La Ciudad Desaparece Ricardo Blanco Segura Uno de los géneros literarios que mayores posibilidades ofrece, es el cuento. Desde la simple narración lineal, en la que es necesario ser un maestro para lograr una obra de arte, hasta las más complicadas modalidades del arte de la narrativa, el cuento siempre tiene un por donde irse. De allí que en ese campo tengamos gratas e ingratas novedades. Casi agotado el costumbrismo entre nosotros, aparecen de vez en cuando producciones que intentan otros rumbos y desenlaces no siempre con mucha fortuna, ya sea por su descarada imitación lesto cuando no burda) del estilo y el pensamiento de escritores foráneos, ya sea por el pésimo uso del idioma o el mal tratamiento de los temas.
Por eso es muy grato encontrarse con libros que no sólo revelan la personalidad del autor, sino que nos ofrecen narraciones de valor trascendental. Tal es el caso de La Ciudad Desaparece. de Carlos Catania, lo cual no es para asombrarse, dadas las dotes literarias y de inteligencia de este autor argentino y sin embargo tan nuestro por los lazos hondamente afectivos y culturales que lo han vinculado definitivamente a nuestro país.
Como su propio título lo dice La Ciudad Desaparece es la absorción del medio urbano por la intimidad y la reflexión del pensamiento individual proyectado objetivamente hacia el lector. Carlos Catania sigue una trayectoria de narraciones al parecer indiferentes entre si, pero intimamente muy vinculadas hasta formar secuencia, en las que él, el autor. va desenvolviendo y exponiendo diversas experiencias ante las cuales la ciudad desaparece. por qué? Porque sobre lo puramente externo significado en el tráfago, el apuro, la asfixiante realidad, la urgencia de lo cósmico, queda como bruma difuminada ante la realidad, a veces cruel y dolorosa, a veces alegre y optimista del narrador. El mundo exterior nos dice en ese retroceso casi intemporal que es El Dia. la ciudad maldita, se ha convertido en una horrible cosa impersonal, en un superficial y helado camino carente de toda significación. Pero. en contraposición, La modesta existencia perdida se halla entre estas cuatro paredes: aqui hay cariño, alegria, respeto y unión Esta casa es el mundo: el resto es mentir, es el error, y ni siquiera vale la pena preocuparse por este hecho así, en cada uno de los relatos va deslizándose subrepticiamente el tenía los ojos clavados en las antenas rojas que parpadeaban hacia la ciudad dormida. El hombre el perro y la noche. giró la cabeza entre altiva y dolorosa hacia la ciudad. La ciudad muerta mas allá La ciudad se desesperezó como un niño hambriento. no es la ciudad la que se aleja, sino nosotros (Los Exiliados. hasta llegar a la explícita declaración del final: He matado a mucha gente mientras escribía La Ciudad Desaparece Produje el fin del mundo e hice dormirse para siempre a un viejo sobre la arena Escogi a un pobre oficinista y lo hundi en los subsuelos de la soledad Cavé un hueco y meti en él a un grupo de hermanos Permití que un sabio descubriera la inmortalidad y luego se suicidara, pero antes hice que un perro salvara de la muerte a un desesperado Cuando la ciudad desaparece, aunque le parezca paradójico, puedo asirla en su verdadera dimensión y hallar su verdad más profunda.
Todos los relatos están escritos en muy buen lenguaje, sin grandes alardes estilísticos, tal como corresponde a un escritor en quien priva más la importancia del mensaje que el ropaje con que lo ofrece; y aunque tiene algunas fallas (un horrible lapso de tiempo en El Dia.
por ejemplo. la forma es simple y concisa, siempre respaldada por el vigoroso pensamiento del autor.
No podría uno ante un libro tan bien acabado, darse el lujo de tener preferencias entre esta o aquella narración. Pero si hubiese de quedarme con una, diria que La Niña y el Viento es la auténtica joya de toda la obra, es el instante en que para mi. Carlos Catania tuvo sus quince minutos de gloria, para siempre fijada en esta hermosísima demostración de su inteligencia y de su exquisita sensibilidad. Tal vez sea porque lo uno con su agradable personalidad, tal vez porque la ambientación intensamente poética se preste a ello, tal vez por lo inesperado del final, no sé, en fin por qué diantres. La Niña y e Vlento me recuerda uno de mis cuentos preferidos de Wilde: El Gigante Egoista que nada tiene que ver con el tema tratado por Catania. es que acaso este pasaje es el causante de tan rara influencia. Varias veces floreció el árbol, varias veces dejó caer sus hojas, y otras tantas parecio a punto de secarse, pero slempre terminaba reverdeciendo Cuando esto ocurría, se poblaba de pájaros que eran largamente observados por la niña sin que ellos lo notaran La niña se pasaba las horas embebida en sus caprichosos saltitos, en los mensajes alborozados o tristes que emitían sus pechos y en el empeño que ponían por alimentarse Seguir con la tentadora narración del texto, equivaldria a reproducir el resto del cuento y de ello no se trata. Pero la secuencia es tan poética, tan bella, tan bien lograda, desde el inicio con La niða estaba sola, sentada al borde de la cama en su pequeña habitación silenciosa junto a la insistencia del viento de quien no está probado que no sabe hablar para dembocar en un final que nos llega después de que la noche cayó blandamente sobre las calles, sobre los árboles, sobre todas las cosas de la tierra (otra vez la ciudad desaparece) y que podria resumirse en la melancólica idea que Catania nos brinda en la página 71: Sufria el peor tormento que un ser humano puede experimentar: la imposibilidad de dar un sentido al sufrimiento No nos gusta se pródigos en elogios, a veces sospechosos de adulación; pero así como hemos sabido en otros comentarios decir nuestra verdad aunque resulte agriculce, nos atrevemos sin ningún tenior a asegurar que, si para Alberto Cañas El Hueco es digno de figurar en una antologia de la mejor literatura latinoamericana La Niña y el Viento haria bellísima compania a Una Rosa para Emily de William Faulkner y a El Final de la Fiesta de Graham Greene en una recopilación mundial (no a nivel mundial como dicen los insoportables de ahora. En verdad que Lu Ciudad Desaparece es de lo mejor que ha publicado la Editorial Costa Rica. ello es suficiente como compensación de otros desaciertos.
Carlos Catania: La Ciudad Desaparece Editorial Costa Rica, 1978 Fernando Cabezas Comprobación casual de una nueva teoría Estaba yo con mi amigo, el critico literario, hombre de muchas letras y crueles opiniones.
cuando de opinar se trata, en una de las esquinas aledañias a la Universidad de Costa Rica.
Comentábamos sobre las últimas novedades del quehacer artistico costarricense, cuando a unos cincuenta metros de donde estábamos nosotros, pasó un poeta en cierne (came nueva para la eterna poesia. Justo en ese momento poniamos punto final al tema relativo a los premios nacionales (enorme olla en la que se cocina letras, pinturas, ensayos, etc. y cuyo guiso final jamás resulta del agrado de los comensales. La providencial aparición del tierno poeta nos permitió, muy oportunamente, otra dimensión del tema. El primero en hablar fue mi amigo el crítico, y dijo: Observalo bien. Ahí donde lo ves, almacena en su cabeza tan vallejianas angustias, que si no topa con suerte, en cualquier esquina, de distraido que anda. levanta un carro por los aires. ese joven poeta yo lo conocía bien. Es más, últimamente se había enredado tanto en las cosas de la política, que estaba convertido en hombre de muchas revoluciones y muy pocos versos. No sé si te fijaste agregó mi amigo el crítico pero yo creo que ese muchacho está a punto de invadir la etapa de la ecuanil (Eso de la etapa de la ecuanil significa. en términos nuestros, que por regla general los escritores, poetas, pintores etc. pasan por tres periodos claramente delimitados: Iniciación. Es la etapa de los dulces sueños. El presunto autor está emperrado en acabar con todos los mitos de un solo porrazo para imponer lo nuevo (que es lo suyo. El autor angustiado con fuerte tormenta interior y o frustración añeja o reciente se mantiene en pie de lucha literaria gracias a la acción relajante del más popular de los fármacos, la ecuanil. este tercer estado llegan quienes saturados de tanta ecuanil se volvieron inmunes al psico relajante y no pueden capear el temporal de las marejadas interiores. Casi siempre van a parar al taller de enderezado y pintura de un conocido escritor, que además es psiquiatra, cuya sede permanente se encuentra en Pavas, y se llega a ella preguntando por el Neurosiquiátrico Chapui (todo el mundo la conoce y la presiente. aunque a veces no es necesario preguntar dónde queda porque el Director de esa salvadora institución se encarga de enviarle al interesado (según sea de crítica la situación) una de las grúas que para tal efecto tiene. Los síntomas básicos de esta tercera fase son: mirada perdida (o languida. hombro caido (se vuelcan de medio lado. y paso largo (se nota fácilmente por la velocidad que alcanzan. Velo bien continuó mi amigo el critico los sintomas son peores de lo que yo pensaba. Ese muchacho no camina, va a zancadas. Además, cuanta piedra se encuentra la patea.
Mientras no le dé a una muy grande. Efectivamente, el poeta en cieme, que al parecer, por lo que veiamos penetraba prematuramente los delicados limites de la tercera (y última)
etapa, pasó frente a nosotros casi arrastrando el hombro izquierdo contra la acera de lo torcido que iba, inadvertidamente pateó tres o cuatro piedras y sin exagerar) en fracción de segundos camino poco más de cincuenta metros. Dichosamente en su camino no había nada atravesado, algo asi como un poste del alumbrado público o uno de esos famosos huecos que hace el SNAA, porque llevaba la mirada tan perdida que se habría malmatado en la primer Lancada Como estábamos estratégicamente en una de las esquinas de la el paso de toda ase de creadores, intelectuales, filósofos, matemáticos, revolucionarios (de izquierda, centro y derecha. científicos sin laboratorio, etc. era constante y nos mantenía muy ocupados. preocupados) en la comprobación de nuestra teoría. En ese incesante ir y venir de personajes de poco, mediana y mucha importancia, aparecieron cuatro sujetos de rostros alucinados: dos poetas y dos prosistas (lo que cuesta mucho pescar es un dramaturgo: escascan. Se detuvieron frente a nosotros, no por mí sino por el critico (a los críticos hay que sobarles la espalda para que oculten las verdades. La conversata fue tupida, llena de festividad y de ocasionales (nunca faltan) comentarios aviesos. Se largaron. Miralos dijo mi amigo el crítico a esos cuatro azotacalles ya se les comienza a escolgar el hombro y el paso que llevan no es muy cristiano, y no es para menos si tomamos en cuenta que el par de poetas están sentados en sus cuatro en que lo que escribió Vallejo ya lo tienen ampliamente superado. y en cuanto a los prosistas, uno dice que le va a poner las banderillas a Salarrué, y el otro sostiene que mucho lo que escribió Tolstoy en sus novelas, él no lo habría puesto. Mira continuo asi como van, en cualquier esquina les pasa el efecto de la ecuanil y hay que recogerlos con la grúa del Chapui.
Iban para una reunión de un nuevo grupo literario que acababan de constituir. Mira me dijo el crítico, imaginate a esos cuatro sentados en torno a una mesa. Podría decirse que es algo asi como cuatro carburas con las mechas deshilachadas y llenas de canfin; no dan nada de luz pero sueltan un humarascal del carajo.
En esas estábamos cuando pasó un crítico teatral. En cuatro poderosas zancadas atraves los jardines de la Universidad para confundirse en un santiamén en la marejada de estudiantes. Tanto habíamos visto ya, que se nos pusieron los pelos de punta. La enfermedad de la mirada perdida, el hombro gacho, y el paso largo tenía visos de peste. De cuando en cuando yo me miraba el hombro de reojo y a fe que estaba asustado. La mirada de mi amigo el crítico, después de observarlo con detenimiento, me resultaba sospechosa, pues ocasionalmente la dejaba estacionada en un punto muerto, y subia las cejas con mucha insistencia. Me sublevé. Esto de escribir es una locura le dije Si contáramos los miles y miles de libros que hay, las páginas que tienen y la millonada de palabras que suman esas páginas, concluiríamos con que es imposible leer tanto. La humanidad podria sufrir una intoxicación literaria. La verdad es que lo ideal sería que sólo los genios publicaran, y se acabó Pero. respondió mi amigo el critico. cómo haríamos para reconocer a los genios? Entonces me di cuenta de lo que quería decir: somos peldaños (aunque muchos no lo reconozcan) de la escalera por donde suben los genios para lanzar su luz desde la altura.
Simples peldaños pero necesarios!
Aqui se nos acabó a ambos la sonrisa y la conversa, el hombre se nos doblo, como desmontado: la mirada se nos enredo en el vacío, languida; asi que después de darnos apresuradamente la mano, a zancadas nos largamos, cada uno en busca de su farmacia de confianza Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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