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LA REPUBLICA. Miércoles de noviembre de 1979 EL CUARTO DE ARRIBA Ricardo Blanco Segura queña sala que daba directamente al rellano final de la escalera. Abría la puerta y se des vanecia; sólo las brasas de sus ojos, ya no cargados de odio sino de súplica, permanecían flotando en el ambiente gélido del que yo retiraba mis manos temblorosas de angustia. caia, caía cada vez más en un abismo sin fin, dando vueltas entre remolinos sin presente ni pasado, en una lucha a muerte por despertar y no poder mover un solo músculo de mi cuerpo.
XXXX mi hermano Gonzalo con tenebroso afecto.
La tarde pesada de junio des leía el sol como una pegajosa capa de miel sobre el al féizar de la ventana, esa misma ventana desde la cual he visto pasar toda la mugre del mundo, envuelta en humo de autobuses y de rostros desvanecidos en la niebla del anonimato.
El hombre de la esquina, apenas cubierto por un viejo sombrero de paja, sonrió de repente y se dio vuelta un poco más allá de la acera constantemente plena de transeúntes: desde allí alzb la mirada, una mirada indefinible proveniente de un rostro sin color y sin forma y levantó un brazo en gesto mitad amenazante, mitad de advertencia. Era un hombre amarillo, pese a su repugnante pantalón verdoso y a su camisa destenida, del color de la nada. Pero era amarillo, por dentro, como el rostro insensible de los muertos. De momento, no le di importancia como no se la doy a tantos incesantes vagabundos que hacen muecas desde Jos portales en busca de favores desconocidos. Dos o tres veces más repitió su gesto.
acompañado de un rietus de adefesio que mostraba la oscura y repulsiva oquedad de una encia desdentada. Permaneció así durante unos dos o tres minutos, y luego camino cincuenta metros, volvió de nuevo la cabeza y se perdió en el múltiple desfile de marchantes.
XXXX Qué pasó?
Mi hermano me espetó la pregunta desde una mecedora en que hacia rato estaba amellanado con un libro de Lovecraft entre las manos. Nada; un viejo loco que estaba haciendo muecas desde la acera de enfrente. Bueno aadio jocosamente probablemente algún habitante de Ins mouth que anda suelta el que susurra en la oscuridad dije al par que aplastaba una mosca que habiase posado insolentemente sobre mi mejilla derecha.
El pesado ambiente de la tarde continuaba creciendo como un baño de plomo.
mientras los cúmulos apretujados contra el telón grisáceo de un cielo estival anunciaban la próxima tormenta; o si no tormenta, al menos la casi oleaginosa caída de esos furiosos aguaceros tan propios del trópico.
Uno a uno comenzaron a caer los primeros goterones, grandes como monedas sobre la sed ardiente del pavimento de la calle a mis pies poblada de vehículos; luego, en los vidrios escarchados de la ventana y después sobre mi rostro; durante varios minutos permaneci acodado en el marco, recibiendo la frescura del agua en los brazos y viendo aumentar su calda. El hombre amarillo, sin que yo lo esperase, asomó de repente su informe rostro tras la pared del edificio de la esquina; no quise verle más y con un gesto de honda repulsión cerré la ventana y me encaminé a mi cuarto.
Mi hermano, impasible, continuó en la poltrona sumido en Lovecraft.
Tendido en mi lecho, empecé a caer en ese raro sopor de la siesta tardía, mitad realidad y mitad somnolencia, ar rullada por la incesante danza de la lluvia sobre el zinc de los tejados. Sueflo a medias del que más de una vez me he levantado con un sinfin de alaridos estrujados en el fondo de la garganta, con el cuerpo paralizado por la espantos a realidad de una muerte de pesadilla. Si, jel hombre amarillo estaba alli! ahora veía su rostro, realmente verdoso sonriéndome desde lo más profundo de una negrura indefinible. Amenazante y burlista, advirtiéndome no sé que cosas mediante gestos a veces solemnes, a veces obscenos y empotrado en mi subconsciente con todo el brillo de sus ojos porcinos relucientes de odio y de burla.
Una y otra vez la faz del hombrecillo desdibujaba su presencia, alargaba los brazos huesudos y arrastraba consigo mi alma y mi cuerpo sujetos irremisiblemente al lecho. Entonces me hundia por todos los raros laberintos de mi vieja casona, hasta acabar en la peFue entonces cuando oi el grito de mi hermana. Abran! quien sea el que esté adentro, ábrame la puerta por favor. Fue como si su voz me hubiese dado fuerzas. Me incorporé en el lecho, empapado en sudor y corri hacia la puerta de mi habitación a ver qué sucedia. Mi hermana, con un lío de ropa estaba tensa frente a la pequena sala del último rellano de la escalera. Mi hermano había venido también desde su recámara y casi al unísono ambos hicimos la misma pregunta. Qué pasa? Tengo más de cinco minutos de llamar a la puerta de esta sala para dejar la ropacontestó mi hermana de muy mal humor y nadie me abre; está cerrada por dentro. No será Orlando que se ha quedado dormido. interrogó mi hermano. No aclaró Cristina: Orlando se fue a trabajar desde hace horas.
Intrigado, di fuertes golpes a la puerta de vidrios escarchados, única que tenia la habitación de marras, flanqueada solamente por dos amplios ventanales de cristal esmerilado que daban a la escalera y un par de linternillas junto al pasillo que conducía a mi dor.
mitorio Una muda respuesta fue todo lo que obtuve. Dos o tres veces más intenté la llamada y el silencio fue aún mayor. Entonces, encolerizado, subia a una banqueta y me asomé por una de las linternillas.
El cuarto estaba completamente vacio y el picaporte (la puerta no tenia cerradura)
obstruia totalmente la entrada. Haciendo un esfuerzo, me introduje por la linternilla, cai so bre uno de los sillones de la sala y abri la puerta. Nada anormal noté de momento, fuera de una cierta sensación de frio y un raro olor a moho inusual hasta entonces.
De momento, no se le dio importancia al asunto. Quizás el viento proveniente de los resquicios de los ventanales que daban a la escalera, próxima a la azotea del fondo, hubiese empujado la puerta pero. iy el picaporte? solamente empujado por una mano. No.
tonterías. Cosas que pasan en todas las casas.
Volvió mi hermana a la planta baja luego de colocar cuidadosamente la ropa en una mesilla; retornó mi hermano a las páginas de Lovecraft y yo me puse a acomodar papeles para un nuevo libro Cerca de las cinco de la tarde, otras voces de indignación de Cristina me sacaron del ensimismamiento en que me hallaba. De nuevo con la majaderia. Abran esa puerta, que no estoy jugando! Está bien una vez, pero ya basta. Como si no fueran muchos los oficios que una tiene que hacer en la casa para estar soportando charlatanerías; no me puedo quedar aquí esperando con esta ropa. en fin, toda la retahila de reclamos que las mujeres suelen hacer cuando están impacientes.
Ante tal alharaca no pude menos que levantarme de mi biblioteca y acudir a ver que sucedía. La puerta del cuarto, del cuarto de arriba como le llamábamos, estaba otra vez completamente cerrada. Visto desde la linternilla, por donde hube de pasar de nuevo, el picaporte cubría la entrada; el olor a moho se habia intensificado y una gélida bruma me hizo estremecer de pies a cabeza. La ropa que mi hermana habia colocado anteriormente sobre una mesilla, estaba en el suelo, formando una cruz. Fuera de eso, nada anormal se no taba en el ambiente. De esta vez mi hermano tan sólo intercambio conmigo una mirada que no necesitaba mayores explicaciones.
Algo raro estaba sucediendo en mi casa. Porque a pesar de haber retirado la ropa de aquella diminuta y aparentemente inocente habitación que mi madre había mandado pintar de color rosa, sencillamente amueblada y encortinada con telas transparentes del mismo color, por más que una y mil veces se dejó la puerta completamente abierta y hasta sujeta con un gancho por dentro, en igual número de oportunidades volvió a cerrarse misteriosamente. Claramente oſ más de una vez desde mi cuarto el crujir de las bisagras.
que poco a poco iban empujando la puerta hacia su marco y luego el clic nitido y agresivo del picaporte al entrar en el recibidor. otra vez a saltar por la linternilla para franquear el cuarto de arriba ¿Qué sucedia en aquella encantadora salita que soliamos usar para jugar a las cartas o tomar una copa de jerez en buena compania. Qué raro estigma animaba sus paredes tras de las cuales solamente una pariente y yo mientras acomodaba mi biblioteca habiamos pernoctado? Nada delataba en el interior de aquel recinto la presencia de una aura malé.
fica; ni siquiera la enigmática presencia de Pipo el inmenso gatazo persa de la familia.
que allí descabezaba un sueño como un copo de nieve sobre la alfombra roja. Ni una voz ni una sombra, ni un susurro de quien o de lo que habíase apoderado del lugar. Pero algo había, algo que nunca vimos ni sentimos, como no fuese por la frialdad del ambiente y el constante olor a moho, más intenso cuando la puerta se cerraba.
Una tarde dominical, sola mi casa, quise hacer una prueba. Me las ingenié buscando a mi amigo Gilbert que no tenía prejuicios sobre estos asuntos y ambos decidimos hacer un intento de comunicación con el raro habitante del cuarto de arriba. Previa mi entrada por la linternilla de costumbre, abri la puerta totalmente y me senté con Gilbert en el rellano de la escalera, no sin antes haber dejado dentro de la habitación un lápiz y un papel, en espera de alguna manifestación escrita. En medio del silencio que inundaba el caserón, unos veinte minutos después escuchamos el chirriar de las bisagras y el rastreo de la puerta hacia su marco. De esta vez, como si estuviese indignada, dio un golpe violento y el fuerte clic del picaporte se dejó escuchar claramente. Tensos, con la singular nerviosidad que da la expectativa, esperamos diez minutos. Sin cruzar palabra, ambos nos levantamos y Gilbert se y dirigió a la linternilla subido en un taburete; le vi mirando fijamente hacia la puerta cerrada por dentro y de repente, con un fulgor increible en sus ojos verdes, se volvió y me dijo con voz trémula. No hay nada, ni papel ni lápiz!
Todo habría quedado reducido a cerrar y abrir la puerta constantemente, o a dejar para siempre clausurado el cuarto, si su raro huésped no hubiese ido más lejos. Porque al cabo de varias semanas de zozobra en la familia, su atrevimiento llegó a manifestarse pasos que alguna vez llegaron hasta la mitad de la escalera rumbo a la planta baja, en pos de mi padre, por lo demás incrédulo como pocos en estos asuntos.
Fue entonces cuando vino la decisión con el consenso de todos los miembros de mi casa; destruir el cuarto de arriba. Quitándolo, quedaria un solo salón en el centro de la planta, idea que yo aprobé de primero por serme altamente desagradable el oscuro pasillo que conducia a mi dormitorio.
Un buen dia llegaron los carpinteros; serruchos, martillos y formones empezaron su obra y lentamente las paredes cedieron al espacio. Mudo y con la mirada fija en los obreros vi cómo resistian aquellos muros la acción de las herramientas; a cada golpe y a cada corte.
parecian exhalar un grito de angustia, más no cargado de ira sino de dolor, como si alguien protestara inútilmente por destruirle su prisión. así, cuando cayó la última tabla, vi por primera vez algo que fue real o engaño de mi vista; de uno de los ángulos del derribado cuarto, una leve espiral azulada se elevó de repente, se esfumó en el dormitorio de mi hermana y por un instante, sólo por un instante, vi el horroroso rostro del hombre amarillo cubierto de lágrimas.
Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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