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En Vela

Los traileros, los llamados piratas y los taxistas poseen un arma poderosa para presionar a las instituciones públicas: poner los vehículos en fila, a paso de tortuga, en las principales vías del país, principalmente urbanas. Un secuestro colectivo.
Si esto ocurriera en un país con suficientes carreteras, principales, adicionales y emergentes, les saldría el tiro por la culata, pues los conductores de los vehículos afectados, apremiados por el trabajo o el retorno a la casa, podrían evadir el cerco o liberarse del chantaje en las horas pico. Este acoso, en Costa Rica, al quebrantar impunemente la libertad de tránsito, hiere también nuestra dignidad, pues no hay escape, dado que "todas" las vías, además de estrechas y escasas, conducen a San José, a modo de embudo, y el número de carros desborda la imaginación en un país con una infraestructura vial para carretas. Ni siquiera los vehículos del Cuerpo de Bomberos o las ambulancias se libran de la brutal acometida.
Es el triunfo de la prepotencia contra los derechos de los ciudadanos, de la gente, de eso que –cuando les conviene– llaman pueblo. Esta escena se ha repetido en nuestro país por mucho tiempo. Es casi una estampa nacional. Lo que cuenta es la razón de la fuerza. Un sindicato puede paralizar los muelles, lo que está ocurriendo desde hace varias semanas en Japdeva. Su fuerza está en la importancia de los muelles y, por lo tanto, en el daño que pueden producir. Lo mismo cabe decir de una huelga en los hospitales o en la educación pública. La fuerza de los traileros, señores de calles y aceras, reside en el tamaño del vehículo. Unos pocos paralizan una carretera. La fuerza de los taxistas radica en el número. Algunas decenas asfixian las calles de San José.
Y ¿el resto de la gente? Que aguante, hasta que a los dueños de los vehículos o a los líderes de ocasión les dé la gana. Ahora se trata del diésel. Ayer fueron algunas regulaciones, que tampoco se pusieron en práctica. Mañana será otra cosa. Y ¡ay del Gobierno que se atreva, como en otros países, a fijarles horas precisas a los furgones, de día o de noche, para ingresar en las zonas urbanas! Sea suficiente diversión observarlos, sobre todo en las horas pico, zigzaguear, a toda velocidad y a pito abierto, por esos senderos o vías partidas en tres carriles que nosotros los ticos llamamos pomposamente autopistas, mientras uno se encomienda a Dios para que algún vehículo no se interponga o el chofer no venga iluminado por los efluvios de Baco.
Hay, por supuesto, excepciones, pero el irrespeto y la prepotencia en las vías públicas, además de revelar serios quebrantos psicológicos y morales, desnuda nuestra incultura.

  • POR Julio Rodríguez / envela@nacion.com
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