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Mónica

entre líneas

Se llama Mónica Potinger, es austríaca, y solo Dios sabe cómo llegó a estas tierras. Su soledad es tan grande como menudo su cuerpo y nadie parece concederle importancia. Es como si fuera transparente y, a juzgar por los informes de prensa, será difícil dotarla de cuerpo visible. No porta documentos, y a las autoridades les costó sonsacarle el nombre.
¿Profesión? ¿Habrá tenido alguna? Por lo pronto es indigente, vasta categoría de seres prácticamente inexistentes. A fuerza de no ser vistos, a menudo afirman su presencia mediante la agresión –casi siempre verbal– contra los transeúntes. Eso hacía Mónica en Sixaola, además de pedir cigarrillos y dinero.
A algunas personas las insultaba, y a otras no. Es difícil entender las razones de la diferencia. Permanecen en las profundidades de su mente, de donde también brota el lenguaje de sus ofensas: alemán, por supuesto. No importa el idioma, estaba "alterando el orden público" y a alguna “autoridá” se le ocurrió esposarla a la verja de las oficinas de Migración. Allí permaneció durante una hora, al menos, de pie, exhibida ante el mundo indiferente.
“Es un acto cruel y degradante”, dijo con justa indignación un abogado, pero nada en la condición de Mónica deja de ser cruel y degradante. Está lejos de su país y de los suyos. Tal vez no tenga a quién llamar suyo y quizá no lo reconocería si lo viera. A ella se la ve demasiado delgada. Sus huesos se insinúan bajo la holgadísima camiseta, varias tallas más grande de lo necesario para tan poca corpulencia.
El pantalón le arrastra por el suelo y, en la foto de su suplicio en la verja, aparecen frente a ella, a poca distancia, dos chancletas plásticas. Es difícil saber si le pertenecen, porque los jirones del ruedo caen en cascada sobre los pies e impiden constatar si están desnudos, en espera de recuperar el paupérrimo calzado.
La foto le captó un ademán de oradora, con los ojos entrecerrados, el brazo libre levantado y extendida la mano para atraer la atención, pero, a sus flancos, a menos de un metro de distancia cada una, dos bolsas de basura se erigen como ofensiva metáfora de una vida, o más bien de muchas, casi invisibles para quienes disfrutamos de mejor suerte.
A su manera, Mónica es afortunada. Su país es rico, y la embajada en San José debe de haber tomado las primeras medidas de apoyo apenas supo de ella, ya fuera por la prensa o las autoridades nacionales. Su estúpida degradación en Sixaola llama la atención de la prensa y despierta simpatías, lo cual le garantiza mejor trato en el futuro inmediato, quizás hasta el momento de la repatriación, si ocurre, porque Mónica tiene un estatus migratorio irregular, que es como no tener estatus.

  • POR Armando González R. / agonzalez@nacion.com
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