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Se regala…

¡Y yo que pensaba que la educación superior era también para subir en sensibilidad ética!

Llama sobremanera la atención el uso local (y en gran medida regional) del verbo "regalar". Aquí se puede utilizar en intransitivo, como en “¿a esta señora ya le regalaron? Y a cada rato uno oye el regalar, con relación a algo… que no lo es (¿Me regala un café? Regáleme medio kilo de…). Dios guarde se vaya uno sin pagar. Y, claro, cuando le dicen “¿me regala el teléfono? Es cosa de proporcionar el número, pese a que la “lógica” refiere al aparato que ni loco uno regalaría…
Un tanto por eso, me llamó poderosamente la atención un reciente artículo de Jacques Sagot ( La Nación , Página Quince, 18/07/08)), con el título nada halagüeño de que “En Costa Rica se regalan títulos”. No anda el caballero por las ramas, como pruebo por diversas citas: “La gente se hace la tonta”. No se salva ni Cristo como dicen, al atacar él por parejo a las universidades públicas como a las privadas.
¿Quién engaña a quién?, se pregunta, y se responde: “Es un círculo de la estafa académica en el que educando, educador, universidad y sociedad bailan por igual la ronda de la mediocridad y del encubrimiento recíproco.”
Después de semejante mazazo, la emprende contra cierto tipo de doctorados, vistos y vividos como “únicamente un requisito o una mera formalidad con la que hay que cumplir cuanto antes a fin de integrarse al mercado laboral”.
Viene el argumento, para mí, de peso, de la confrontación con vivencias fuera de este rinconcito bucólico llamado Costa Rica: “He pasado por muchas universidades en mi vida, en calidad de educador y, sobre todo, de educando”. Y postula: “Las universidades deben poner la cuerda alta, muy alta, para forzar el salto del estudiante. Poniéndola bajito no hacemos más que engañarnos unos a otros”.
Indigencia intelectual. Termina subrayando la tesis: “Universidades públicas, universidades privadas: en unas como en otras me he topado con casos de indigencia intelectual verdaderamente alarmantes”.
Lo que denuncia don Jacques lo pude corroborar en las dos universidades públicas donde he trabajado y donde, admito, por mediocre yo, he perdido concursos, tanto en la una como en la otra… porque, como me comentaba un colega exdirector, esos concursitos más parecen de simpatías y antipatías y odios, que académicos. Es decir… se regalan plazas.
Sin embargo, lo que me parece una barbaridad es lo que hace unos días me contó un colega, a propósito de dos profesores que se atrevieron impunemente a falsificar las actas que él había firmado. Por circunstancias que comprendo, el colega no puede en este momento denunciar el caso… de regalo de notas.
Estoy hablando de una escuela que fomenta humanismo, pero pareciera que se confunde el asunto con un humanitarismo bastante mal entendido. Con este cúmulo de situaciones y casos, regalitis universitaria se llama, uno comprende mejor el dicho popular: tales implicados pasaron por la universidad, pero la universidad no pasó por ellos…
¡Y yo que pensaba que la educación superior era también para subir en sensibilidad ética!
En su próxima reunión general, los señores rectores tienen tarea por delante.

  • POR Víctor Valembois
  • Opinión
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