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Hace muchos años no veíamos una expansión tan dinámica en Latinoamérica ni se tenían expectativas económicas tan favorables como las prevalecientes para el período 2007 y 2008. La tasa (promedio) de crecimiento en el 2006 fue del 5,5 %, la inflación llegó apenas al 6%, el desempleo decreció y las tasas de interés se reportaron a la baja. No se registró ninguna crisis de carácter macroeconómico, la pobreza continuó su proceso descendente y, por primera vez en veinte años, la desigualdad comenzó a mejorar, aunque levemente todavía. Las perspectivas para el 2007 y 2008 son siempre favorables, pues apuntan a un crecimiento del PIB cercano al 5% y 4,6%, respectivamente, la inflación se mantendrá controlada y las condiciones financieras internacionales, caracterizadas por la amplia liquidez, permitirán un flujo continuado de entradas de capital para financiar la expansión. Sin embargo, en medio de esa bonanza relativa surgen riesgos en cuanto a la sostenibilidad del crecimiento y volatilidad de los mercados financieros internacionales.
La suerte de las economías latinoamericanas esta muy ligada a la de los Estados Unidos. Cuando hay expansión en el norte, las exportaciones totales se expanden al sur del río Grande, y a la inversa. Por ejemplo, la economía norteamericana empezó a frenarse en el 2006 y la primera parte del 2007, afectada por la desaceleración del mercado inmobiliario que, anteriormente, había expandido la inversión y la demanda de consumo, incluyendo bienes importados de nuestra región. Por fortuna, la recuperación del mercado laboral en EE. UU., las bajas tasas de interés en el mercado mundial, las vigorosas utilidades de las empresas, la reducción de los precios del petróleo y las mayores exportaciones mantuvieron la demanda agregada sin afectar la inflación (2%). Como consecuencia, el crecimiento de la producción se mantuvo a una tasa ligeramente más reducida que la del 2005, pero aceptable para un país desarrollado. Pero las proyecciones para el 2007 y 2008 son menos halagüeñas.
Las economías latinoamericanas han venido disfrutando, también, de un prolongado ciclo de crecimiento. Después de haberse expandido solamente un 2,6% en promedio durante la década del 95 al 2004, el PIB comenzó a repuntar más vigorosamente y alcanzó un 5% en los últimos años. Las perspectivas de crecimiento para el 2007 son bastantes buenas: un 4,9% en términos reales. La inflación media mejoró mucho en ese mismo período y alcanzó un término medio de 5 en el 2006, comparado con un 10,6% (promedio) de 1995 al 2004. El déficit fiscal consolidado se redujo considerablemente por el aumento del superávit primario (sin intereses) en muchos de los países, por lo que el desajuste de la balanza de pagos cayó prácticamente a la mitad. El crecimiento de la producción junto al mayor equilibrio macroeconómico permitió no solamente reducir la inflación, sino también provocar importantes mejorías en los índices sociales. Según la Cepal, la tasa media de pobreza en América Latina cayó del 44% en el 2002 al 38% en el 2006, y la pobreza extrema descendió del 19% al 15% en ese período.
Las proyecciones efectuadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para el 2008 señalan que en Latinoamérica habrá todavía un incremento real vigoroso, aunque ligeramente inferior por la desaceleración de la economía norteamericana y el descenso visualizado en los precios de las materias primas. Los exportadores de esos y otros productos deberían tomarlas en consideración. En cambio, quienes producen para el mercado interno se regocijarán al saber que sus perspectivas son más alentadoras. Junto al dinamismo de las exportaciones se tendrá una mayor expansión del mercado interno para complementar el crecimiento. Como dato interesante vale mencionar que, según el FMI, la negociación del TLC en Centroamérica junto con las remesas y entradas de capital continuarán estimulado la demanda interna, el crecimiento del PIB y el bienestar.
Los riesgos del entorno externo en el crecimiento y estabilidad deben ser adecuadamente valorados. El primero es una desaceleración más pronunciada del crecimiento en los Estados Unidos y, en consecuencia, de la economía mundial. Según estimaciones del FMI, si eso sucede, el crecimiento del PIB en América Latina podría reducirse en una proporción similar al receso en los EE. UU. Las exportaciones decrecerían, bajarían la inversión y el empleo, y se afectaría el proceso de disminución de la pobreza. Un segundo factor adverso es la posible baja de los precios de los productos básicos, excluyendo el petróleo. Esos productos constituyen una componente importante de la canasta de exportación, con efectos importantes en los niveles de ingreso y consumo. Y el tercero sería un endurecimiento de las actuales condiciones favorables de los mercados financieros, caracterizados por la abundante liquidez y tasas de interés relativamente bajas que, en determinadas circunstancias, podrían subir.
En cualquiera de esos escenarios se afectarían las tasas de crecimiento e interés. Pero, para evitar que incidan demasiado en las economías latinoamericanas, los expertos recomiendan mantener condiciones macroeconómicas muy estables, incluyendo políticas fiscal y monetaria sanas, y tipos de cambio flotantes para aislar el impacto de la volatilidad de factores externos. Nuestro Gobierno haría bien en ponerles atención, según el sabio consejo de que siempre es mejor prevenir que lamentar. Solo así podríamos soportar los rigores de un deterioro eventual e imprevisto en las condiciones favorables de la economía internacional.
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