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¿Caminar bajo riesgo propio? Con el aumento horario y geográfico en las restricciones a la circulación vehicular, nos piden viajar con amigos, utilizar el transporte público, bicicletas o caminar. El informe anual de labores 2006-2007, del Observatorio de Derechos Humanos en Costa Rica, de la Defensoría de los Habitantes de nuestra República, denuncia las serias deficiencias del transporte público colectivo de personas (autobuses y taxis): no se moderniza, ocultan información a las autoridades, amenazan para forzar aumentos tarifarios, es obsoleto, altamente contaminante y objeto de constantes quejas por irregularidades.
Tenemos un sistema de transporte público decadente, que ni impulsa el desarrollo económico, ni mejora la calidad de vida en los niveles esperados, sin descartar el hacinamiento del constante "hagan doble fila hasta el final", que obstaculiza el descenso y ascenso de usuarios –discapacitados o no–, y pone en riesgo la evacuación oportuna ante una emergencia; o el manejo temerario, de todos los días, sí, todos los días, de gran cantidad de esos conductores. Además, caminar con los implementos de trabajo o estudio, aunque sea unas pocas calles, aumenta las posibilidades de ser víctima de un robo. No hay carriles para bicicletas, ni el tren es la solución para muchos.
Trato digno. No basta con que las autoridades hagan promesas escritas en el agua. Como ciudadano que soy titular de derechos, y para apoyar a muchas otras personas con quienes comparto el transporte público, exijo un trato digno que resguarde nuestra tranquilidad como pasajeros y caminantes. La seguridad ciudadana es un derecho que debe garantizar el Estado, no un bien objeto de comercio que le permita desentenderse del tema y trasladárnoslo como los únicos responsables.
Cierto que uno también debe contribuir a la propia seguridad. La disminución de los riesgos de ser víctima de un delito es una tarea compartida. No hay que ser ilusos; pero el peatón es el gran olvidado de las políticas viales, salvo cuando se pintan corazones sobre las calzadas o se coloca, después de muchos asaltos en puentes peatonales, un gran foco que encandila a los conductores (como el puente del Hospital México).
En muchas intersecciones, más allá del centro del casco urbano donde ya hoy también rige la restricción vehicular, no existen pasos peatonales o aceras, lo que obliga a maniobras taurinas para sortear los carros. Creo en la política de recuperación y repoblación de San José, pero no en esas condiciones.
Inteligencia juiciosa. Los costarricenses (y no por “ticos”, sino por humanos) tenemos ingenio para lo bueno y lo malo y, aunque sea porque nos anima algo de aventura que nos saque de nuestra vida rutinaria, buscaremos, con cierto entusiasmo, medios para trasladar a nuestros hijos a la escuela, ir y volver del colegio, de la universidad o del trabajo, haciendo uso del transporte público o buscando, ocasionalmente, que alguien nos dé un aventón. En fin, dejaré mi automóvil durante el “toque de queda”, pero ello no me impide, como ciudadano, reclamar una contraprestación del Estado que favorezca nuestra dignidad y seguridad como usuarios del sistema de transporte público y como peatones.
No vaya a ser que, por acostumbrarnos a vivir en circunstancias desmerecidas, terminemos viendo los problemas como algo normal con lo que no cabe más remedio que convivir, o que el constante bombardeo de publicidad, basada solo en la generación de miedo ante un futuro aterrador sobre si se nos acaba el petróleo o si con él seguimos contaminando el ambiente, nos haga reaccionar ciegamente ante algunas ocurrencias, dejando de lado que a estas alturas tecnológicas hay otras fuentes de energía y, además, sanas, y que es posible instaurar prácticas ambientales en empresas e instituciones públicas que ayuden en la reducción de costos.
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