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En el verano de 1789, los parisinos siempre fervorosos, hartos de tantas injusticias y privilegios odiosos y tributos cada vez más confiscatorios, se sublevarían y encarcelarían al funesto Luis XVI. Desenfrenados, destruirían la temible Bastilla. Tres años después, al grito de: Libertad, Igualdad y Fraternidad, lo guillotinarían en una vetusta plazoleta capitalina. De seguido, los diputados, sublevados, encargarían a una convención de notables el diseño de un gobierno republicano, pro conciliador. Pero el apresurado esquema propuesto: un consejo legislativo (no representativo) y un directorio ejecutivo (antifuncional) prontamente colapsaría. Así, en medio del gran caos, agravado por guerras e invasiones contrarrevolucionarias, surgiría un joven talentoso y triunfador general: Napoleón Bonaparte.
La era bonapartista. Napoleón, en 1804, luego de breves y audaces maniobras políticas, se proclamaría y autocoronaría emperador de Francia. La era bonapartista, colmada de hazañas, penas y derrotas, legaría a la humanidad miles de páginas inmortales. En 1805, Austerlitz fue la mejor expresión de su genio militar. En 1810, en la cima, repartió reinos y principados europeos entre familiares y amigos. Y, en 1815, Waterloo fue el episodio más triste. Tras aquel colapso, desteñidos reyezuelos ocuparían un trono de suyo desgastado: Luis XVIII, Carlos X y Luis Felipe I. Este, muy desmotivado, abandonaría aquella postrera corona a comienzos de 1848.Al tiempo, los mayoritarios ciudadanos republicanistas, alertas y expectantes, instalarían una II República, presidencialista. Enseguida, Napoleón III, el Pequeño –sobrino de Napoleón el Grande – lograría elegirse presidente de la República. Además, en 1852, se proclamaría emperador. Luego, envanecido, declara la guerra a los prusianos, quienes, al mando de Bismark, lo derrotan en la feroz batalla de Sedán (campiña francesa).Entonces, en 1870, la Asamblea Nacional lo destituye y procede a establecer una III República, ya de corte parlamentarista.
En 1889, en pleno repunte económico y social, destacados gobernantes parlamentaristas celebrarían el primer centenario de su gran Revolución democrática, con una brillante exposición universal cuya vedette fue la Tour Eiffel . También, en 1918 triunfarían en la I Guerra Mundial. Sin embargo, en 1940 sucumben ante los invasores ejércitos hitlerianos, pero con la ayuda de Inglaterra y Estados Unidos saldrían airosos de aquella cruel y devastadora II Guerra Mundial.
La quinta República. En 1946, tras los cambios y requerimientos de posguerra, se acordaría la constitución de una emergente IV República. Esta, en la praxis, causaría numerosas y desestabilizadoras crisis políticas. Y, consecuentemente, el caudillo, Charles de Gaulle, ordenaría rediseñar e instalar una idónea V República. Sus reformas fortalecerían las atribuciones del Jefe de Estado, acordarían elegir al presidente mediante el voto directo como el rebalanceo de los desajustes interpoderes: Ejecutivo-Legislativo.
Hoy, la república francesa imana vitalidad política e institucional. El presidente Sarkozy ya piensa en una VI República parlamentaria, con vínculos más ágiles entre el Ejecutivo y el Congreso, con el refrendo legislativo para la designación en altos cargos de gobierno, y con revitalizar la oposición congresional hasta erigirla en un poder alternativo-concertador. Así, lidera el proceso de globalización de la Unión Europea en cuanto la universalización que democráticamente entraña la insigne republicanidad parlamentaria francesa.
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