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Obligado pacto con el hampa

La actitud de las comunidades limonenses capaces de dialogar con delincuentes para salvar sus escuelas es un abanico de ejemplares virtudes El Estado debe avergonzarse de que esas gestiones sean necesarias ante la desbocada inseguridad en la zona

En barrio Pacuare, Limón, la comunidad se ha puesto al habla con el hampa para negociar la paz en la zona del liceo, cuyas instalaciones, alumnos y personal sufren el asedio de malhechores. El colegio ofrece a cambio el uso de facilidades deportivas e intenta tocar el corazón de los agresores, recordándoles que sus familiares y amigos también estudian en las victimizadas aulas.
Omiel Evans, vicepresidenta de la Asociación de Desarrollo Integral de Pacuare, asegura que el diálogo dio frutos, pero no canta victoria. "Hasta el momento han cumplido, pero sabemos que es un trabajo a largo plazo". El liceo acaba de ser remodelado y la comunidad no está dispuesta a permitir el vandalismo en las renovadas instalaciones.
La escuela de Cieneguita fue reinaugurada el viernes. Durante la construcción, los vecinos prestaron sus casas para albergar a estudiantes y maestros, con el objeto de no interrumpir las lecciones. Generosos, los humildes habitantes de la zona no repararon en los gastos adicionales en agua y electricidad, ni en las inevitables incomodidades para su vida cotidiana.
La escuela también reabre sus puertas con la intención de protegerse mediante la integración a la comunidad. Una alianza con la Iglesia, el Ebais y la Asociación de Desarrollo local persigue objetivos similares a los que guían los esfuerzos en la comunidad de Pacuare.
La actitud de estas y otras comunidades limonenses es un abanico de ejemplares virtudes. Amén de la evidente generosidad, demuestra el altísimo valor otorgado a la educación de las nuevas generaciones. Implícita está, también, la voluntad de no doblegarse ante los problemas de la marginalidad y de llenar los vacíos dejados por el Estado. Los habitantes de Limón no renuncian a participar en la solución de sus problemas ni se limitan a extender la mano, aun para reclamar lo que por derecho les pertenece. La comunidad merece, pues, todos los elogios.
El esfuerzo comunal, sin embargo, subraya dolorosamente las omisiones estatales. El país debe estar orgulloso de ciudadanos capaces de buscar al hampa en sus madrigueras para instarla a dejar en paz a los centros educativos, pero también debe avergonzarse de que esas gestiones sean necesarias. Los niños y adolescentes, en Limón y en todo el territorio nacional, tienen derecho a estudiar en paz, no porque sus padres consigan un armisticio parcial con la delincuencia, sino porque el Gobierno provea de las condiciones mínimas de seguridad y aprovisionamiento.
La paz conseguida por los ciudadanos de Pacuare siempre será precaria, como lo reconoce la dirigente comunal con la expresión “por ahora han cumplido”. También es una paz parcial y restringida a una institución. Si el pacto de salvaguarda del colegio se cumple, el temor y el peligro persistirán en el resto de la comunidad.
El Ministerio Público y la Fiscalía anuncian un nuevo esfuerzo para tomar control de la provincia. Emplazarán un grupo especial de 160 policías para reforzar a los 200 ya existentes y sumarán al cuerpo de fiscales otros 20 funcionarios especializados. Una iniciativa similar, desplegada durante la administración Arias, parece haber rendido frutos, pero el repliegue de las fuerzas enviadas a la provincia redundó en una nueva acometida del hampa.
El Ministerio de Seguridad Pública se compromete, de ahora en adelante, a hacer de Limón una prioridad. Propone reforzar las operaciones de inteligencia policial, incluyendo una base de datos exclusiva, para promover el trabajo conjunto de todas las autoridades involucradas. Los hechos del pasado reciente demuestran que solo un empeño persistente y bien dirigido conseguirá resultados. Ojalá los planes anunciados no sean, una vez más, respuesta inmediata y temporal al efecto político de los titulares de prensa dando cuenta de la violencia en la provincia. Los vecinos de Pacuare y Cieneguita, entre otros, han demostrado con creces ser merecedores de mayor sinceridad.

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