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El camino hacia el néctar e Todos sabemos que las flores atraen a los insectos mediante su color y su perfume. Pero si tratamos de investigar con mayor detenimiento este fenómeno natural, descubriremos un aspecto verdaderamente curioso e interesante, del que todavía no se ha dado una explicación: el perfecto e increíble acuerdo que existe entre flores e insectos.
Es muy frecuente el hecho de que el color, la forma y el perfume de una flor se adapten, a este respecto, a una especie determinada de insectos.
Por ejemplo, cuando sus polinizadores son los pájaros, las flores son generalmente de color rojo. La madreselva, polinizada por la falena (mariposa nocturna. tiene un color claro y un perfume muy intenso, porque durante las noches este insecto necesita sobre todo de su fuerte olor para encontrarla. La abeja, sin embargo, no suele hallar con facilidad las flores de la magnolia, porque ésta, en su país de origen, suele ser polinizada por el escarabajo y no ofrece a la abeja ninguna indicación para que pueda orientarse: el insecto siente el olor, es atraído por su blanquísimo pétalo, pero no sabe donde encontrar el néctar. Normalmente las flores no se limitan a atraer a los insectos, sino que les indican con exactitud el camino para llegar al néctar, porque solo esforzándose por llegar a él el insecto entrará en contacto con las anteras y con el estigma, provocando la polinización.
Si una avispa amarilla y negra está acostumbrada a encontrar miel en el centro de un disco de papel azul, observaremos como regularmente se posa sobre el borde del papel y lo explota hasta llegar a la miel; pero si en el centro del disco azul ponemos uno amarillo, u otro de un azul más intenso, el insecto queda tan impresionado que se posa directamente sobre el centro.
Por este motivo, muchas flores tienen su parte interior de un color distinto al de los pétalos; las margaritas tienen las hojas blancas y el disco amarillo; el nomeolvides posee un pequeño disco amarillo en el centro; la boca de león tiene el borde de oro puro, cualquiera que sea su color. Los insectos se dejan impresionar fácilmente por los objetos de contornos irregulares y colores contrastantes, con fuertes claroscuros (tomándolos fácilmente como puntos de referencia. Por eso, las manchas de colores que vemos en los pétalos de las flores, en la digital, en la azalea, en el lirio, están situadas intencionadamente allí para impresionar a los insectos y conducirlos hasta el néctar; otras veces son las nervaduras del pétalo (en el beleno, en la capuchina) las que toman un color distinto y más intenso a medida que penetran en la corola.
También el perfume sirve de guía, y en este aspecto encontramos cosas asombrosas: la tacita del narciso tiene un olor más intenso que el pétalo; en la enredadera, cinco estrías olorosas guían al insecto hacia el fondo; en las hipocastanáceas, las manchas de color de los pétalos cambian tanto de tono como de olor, según que la flor ya haya sido polinizada o no, según que tenga todavía néctar o que ya se le haya terminado.
La cosa parece increíble. Pensemos un poco en ello: una flor y un animal: es decir, dos criaturas pertenecientes a dos mundos distintos, se han acomodado entre sí materialmente, modificando o adaptando su misma estructura. Como se explica este hecho? Los científicos hacen notar que desde hace millones de años las flores y los insectos van evolucionando juntos: se trata, pues, de un largo proceso de adaptación. Pero desconocemos como ha ocurrido este proceso, ni cuál es su punto de partida. Para nosotros es, simplemente, uno de tantos fascinantes misterios de la creación.
Una abeja libando el néctar de una flor: un fenómeno natural que constituye, en realidad, un misterio de la Naturaleza. De hecho, es precisamente la flor la que, gracias a un perfecto acuerdo existente entre ella y el insecto, indica a éste el camino hacia el néctar, atrayéndolo no solo con el perfume y el color, sino también adaptando su misma estructura.
LA REPUBLICA. Jueves 22 de enero de 1981 15
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