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APRENDAMOS con Asesoría técnica: Lic. JORGE MORA 922 1DRAMA EN LA SELVA 4, 2T2n a.
Or la eБа al sa la vertical y durante unos momentos permanece aleteando en el aire, que se llena con sus agudos chillidos, en tanto el ave semeja una bandera blanca azotada por el viento.
De nuevo el silencio. Es el silencio del despertar del dia.
El ruido de una respiración jadeante rompe la paz solemne de la mañana; el sonido se debilita de vez en cuando, sólo para volverse a escuchar en otra dirección. De pronto, de entre la espesura del bosque surge disparado un gran antilope, que al parecer se dirige hacia la llanura rojiza poblada de altos arbustos. Dando grandes zancadas, estirada hacia atrás la noble cabeza, armada de cuernos puntiagudos, curvados con un el animal golpea el suelo con sus fuertes patas, tratando de huir de algún oculto perseguidor. Sus ojos aparecen desorbitados por un terror indecible, y sus flancos, azotados por las altas hierbas, reflejan la respiración exitada de la huída.
Sus grandes orejas recogen el ladrido amenazador que suena a sus espaldas.
Los buitres terminan la tarea iniciada por las hienas.
e60 es e El perro hiena, o hiena de caza, generalmente llamada perro salvaje en Africa del Sur, es una de las alimañas más peligrosas y temibles del continente negro. Su cuerpo esbelto, del tamaño de un perro pastor mediano, extraordinariamente musculoso y fuerte, parece creado exprofeso para sostener largas carreras. Su piel lisa presenta manchas irregulares formadas por los colores blanco, negro y amarillo, siendo sus dibujos y formas variados en grado sumo. Unicamente en la cabeza, con sus anchas orejas erguidas y el diminuto morro chato que oculta unos dientes poderosos y afilados, predomina el color negro. Sus ojos son oscuros y brillan con salvaje avidez, y la larga cola remata en un extremo peludo, blanco y amarillo.
El perro salvaje de Africa del Sur es un criminal en extremo agresivo y sanguinario, astuto e inquieto. Cuando forma manadas se atreve a atacar a casi todos los animales de la selva, que emprenden la huída ante su presencia. Sin embargo, los persigue con tenacidad indomable hasta cansarlos, para devorarlos después en pocos minutos. Desgraciados de los rebaños de ganado vacuno o de ovejas atacados por los perros salvajes!
Por lo general, en las luchas de la selva, son los animales enfermos, débiles o viejos, o las crías inexpertas, las que por una selección natural resultan victimas de sus enemigos y tienen que pagar asi el tributo al más fuerte, pero el perro salvaje no conoce excepción: las huellas que empieza a perseguir una vez, las sigue con una obstinación constante. Aunque su presa sea joven o vieja, enferma o sana, no existe posibilidad de escape para ella: la perseguirá hasta que se haya saciado con su sangre.
El león se retira avergonzado después de un salto en falso; el leopardo renuncia con desilusión a capturar la presa que no ha podido derribar a la primera acometida, y la perdiz que ha logrado evitar el ataque mortal del ave de rapiña, tiene alguna posibilidad de huir; pero para la víctima elegida por un perro hiena no existe escapatoria posible; para ella no existe la merced de la suerte o de la casualidad, pues tarde o temprano ha de caer entre las garras de su feroz perseguidor, verdadero terror de la selva El Sol asciende como un gigantesco disco dorado sobre el horizonte de la amplia sabana sudafricana, que parece carecer de límites. El áspero y espinoso arbusto, marchito por los meses de sequía, se ilumina por algunos momentos con aquella coloración rosada, y el suelo arenoso parece brillar bajo los resplandores del nuevo dia, mientras el viento del amanecer hace temblar los miseros grupos de hierbas raquíticas. a 15 a ta or rA veces un antílope puede ser su víctima.
1La jauría, que por un momento ha quedado desorganizada, reemprende la caza con una renovada tenacidad, alentada por sus propios ladridos salvajes y su inextinguible sed de sangre. En el campo de batalla se tambalea una hiena ensangretada, herida por las astas afiladas del antilope, intenta dar unos pasos en seguimiento de sus compañeros, pero finalmente cae tendida sobre is hierba. Otras dos alimañas pretenden seguir a la jauría sin tampoco conseguirlo.
Un grupo de perdices, que por un instante han corrido apresuradamente delante de los perros, levantan el vuelo frente a ellos y prorrumpiendo en gritos penetrantes se dirigen hacia las copas de un grupo de árboles, desde donde observan, con temerosa sorpresa, las raudas alimañas que corren debajo de ellas. Después de algunos minutos descienden otra vez al suelo para reunir de nuevo a los miembros de la familia que se habían disgregado.
Etrentanto, a lo lejos, los perros salvajes siguen galopando. su paso, un corzo sale de detrás de unos arbustos y corre a esconderse con rapidez en el lecho de un torrente: las gallinas salvajes se refugian en las hondonadas y tras los matorrales, y puede decirse que todo animal viviente huye con pánico de los terribles asesinos que siembran el terror a su paso.
La ventaja que en los primeros momentos había alcanzado el fugitivo antílope se acorta por instantes. Los perros salvajes, desdeñando otras presas más fáciles, persiguen implacables a la víctima escogida, gimiendo de rabia y aullando con furor indescriptible.
Las fuerzas del astado empiezan a disminuir. Con un supremo esfuerzo, presa de un pánico mortal, intenta tensar los músculos para acelerar la carrera. Conoce las leyes de la selva y su instinto le hace adivinar su fatal destino. Quién podría decir lo que pasa en estos instantes en su interior al sentir que su vida está a merced de un enemigo cruel e infatigable. Qué desesperación, qué tormentos de miedo y de horror anidan en su corazón agotado, palpitante por la fatiga!
Las hienas que corren en vanguardia están ya a punto de dar alcance a su víctima. Con las fauces abiertas y rebosantes de espuma llegan al fin a su altura, seguras de que su presa no puede defenderse, y antes de que el no.
ble animal, bañado en sudor, pueda ni siquiera pensar en una defensa imposible, los colmillos de la jauría se clavan en sus flancos, en su cuello y en sus patas, derribándole sin piedad, Antes de que el antilope haya expirado su último aliento, las alimañas han abierto ya las partes blancas del vientre, y las oscuras cabezas, cubiertas de sangre, se hunden profundamente en el interior del cuerpo, arrancando las entrañas entre grunidos de satisfacción, disputándoselas unos a otros, ansiosos y hambrientos. El resto del cuerpo queda casi sin tocar y, lamiéndose las fauces enrojecidas, prosiguen sus caminos en busca de nuevas presas.
Aparecen entonces en el cielo los primeros buitres, trazando anchos círculos que se van estrechando poco a poco sobre los restos del destrozado animal. Al fin se dejan caer sobre el cadáver batiendo con fuerza sus grandes alas, y arrancan entre agudos chillidos los trozos de carne sanguinolenta.
Al llegar la noche, otros animales terminarán la tarea, y en días sucesivos, los gusanos y las hormigas acabarán de limpiar el esqueleto. En poco tiempo, sólo los huesos blanqueados serán el mudo testimonio de aquel drama de la selva. Incluso ellos, y tras un plazo no muy largo, se irán descomponiendo bajo el ardiente sol africano, hasta quedar borradas para siempre las huellas de una víctima más de la voracidad de los perros salvajes.
os la al Momentos más tarde, una jauría multicolor formada por diez perros hienas irrumpe en el claro. Aullando y ladrando, gimiendo con toda la gama de sonidos, galopan seguros de su presa, en veloces e incansables saltos, tras el fugitivo antilope. Sus cuerpos, tensos y delgados, parecen volar sin esfuerzo alguno por encima de la tierra, y su piel, extrañamente manchada, aparece y desaparece de continuo cual ondas multicolores entre la hierba que se dobla a su paso.
Un grito penetrante y furioso estimula al perseguido a realizar el máximo esfuerzo para huir de aquellas fieras; pero, como si quisieran ahorrar sus esfuerzos, los perros que van en cabeza se relevan de continuo, dejando como conductor al que posee mejores facultades. Un fuerte olor nauseabundo revela el camino seguido por la jauría y, al percibirlo, los animales de la selva huyen atemorizados, presintiendo el peligro.
La jauria se aproxima más y más a su víctima; el ladrido triunfal estalla en el momento en que el antilope, agotado por la carrera, se detiene dispuesto a emplear la fuerza defensiva de sus largos y fuertes cuernos para hacer frente a sus numerosos enemigos. Un enorme perro que va en cabeza recibe la primera em bestida de las astas agudas como lanzas, y gravemente herido cae revolcándose entre la hierba; al instante siguiente, un segundo atacante da un enorme salto para caer sobre la presunta víctima; pero la afilada cornamenta le desgarra el flanco y la bestia se retira sangrando copiosamente. Un tercer perro ha trabado también conocimiento con las agudas defensas del antílope y se tam balea semiinconsciente.
1al 5.
се 1 Las hienas de caza son perseguidores implacables.
IS o Allá, a lo lejos, un chacal se despide de la noche con un breve ladrido y se introduce en el lecho de un riachuelo seco y arenoso en busca de escondrijo durante el día. Las palomas inician su arrullo, en tanto que bandadas de codornices saludan la mañana con sus claras voces, y en rápidos grupos vuelan hacia un oculto abrevadero, De pronto, una gallina salvaje se eleva en vuelo casi Por un momento parece que el acorralado antílope logrará zafarse de sus enemigos y prosegir la huída. Un breve instante de respiro lo aprovecha para reemprender la fuga y sus largas y elásticas patas le dan de nuevo una ligera ventaja sobre sus feroces e implacables perseguidores.
o y Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.
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