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1 Se trataba de la Nove.
na, y última, en re menor, llamada la Coral, que no pudo ser terminada hasta 1824. Insuperable obra maestra, da la impresión de que la luz y las tinjeblas estén luch an do por la supremacia, sostenidas una por el Bien y otra por el Mal. Mas en el último movimiento, basado en el Himno a la alegría, de Schiller. la luz, finalmente victoriosa, rompe las tinieblas y se esparce radiante sobre toda la humanidad.
No podía escogerse otro testamento mejor para los humanos y Beethoven comprendió que habia cumplido la misión que le fue encomendada. Su salud empeoró gravemente; el vientre, hidropico, se hizo enorme, los dolores parecian insoportables.
Beethoven lo sobrellevó durante los tres años que le quedaron de vida. Luego, el 26 de marzo de 1827, su alma grande dejaba para siempre el cuerpo martirizado y destruido y elevaba al empireo acompañada por el fragoTOSO concierto de truenos de una terrible tempestad que se desató sobre la inperial Viena.
se Antorcha 84 LUDWIG VAN BEETHOVEN Después del estudio y del esfuerzo.
disfruta el sabor del triunfo con Tosty 4 Al poco tiempo, su padre, cada vez más esclavizado por el alcohol, hubo de ser privado de todos sus derechos, con relación a la familia, así como de la asignación que recibia, derechos que, en cambio, recayeron sobre Ludwig, obligado a proveer a la educación de los hermanos menores y al sostenimiento de aquel padre holgazán y vicioso. Con todo, el empleo de músico y organista en casa del príncipe le dejaba la vida asegurada, aunque fuera sólo por dos años bastante monótomos.
Un día, el gran Haydn, de paso por Bonn, le escuchó y le invitó a Viena. Ludwig hubiera querido ir. Pero. quién le proporcionaría los medios para realizar el viaje?
No tardó en aparecer un mecenas y así Beethoven dejó para siempre su casa, dirigiéndose inconscientemente hacia la gloria Viena, a finales del siglo XVIII era el paraíso de los músicos. Allí vivían Mozart y Haydn, y allí también tenía su casa el anciano Antonio Salieri, italiano, considerado el máximo profesor de música de su tiempo. Ludwig tomó lecciones con él y con otros, después, prefirió estudiar por sí mismo, solo. Se daba cuenta de que nadie podía enseñarle aquello que bull ía en su interior y que todo lo que podía aprender de ellos era de sobras pasado y conocido; tanto, que no le satisfacía en absoluto.
En Viena, gracias a la recomendación de su mecenas, fue recibido por la noble sociedad, en el seno de la cual trabó, por vez primera, las mejores amistades. Son los años en que compone las son atas para piano: Patética, Claro de luna, Appassionata, Los odioses, además de otros muchos conciertos para violin, tercetos y cuartetos, Mas la gran revelación aconteció a los treinta años, cuando compuso su Primera Sinfonia, en do mayor, con la cual parece que el músico quería rendir homenaje a sus gran des predecesores Mozart Haydn, escribiendo casi en el mismo estilo que ellos, meditativo y ligero al mismo tiempo. Pero ya, incluso en las notas de esta obra se percibe la impronta del genio que se va descubriendo a sí mismo. Dijo un saentre los profanos.
Entretanto, en 1789 estalló la Revolución Francesa, que el maestro habia seguido con gran simpatia.
Luego, empezo a brillar la estrella de Napoleón, por quien Beethoven sintió verdadero en tusiasmo. Para aquel hombre, considerado como la personificación del héroe sublime e inspirado, quiso escribir la Tercera Sinfonía, que denominó Heroica, y que comprende una marcha solemne como glorificación del héroe puro. Sin embargo, al conocer la noticia de que Napoleón se hacia coron ar emperador, profundamente desilusionado en sus esperanzas, pisoteó la partitura, gritando. También él no es más que un hombre corriente. Ahora pisoteará todos los derechos de la humanidad y seguirá su sola ambición. Se colocará encima de todos los demás y se convertirá en un tirajó que los demás le buscaran a él y, amablemente, le aceptaran con sus de fectos y sus actos sublimes.
Todo su ser estaba en lucha consigo mismo y con el ansia creadora que buHlja poderosamente en él.
En 1806 nació la Cuarta Sinfon ja en si bemol, y en 1807 la Quinta en do menor, llama da también Del destino, porque los golpes repetidos con que empieza el primer tiempo parecen precisamente, los golpes con que el destino, inexorable, llama a las puertas del alma. El final, sin embargo, parece poner de relieve que, en el fondo, el destino jamás es verdaderamente adverso.
De un tiempo a esta parte, Beethoven había adquirido la costumbre de dar largos paseos por el campo. En aquellas ocasiones se abría su espíritu y el aseguraba oír el susurro de las hojas, el murmullo de los arroyos, el gorjeo de los pájaros y una paz sublime se apoderaba de su alma invadiéndole totalmente. Después de uno de estos paseos se le ocurrió escribir estas palabras inspiradas: En los campos me parece como si todos los árboles cantaran. Santo. Santo. Santo. Omnipotente. En los bosques me siento feliz, feliz en los bosques en los que cada árbol habla de Ti. Dios mío. Cuánto esplendor! En estas florestas, sobre las colinas, palpita esta paz para servirte.
Beethoven quiso dejar tales sensaciones, como herencia a los hombres, plasmándolas en la Sexta Sinfonia, a la que llamó Pastoral. Todos los que la hayan oido habrán revivido las mismas sensaciones experimentadas por el gran compositor en sus largas ca min atas Como si la sordera, ahora absoluta, no fuera suficiente, el gran músico enfermó del hígado y a sus dolores físicos juntáronse los morales de bidos a la ingratitud del sobrino Carlos adoptado después de la muerte de un hermano. Este joven perezoso, hipócrita, vulgar y además ladrón para con su tío, fue causa de penas acerbas para el alma sensible del maestro y contribuyó, sin duda, a acelerar su fin. Siempre pedía dinero, aún cuando el tío no lo tuviera. En realidad, a pesar de su inmensa fama, la riqueza no fue jamás amiga de Beethoven. En raras ocasiones, por breve tiempo, el bienestar llamó a su puerta; pero la más de las veces fue la pobreza la que imperó en su casa.
Por otra parte, fuerza también es confesar que los hábitos de Beethoven no eran los de un hombre normal. Predicaba siempre el órden, pero ¡cuánto desórden reinaba en su casa! Mas ¿cuál fue su casa, si en Viena tuvo alquiladas sucesivamente hasta veintisiete? Quien entraba en una de ellas salía asustado: las páginas de música se desparramaban por doquier, los vestidos sobre la mesa, los zapatos sobre la cama y las viandas aparecían en todas partes menos en su puesto.
Sobre el pavimento podían verse, además, los charcos del agua que se echaba sobre la cabeza en aquellas duchas funestas que fueron, seguramente, la causa de su sordera. su servidumbre? Tomó un verdadero ejército de criadas; pero ninguna le acababa de satisfacer, y cuando no se marchaban voluntariamente las expulsaba de malos modos, yéndose a comer, sólo, al restaurante, o bien cocinando el mismo, a pesar de que, según parece, le había sido negado hasta el mínimo conocimiento de las artes culinarias.
Aún cuando la sordera le había convertido en un ser nada comunicativo y, a veces, hasta intratable, siempre fue hombre de ingenio. En ocasión de una solemnidad, el hermano sobreviviente, farmacéutico, enriquecido con la guerra, le mandó una tarjeta de visita en la que se leia debajo del nombre: Propietario de terrenos. Como el maestro encontrara ridículo este signo de ostentación, correspondió a la felicitación con otra tarjeta en la que debajo de su nombre, había escrito. Propietario de un cerebro.
Volvamos a las sinfonías. En un breve lapso de alegría Beethoven escribió en 1812, la Séptima Sinfonía, en la que todos los movimientos respiraban alegría. Aquel mismo año llevó a término también la Octava, en fa mayor, repleta asimismo de brio y vivacidad. Mientras tomaba apuntes para una nueva sinfonía que debía ser su testamento espiritual.
propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa bio que la voz de Dios, puede ser escuchada solamente por aquel que, habiendo perdido la costumbre de oir los sonidos de los hombres, se refugia en si mismo para escuchar la voz más elevada. Naturalmente, la sordera de la que habla el sabio es solamente metafórica. Pero Beethoven (que más tarde habrá de oir realmente aquella voz y que busca rá la manera de transmitirla a los demás mediante la música) padecerá la verdadera sordera, el peor mal que puede alcanzar a un músico.
No llegó de golpe ni de manera total, sino lentamente, causada tal vez por duch as heladas a las que sometia su cabeza y que le habían provocado una dolorosa otitis.
La enfermedad empezó muy sutilmente, a los treinta y dos años, tuvo la aplastante revelación de su inexorabilidad.
Se entregó con la fuerza de la desesperación a los mejores médicos: todo fue en vano. Presa de un inmenso desánimo tuvo la idea de acabar con su vida.
Le disua dieron la energia que se alzaba en su interior y el amor a la música. En 1803 consigue dar forma a la Segunda Sinfon ja en re mayor, que dirige él mismo junto con el tercer Concierto para piano y orquesta. El éxito fue enorme y el nombre de Beethoven empezó a circular de boca en boca, incluso uguitas Sastadas no LA REPUBLICA. Martes de setiembre de 1984. artea de te LA KEPUBLICA. Martes de setiembre de 1984. 00 Posty PESO NETO 25 Cuando, al año siguiente, decidió continuar la sinfonia, escribió de su puño y letra en la portada. Sinfonia heroica en recuerdo de un gran hombre.
Entretanto, la sordera: se hacía más fuerte: ahora para oir el sonido de las notas debía apoyar en el piano un lápiz apretado entre los dientes. su alrede dor se iba haciendo el vacio.
Lentamente cesó de buscar amistades, pero deiA QUE NO PUEDES COMER SOLO UNA!

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