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Negocios PARA VENDER Mercadeo AL El síndrome de Lawson o la Notas sobre el persistencia en los viejos paradigmas impuesto al activo CESAR las Es sorprendente la resistencia de la gente al cambio, sin embargo realmente nos asombra que no solo muchos exitosos empresarios sino también unos cuantos jóvenes talentosos se opongan siquiera a discutir acerca de lo distinto, lo diferente, lo que no concuerda con el molde.
Hoy no basta con enfrentar lo nuevo e intentar convertirlo en oportunidad, además hay que desechar la realidad en un tiempo de aceleración y caídas como nunca antes en la historia.
Es lícito explorar hasta sus últimas consecuencias recursos que en el pasado fueron el sostén, la vitalidad y el orgullo de la empresa, pero cuando la viLEOPOLDO gencia deja de ser, es meBARRIONUEVO nester meterse en el munlebaso sol. racsa. co. cr do abandonar el tibio regazo de los conceptos comprobados y repetidos.
Lamentablemente, demasiadas personas en la empresa prefieren la rutina, los conocimientos internalizados y la aburrida monotonía cotidiana. Alguien dijo que los hábitos son como los zapatos viejos: son cómodos aun cuando resulten inapropiados.
Richard Foster, en su libro Innovación: La ventaja de atacar. cuenta que en 1907, específicamente el viernes 13 de diciembre, el barco de vela Thomas Lawson se hundió en el Canal de la Mancha, arrastrando consigo sus pesados y gigantescos siete mástiles, en competencia con los barcos de vapor que venían desplazando a los veleros, los cuales contaban con defensores empeñados en negar el avance de la tecnología.
Desde entonces se da el nombre de síndrome de Lawson a la enfermedad que padecen las organizaciones o personas que se afirman a productos, sistemas y actuaciones, que se oponen a enfrentarse con el futuro y optan por mantenerse en el pasado o bien en la explotación de lo que dio de comer. Lo lamentable es que las más de las veces, el síndrome de Lawson no es otra cosa que la manifestación del orgullo ejecutivo y su ego enceguecido por el crecimiento de la empresa en procura de repetir el pasado por seguro y además porque ya pasó.
Sabemos que no puede negarse el pasado simplemente, porque somos una continuidad de él y, además, porque necesitamos sentirnos sobre su pedestal en la medida en que no ha pasado simplemente por pasar, sino que la hizo para nuestra superación y para que la integremos a nuestra realidad.
Es parte de las anteojeras que otorgan los paradigmas como modelos inamovibles de quienes no quieren aceptar el cambio de lo inevitable y se encierran, como se dice del avestruz, escondiendo la testa bajo tierra, en la seguridad de que de ese modo desaparece el riesgo.
No resulta, en consecuencia, raro que grandes empresas no sean tan competitivas como parecen, por el contrario: están tan preocupadas por no hacer olas que se dejan robar la iniciativa por las pequeñas y medianas y acaban cuidando tanto los mecanismos financieros, que por ahorrar costos se van comiendo los recursos del capital por carencia de osadía y sentido del riesgo, a tal punto que rara vez se incorporan al rubro de los pione4 ros. Lamentablemente, los ejecutivos no son hábiles al utilizar el concepto y los análisis del ciclo de vida de los productos, y prefieren explotar hasta el final sus bondades: lo malo es que el final a veces no es solo el de los productos Hoy en día, no menos de siete productos nuevos son necesarios para que uno triunfe, a lo que es lo mismo: de cada cien productos nuevos, uno es un gran éxito, catorce tendrán un futuro promisorio, aunque no excepcional; veinticinco se mantendrán a la espera de un resultado que nunca llega; treinta y nueve no conocerán la luz serán retirados antes del año de vida y uno se convertirá en un fracaso inolvidable.
Hay que entender que muchos actúan como si su producto no perteneciera al rubro de los perdedores, cuando lo adecuado es actuar como en el caso del Thomas Lawson: hundir el barco para salvar del ahogado el sombrero y suprimir todo aquello que no respire humildad y que resulte tan contraproducente como la complacencia, el orgullo, la arrogancia y el ego exagerado que impide pedir ayuda.
El éxito de hoy es producto de las decisiones de ayer y lo que es una empresa se debe a quienes la construyeron veinte años antes, cuando no es reflejo de las actitudes de los pioneros y de sus aciertos en un mercado protegido por el gobierno de turno. Pero la empresa que ha de sobrevivir en los próximos diez años es la consecuencia de las decisiones que se tomen hoy.
Los contribuyentes nos encontramos a partir de la Ley de Ajuste Tributario (publicada el 19 de setiembre de 1995) con la creación de una figura novedosa, experimentada en otros países latinoamericanos, denominada impuesto al activo de las empresas.
Este nuevo tributo tiene una relación estrecha en su funcionamiento con el impuesto sobre las utilidades, aunque es un impuesto con naturaleza propia y autónoma, conforme lo ha precisado la jurisprudencia administrativa que se ha emitido hasta la fecha. En términos económicos, el impuesto pretende gravar una mínima rentabilidad de ERICK THOMPSON los activos que utiliza el contribuyente para el giro de su negocio. Se parte de la premisa de que si el contribuyente ni siquiera alcanza dicho mínimo, el impuesto lo presionará para aumentar su eficiencia y por ende su rentabilidad. sea, que como imposición a la mínima rentabilidad, se entrecruza con el impuesto que grava la rentabilidad final y real de la empresa en el periodo fiscal, que es el impuesto de utilidades.
En estesentido, si mi empresa tiene un mal año y cierra el pey riodo fiscai con pérdidas, pagará por el Impuesto de utilidades.
Pero, en contraste, si mi empresa tiene un volumen de activos fijos de alto valor en el mismo periodo fiscal, generará un monto de obligación tributaria por impuesto al activo, no importando la pérdida operativa concretada.
El mecanismo de relación entre ambos impuestos es el del crédito del impuesto al activo en contra del impuesto de utilidades. México, que constituye el pionero latinoamericano en el tema, modificó el sistema acreditando más bien el impuesto de utilidades determinado en contra del impuesto al activo, basado principalmente en evitar el desestímulo de la inversión norteamericana en su territorio en virtud de un crédito fiscal extranjero menor. El impuesto al activo costarricense tiene características singulares, como la exclusión de la base gravable del activo circulante y la aplicación de un tramo exento de 30 millones que debe ser indexado anualmente. Esto provoca que el impuesto afecta particularmente al sector industrial, con alta concentración de activos fijos. En el caso del sector comercial, la mayor parte de sus activos se ubica dentro de la categoría del activo circulante, por lo que la mayoría de los negocios están fuera de su alcance.
Sectores que han disfrutado de incentivos del impuesto de utilidades, a través de contratos de incentivos, se han beneficiado con interpretaciones de la Procuraduría General de la República, según la cual pueden disminuir sensiblemente la base gravable del impuesto mientras dure la exención del impuesto de utilidades.
Para la mayoría de las empresas, la primera declaración se presentó al cierre del año 96, debiendo calcularse el impuesto sobre los activos en poder del contribuyente al cierre del periodo fiscal 95.
El Impuesto al Activo se detalla en el artículo 88 de la Ley del Impuesto sobre la Renta (Ley 7092. mientras que en La Gaceta 190 del de octubre de 1996 fue publicado su Reglamento, el Decreto Ejecutivo 25501 del 17 de setiembre de 1996.
2C Negocios LA REPÚBLICA Miércoles 15 de octubre 1997 Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.
Este documento no posee notas.