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Esta columna refiere a dos doctores desaparecidos, el primero, con ese título por haber sido en efecto médico, galeno, solo que −tristeza grande− para siempre quedará como Doctor Death, el ángel de la muerte: Mengele. El otro: Manuel Antonio Quirós Rodríguez, tico por los cuatro costados, no es difícil augurarlo, quedará un excelente recuerdo. Va, pues, una horrible comparación, pero también la explicación.
El que no sabe quién fue el lúgubre Josef Mengele bien haría con buscar –por ejemplo, por Wikipedia– porque, precisamente por lo humano que propugnamos, conviene saber de antihumanos como este. Según su hijo era “un hombre sádico, sin empatía ninguna, antisemita en extremo, convencido de que los judíos, como raza inferior y peligrosa, debían ser aniquilados por completo” y “nunca demostró ningún remordimiento por sus actividades durante la guerra”.
Para mayor información, ojalá tenga el lector la oportunidad de ver la reciente película argentina El médico alemán. La cinta no muestra horrores, pero al espectador sensible le deja cantidad de pistas insinuadas: ¿cómo pudo existir un bestia profesional así (él se supone que debía ser guardián de la vida)?, ¿cómo logró escapar por tantos años sin ser llevado ante un tribunal?, ¿cómo pudo sobrevivir por décadas y en varios países latinoamericanos, pese a intensas pesquisas de cazadores antinazis? La cinta impresiona por lo que muestra y por la invitación a seguir pensando.
Muy distinta, diametralmente opuesta, resulta la trayectoria del otro doctor… Pues sí, Manuel Antonio también lo era, pero en Filología Clásica, con título logrado en el mismo país, Alemania. En Heidelberg debe haber obtenido excelentes calificaciones, hasta cum laude, como fue el caso del médico monstruoso.
Otro detalle: Mengele y Quirós eran amantes de la música, pero mi colega dejó y dejará frutos al respecto. He comentado su estudio sobre las Carmina Burana y ojalá pronto se publique el monumental estudio que tiene sobre Mozart. Agradezco de paso la gran ayuda que mi amigo brindó en varias etapas de mi vida: coincidimos como traductores y en actividades culturales; no olvido, además, su imponderable estímulo para mi Esmeralda (Promesa, 2013) y su heroína, una belga víctima de los nazis; él también la conoció y ayudó, aquí.
Voy aterrizando: ¡qué diferencia en calidad de lo humano, en vivencia en profundidad y para los otros! Nadie aplicará el “qué buen pan hacía” al nefasto agente de la muerte, doctor diabólico. ¡Todo lo contrario! en el caso de mi querido colega: por su trayectoria académica iba demostrando su grado de “doctor”, es decir “docto, capaz de enseñar, dar el ejemplo”. Si fue nombrado profesor emérito, fue justo por eso: por mérito. Contrario al otro miserable, del Dr. Quirós Rodríguez nos quedaremos con el mejor recuerdo de un hombre bueno y un gran humanista.
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