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Más de 30 años han transcurrido desde la primera vez que pisé sus tierras y disfruté sus costas. Son más de tres décadas desde aquellas primeras cachapas, pasteles de chucho y arepas con queso guayanés. También desde ese contacto inicial con la pesca artesanal, la Billos y las interminables visitas a San Juan Bautista, a la casa familiar donde en una ocasión pernoctó Simón Bolívar.Eran los tiempos del fascinante primer viaje en el metro de Caracas, de ese destino paradisíaco de inmigración para cualquier profesional calificado, de la Maiquetía donde aterrizaba el Concorde desde París, del juego amistoso del Santos de Pelé contra el Benfica de Portugal, de los conciertos de ABBA, Roger Waters y Queen, sin dejar de mencionar la llegada de Los Hombres G, a quienes crecí escuchando en un casete rayado de tanto sonar, en pleno apogeo de su polvo pica pica.A pesar de que los barrios abandonados y desprotegidos en las montañas y vecindades de las grandes ciudades ya existían, cierto, y de haber presenciado atónito, por primera vez en mi corta vida, a una señora pidiendo limosna en La Guaira, en general, eran buenos tiempos, de bienestar y estabilidad para la gran mayoría de las personas.Hoy, sin embargo, a mi regreso a Costa Rica, quedo con un sinsabor particular que no viví en el pasado. A pesar de que cada viaje evidencia de forma fehaciente el retroceso social producto del régimen «bolivariano», en cuestión de un año, la caída ha sido estrepitosa.Una corrupción rampante, una delincuencia dueña de asaltos, robos, atracos, asesinatos, extorsiones y secuestros, unas expropiaciones antojadizas y abusivas, un dinero que no alcanza, uno de los salarios mínimos más bajos de América Latina, una total ausencia de valoración hacia el profesional comprometido y bien preparado, unos pocos dólares y muchas restricciones para todo aquel venezolano que desee viajar fuera del país, unas filas interminables para comprar lo que de otra forma permite solo el «bachaqueo», una neocultura que privilegia al vivo y al hampón, un aparato burocrático gigante, oxidado e inservible, un sistema electoral provisto de matráfulas sistematizadas para perpetuar el poder de unos cuantos, unos apagones repetitivos de ciudades enteras y, en carne propia, unos 15 minutos de agua disponible cada 3 días, que me obligaron a viajar a otros pueblos para recibir una ducha fresca en medio del calor demoledor, o en su defecto, nadar en las aguas de Pampatar.Me voy con una nostalgia particular, con el dolor de que el rumbo se ha perdido irremediablemente y con las lágrimas de familiares y amigos por su desesperada situación. Pero tambien me voy reconociendo, más que nunca, lo bueno y positivo de la institucionalidad costarricense, su seguridad social, su (a veces desmesurada y enloquecida) libertad de expresión, su ambiente profesional predominantemente sano, su carencia de las abominables medidas de regulación de precios y su invaluable libre tránsito. Valoro, aun más, la disponibilidad de medicamentos, vacunas y reactivos de laboratorio, la alfabetización cercana al 98%, el agua potable, el acceso a cosas tan cotidianas como alimentos variados y frescos, artículos de limpieza personal, material de construcción y repuestos sencillos de aparatos electrónicos, así como los Ebáis que escalan hasta Alto Telire con su equipo a cuestas, o que navegan, rumbo a Isla Chira, por las aguas arremolinadas sopladas por algún “norte” en el Golfo de Nicoya. Y por supuesto, admiro y respeto en mayor medida, una democracia sana, robusta y funcional.En un país donde la cotidianidad y las redes sociales se han instaurado, en muchas ocasiones, como críticos, nefastos y traicioneros vecinos, la visión del pasado, pero sobre todo del presente, puede tornarse turbia y decadente. Todo es cuestión de puntos de vista, claro está, y por supuesto que las cosas no funcionan siempre en su cien por ciento, pero precisamente la negatividad, la visión catastrófica, la desidia y dar por sentado las cosas desde la pasividad que confiere el Internet y los likes, son hoy en día, nuestros mayores enemigos.Me voy dolido y melancólico. Y aunque sé que pronto estaré de vuelta con su gente y su belleza natural, regreso reconociendo, a partir de lo que quizás no es más que una odiosa comparación, dos realidades distintas: una pautada por un dolor vivencial real sostenido a lo largo de los años, y otra, por la infravaloración que solo la costumbre, y la nueva inflexibilidad cognitiva colectiva de nuestro medio, pueden conferir. Adiós, mi querida y triste Venezuela. Caracas, 30 de marzo de 2016.
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