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La República Jueves 20 de Mayo de 1993 Gentes y Paisajes Los cuisingos En el nidal de los pájaros Más de medio siglo lleva don Alexander Skutch recluido voluntariamente en una montaña en Quizarrá de Pérez Zeledón.
Texto y fotos de Enrique Tovar NESTE MES DE MAYO EL PROXImo 20 estará cumpliendo 89 años de vida y desde 1941 decidió establecerse en forma definitiva, por el resto de su existencia, en un paraje que con el paso del tiempo se ha convertido en una reserva de la flora y fauna de nuestro país.
Allí se pueden ver estorrentadas las guatusas sin que nadie las moleste y en las ramas del palo de vaca, de ira chiricana, arazán, ceibos y guayabones, a grandes brazadas los monos cariblancos van formando una tropical caravana. de repente pasa una bandada de pericos, que rompe el silencio del bosque.
De todo, con paciencia, se puede ver en Los Cusingos, en Quizarrá de Pérez Zeledón, un refugio que celosamente mantiene don Alexander Skutch, botánico y ornitólogo, quien un buen día decidió anclarse en aquel bucólico lugar. de allí, en medio de la tranquilidad de la selva, fueron brotando una serie de libros, casi todos relacionados con la naturaleza, pues también ha escrito obras de contenido filosófico.
La Editorial Costa Rica le ha publicado varios volúmenes, entre ellos Aves de Costa Rica y El ascenso de la vida. y Libro libre, La finca de un naturalista. esta altura don Alexander ha publicado más de 25 libros, en español e inglés, y en ellos revela su amor por la naturaleza y su pensamiento sobre la vida, los seres humanos, la conservación, la libertad y otros temas.
Alexander Skutch al frente de su rústica casa en su finca de Los Cusingos, en Quizarra de Pérez Zeledón.
En su propia voz Dejemos que sea este singular científico quien en su propia voz narre su establecimiento en el Valle de El General. Sobre mi caballo bayo, Bayón. cabalgué por varios días alrededor de la región, visitando fincas que pudieran ofrecerse a un extranjero recién venido con un pequeño capital a este valle donde el dinero era escaso y de mucho valor.
Finalmente, en marzo de 1941, encontré la finca que prometía colmar mis sueños. una altitud de aproximadamente 760 metros sobre el nivel del mar, se extendía a lo largo de la margen occidental del río Peñas Blancas, un ancho torrente de montaña que se precipitaba clamorosamente sobre un lecho sembrado de grandes piedras, trayendo agua cristalina y fresca desde las elevadas y boscosas laderas de la Cordillera de Talamanca situada al Norte. Una loma escarpada, aún arbolada la mayor parte, recorría casi la longitud total de la finca. Entre la loma y el río se recostaban, casi a nivel, terrazas que entre altos y escarpados riscos caían hacia los bancos de tierra negra, excesivamente pedregosos pero fértiles, donde el río había corrido en épocas pasadas. Tres cursos de agua permanentes atravesaban la finca, dos cerca de su extremo norte, el tercero por el lado occidental. En la época lluviosa otros dos riachuelos fluían también a través de la propiedad.
Ese es un retrato de primera mano de Los Cusingos, como se llama la finca de 100 hectáreas, y nombre con el que los habitantes del Valle de El General denominan a los tucanillos piquianaranjados.
En su estudio, de donde han salido más de 20 libros, muchos de los cuales se usan en universidades de Estados Unidos, don Alexander Skucht y su esposa, Pamela, hija de Charles Lankester, ese naturalista que tanto le dio a Costa Rica.
La compañía nó la comodidad para vivir con simplicidad en una finca Cuatro clases de trogones repiten aún sus llamados en donde faltaban muchas cosas que la gente urbana conside las copas de los árboles de nuestro bosque. Cuando el crera indispensables.
púsculo desciende sobre la floresta, las notas melífluas de En Los Cusingos, todavía hoy en día, no hay luz eléctri la tinamú grande proclaman su continuada expresión selca. Se utilizan candelas y lámparas de canfín. Tampoco tie vática. El gallito hormiguero carinegro aún lanza su triple ne teléfono y tantos aparatos y medios modernos especial silbido mientras, con pasos delicados, camina sobre el suemente electrónicos con los que la gente de la ciudad cree lo sombroso del bosque. Una manada de tímidos monos caimposible vivir.
ra blanca, todavía trepan y brincan entre los árboles.
En aquel refugio don Alexander le da especial atención Finalmente, de cara al futuro, este señor nacido en Esa las aves. Incluso le gusta sembrar el chilillo, árbol de mon tados Unidos y de casi 90 años de edad, expresa: Si bien, taña, y el palecuria, que atraen a los colibríes.
esperar a que se realicen nuestros sueños en todos sus deNo obstante la destrucción que se ha producido en el me talles es una desatinada y extravagante ilusión, no hacer dio, don Alexander dice disfrutar mucho de lo que todavía ningún esfuerzo por colmarlos, es abandonar preciosas el ambiente sigue dando.
oportunidades de enriquecer nuestras vidas. revela don Alexander: Después de nueve años de celibato en la finca me casé con Pamela, la hija menor de Charles Herbert Lankester, un cafetalero y naturalista autodidacta de amplios intereses. Voluntariamente ella abandoEste documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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