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REVISTA DOMINICAL. La República. Domingo 16 de agosto de 1987 11 Para hacer una catedral Por: Arturo Uslar Pietri se intenta ninguna empresa de ninguna clase, civil, militar, artística, en nuestros días, sin que previamente se hayan realizado estudios completos del proyecto, de sus costos, etapas y factibilidad. Los especialistas que se dedican a estos menesteres se han hecho imprescindibles.
Tanto y casi más que la obra misma por realizar reviste importancia el vasto y variado conjunto de estudios previos.
Ciertamente, esto es plausible y constituye un progreso que tiende a evitar costosos fracasos y experiencias negativas. Se ha llegado hasta crear una ciencia de tomar decisiones, que es hoy una nueva disciplina que se enseña en famosas universidades.
Cada vez que me entero que se realizan estudios de esta clase para decidir sobre la realización de un gran proyecto no dejo de pensar que el abuso de estos métodos tiene también su aspecto negativo. Estos mecánicos procedimientos para decidir la iniciación de una obra importante de interés colectivo pueden tener un efecto limitante y esterilizador. Significa sin duda, la eliminación de toda desmesura, de todo intento de ir más allá de las posibilidades aparentes. Puede que esto, desde un punto de vista estrictamente económico, sea útil y hasta necesario, pero resulta fatalmente empobrecedor y negativo si se le considera desde otra dimensión: la de la innata capacidad del hombre de ir más allá de lo que parecía posible. Todo lo más grandey asombroso que el hombre ha realizado en la historia tiene algún aspecto de desmesura, un atreverse a ir más lejos de lo razonable, de lo medible y contable, de lo seguro y demostrado. Extirparlo de la mente humana podria resultar una lamentable amputación de las posibilidades creadoras.
Cada vez que he tenido oportunidad de ver surgir, como visión sobrecogedora, en el horizonte de la meseta la mole de la catedral de Chartres se me ha hecho patente la desmesura prodigiosa de aquella creación.
En el siglo XII aquello no pasaba de ser una pequeña villa de campesinos, aislados, pobres, amenazados por la guerra, la peste y la injusticia, trabajando sin tregua paraganar el sustento. Decidieron levantar una iglesia para expresar su ideal sobrenatural.
No había planificadores en la Francia de las cruzadas. Si los hubiera habido habrian ciertamente, aconsejado que se levantara una modesta capilla, que estuviera dentro de las posibilidades reales de aquella pequeña comunidad de cultivadores y de siervos. No lo hicieron asi, afortunadamente. Se entregaron por entero, sin medir recursos, flujos de caja, costos de materiales y mano de obra, a levantar al más asombroso templo que se pudiera imaginar. El más alto, el más bello, el más original, y deslumbrador que nunca se hubiera visto. No tenían nada que se pudiera llamar un proyecto completo, menos aun una estimación de costos y etapas de construcción y, por supuesto, ni el menor asomo de un estudio de factibilidad, pero se pusieron a hacerla en la más desmesurada y desafiante escala. No tenían y presupuesto, pero tampoco tenían plazo.
Era una obra de todos para la eternidad y a ella se entregaron. Quiénes y como la hicieron? Los eruditos, los sabios arqueólogos se han esforzado, con escaso resultado, en identificar nombres de maestros de obra, de artistas de la piedra tallada y de la vidriera de colores. Como en el drama de Lope de Vega, el único autor reconocido y cierto era uno solo: Chartres con toda su gente: los obispos, los señores, los campesinos analfabetos, los canteros pacientes consagrados a realizar una maravilla incomparable. Pasaron generaciones y hasta siglos en el empeño, pero lo lograron y allí está para asombrarnos todavía a nosotros como la mejor prueba de los recursos extraordinarios, no contables, que hay en el hombre y de todo lo que puede hacer más allá de sus límites aparentes.
Esa capacidad latente de intentar lo imposible y alcanzarlo a veces es la que hoy se ve amenazada por el exceso tecnológico.
Es muy posible que si hoy se pusieran en la computadora los datos de la comuna campesina del siglo XIl y se le pidiera una respuesta sobre la posibilidad de realizar una obra semejante, la respuesta seria rotundamente negativa.
Sería absurdo felicitarnos porque los constructores de catedrales no tuvieran la posibilidad y el hábito de hacer cálculos exactos, pero valdría la pena reflexionar un poco sobre alguna manera de conservar y estimular esa facultad de sobrepasarse que el hombre tuvo y manifesto de manera tan espléndida. Se podría imaginar en nuestras universidades, junto a las cátedras que enseñan a la perfección todas esas técnicas exactas para estudiar proyectos y determinar factibilidades, algún extravagante profesor que diera lecciones de desmesura, que enseñara a atreverse a imaginary a soñar.
Sería triste que la tecnologia avanzada, que ha permitido poner un hombre en la Luna, hubiera hecho imposible que la comunidad de Chartres levantara aquella catedral.
Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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