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4Revista Dominical. LA REPUBLICA, domingo 1º de noviembre de 1987 Los hombres de este tiempo no vivimos, como generalmente se dice, sumergidos en un océano de información sino, más bien, ante una inmensa y continuamente móvil ruleta de informaciones. Basta hojear el diario, encender la radio en el automóvil o mover de uno a otro canal el receptor de TV para ejecutar inmensos saltos azarientos de una información de otra completamente distinta, pasar de la narración elemental a la consideración filosófica, de la política a la brujería, del suceso banal al análisis de los riesgos de guerra nuclear, del erotismo barato a la filosofía barata. Esta peculiaridad singular, es posible entenderla como un juego fascinante del que no disfruto ninguna generación anterior. El lector del libro no podía escapar del libro, el público del sermón no podía eludirlo, el contertulio no podía cambiar caprichosa e instantáneamente de interlocutores. Hoy lo podemos, con todas las ventajas y riesgos que esto conlleva.
Por: Arturo Uslar Pietri Hacia la Edad Media OR entero azar, en esa ruleta de la información, buscando un noticiero de la actualidad, cai inesperadamente en medio de una predicación evangélica de Billy Graham. Fue como un inesperado salto a otro meridiano del conocimiento.
El hábil y teatral predicador hablaba desde la tribuna de un inmenso estadio a una multitud de cerca de cien mil personas.
Hablaba, gesticulaba, se movía con el micrófono en la mano, lanzaba gritos, quejidos, risas e imprecaciones. La cámara enfocaba, selectivamente, los rostros de sus oyentes: jóvenes, viejos, mujeres, hombres, con una sola expresión de trace y estupor. Toda la inmensa muchedumbre se iba transformando en un solo y homogéneo interlocutor subyugado. Me puse a oírlo con la curiosidad de quien contempla un fenómeno revelador de la condición profunda del ser humano, más allá de apariencias, razonamientos y proceso intelectual.
No razonaba ni explicaba el predicador. Simplemente afirmaba con ur directo y simple poder de comunicación.
Hablaba de la lucha del bien y del mal, de la larga guerra de Dios y Satán, los recuerdos del Apocalipsis venían con frecuencia a su insinuante oración. Los nombres de los profetas bíblicos eran citados para anunciar la llegada de la batalla final del espíritu. Cristo está a punto de bajar del cielo como un deslumbrante general, rodeado de legiones de arcángeles a destruir los malos y a encadenar para siempre a Santanás. Se estaba en la víspera de la gran lucha final del Armagedon.
Inevitablemente surgió en mi memoria otra imagen que en estos días llena los espacios noticiosos, la del Ayatolah Jomeini. Aquella figura intemporal, con un turbante negro, su barba blanca de profeta antiguo y su mano alzada para condenar, debe hablarle a los shiſtas en un lenguaje no muy distinto del que usa el predicador bautista. El traje es otro, la apariencia diferente, la audiencia de cada uno representa una cultura y hasta un mundo muy diferente, sin embargo el tono y el contenido del mensaje, el clima mental del monólogo, la reacción de los oyentes, no deben ser muy distintos.
Lo que vino a mi recuerdo fueron las viejas imágenes tradicionales del mundo de la Edad Media. Los siglos del diablo, los aparecidos, las brujas y los iluminados, aquel mundo que representó Goya en la acobarcada muchedumbre gris y sombría que rodea la figura bestial del gran cabrón.
No pocos pensadores, desde la Primera Guerra Mundial, han anunciado el regreso a una nueva Edad Media, a una época de mito y no de ciencia, de he creencia y no de razón, de impulsos instintivos desatados y poderosos, de vasta y completa sumisión intelectual. Lo que ocurrió en la culta Alemania con Hitler no ha terminado de ofrecer agónicos e inagotables temas de reflexión. Los horrores del holocausto de Auswitz y de la bomba atómica sobre Hiroshima han puesto al ser humano a dudar, como nunca antes, del poder de su razón. los seres que nos hemos nutrido intelectualmetne en la tradición racionalista de Occidente no deja de producirmos una desagradable sensación de extravío el toparnos con esos irracionales fenómenos colectivos que se producen con curiosa coincidencia en situaciones culturales ostentosamente distintas, desde la delirante obediencia a Jomeini hasta la transida audiencia de Billy Graham en un inmenso estadio de la moderna América.
Si los grandes pensadores de la Ilustración, que tanto confiaron en lo que llamaban el progreso de las luces, resucitaran perecerían de inmediato de insoportable espanto.
Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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