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Revista Dominical. LA REPUBLICA. Domingo de noviembre de 1987 11 quila que paz al esta tarde tranda alma y engrandece el espíritu, entre el trinar de las aves que alegres revolotean y el repicar de las viejas campanas de la vetusta parroquia de Heredia, que ha visto, crecer, desarrollarse y desaparecer generación tras generación, fluyen a mi memoria recuerdos alegres y tristes de mi niñez, adolescencia y madurez.
Hay en el ambiente un no sé qué, que atrae a mi memoria remembranzas de tiempos pasados; un paisaje, el perfume de una flor, el timbre de una voz, el eco de una melodía.
Por: Oscar Rosabal Echeverria Una linda mariposa se ha posado en una de las flores del jardín, salgo, y muy depacio, camino hacia ella para admirarla; camino con cuidado y casi sin respirar para no asustarla, quedamos frente a frente. Elia entreabriendo sus sedosas alas multicolores, yo, disfrutando de su gran colorido y tersura. Observo la consistencia de las mismas, dotadas por la naturaleza para resistir las inclemencias del sol, la lluvia y el vendaval, sin ser deterioradas.
Regresivamente la mente me traslada a mi niñez; una bolsa de cazar mariposas, unos amigos y mi madre con un canastillo sentada y cuidándonos a la vera del camino. Recordé cuando, obsesionado por atrapar una mariposa de esa misma especie, ésta se posó sobre una flor; entreabría sus alas, y mis ojos se extasiaban ante aquella amalgama de colores. El grito de un niño me sacó de mi embeleso y volví a la realidad. Asustada, la mariposa remonto altura para luego revolotear de flor en flor, girar a mi alrededor una y otra vez posándose por fin en mi mano por un segundo.
Como quien oye el llamado de la naturaleza, remontó el vuelo de nuevo y agitando sus alas como queriendo desafiar al viento.
Volvía y bajaba; está cansada; se posó en un ramo de geranios rojos. Qué contraste! Parecía como si estuviera besando cada una de las pequeñas flores. veces se detenía en un lirio amarillo. No sé si la mariposa es flor, o la flor, mariposa. Volo de nuevo, ahora en forma definitiva, para decirme adiós, con la mirada fija la vi perderse entre los árboles para no verla más.
Hoy, cuando los años comienzan a pesar sobre mis espaldas, cuando el viento otoñal comienza a arrancar las hojas del árbol de la vida y las mariposas se han ido, me detengo y pienso en la primavera que dejé atrás y con su dulce recuerdo, poder resistir el invierno que se aproxima.
La primavera es el despertar de la vida. Tiempo de los primeros brotes de las yemas en los árboles, del nacimiento del cervatillo; de las corolas de las flores abiertas al sol: de la enseñanza por la supervivencia del lobezno. Para el hombre, primavera significa el empezar a vivir. Con ella, los primeros pasos tambaleantes; firmes después; tiempo de dependencia de los padres que alimentan, protegen del frío y calientan con su amor.
Así la naturaleza sigue su curso, dando al hombre, el amor a la vida y su potencial moral y espiritual. En esta época es cuando se cristalizan los sentimientos del hijo hacia sus congéneres; primero hacia sus padres y hermanos; después hacia todos los que lo rodean. La madre, con su experiencia, guía a los hijos y éstos reciben amor. Digo esto pensando en las buenas enseñanzas de mi madre, y las de mi esposa hacia mis hijos. Ellas tienen más oportunidad de estar en contacto con el niño, dándole calor y seguridad.
El verano para mí es la adolescencia y los primeros años de madurez, con ese calor característico, que corre tanto por las venas como en el ambiente; de tardes hermosas de bellos celajes; cuando los corazones se unen para vivir intensamente el momento que se va y nunca más vuelve. Pero es también el tiempo del trabajo arduo para abrir el zurco; de disfrutar lo que la vida nos depara sin olvidar nuestro trascendental destino; de preparar nuestro espíritu para no temer a las ráfagas frías del otoño que se avecina, ni al cambio en el panorama.
Las hojas ya no serán verdes sino amarillas, las aves que hemos visto en la laguna remontarán el vuelo para perderse en el horizonte, el venado se internará en las profundidades de la floresta, todos nos van dejando solos.
Este es el tiempo, cuando sentados a la orilla de la lumbre para calentar nuestros viejos huesos, hacemos memoria del pasado. Memorias de ese camino que hemos recorrido y que si no hemos acumulado frutos y nos encuentra con las manos vacías, llegaríamos a una verdadera encrucijada.
Así, al calor de la primavera, el verano y el otoño ya lejanos, va llegando el invierno de nuestra vida. Si hemos enseñado a nuestros hijos a querer y respetar a tantos inviernos que deambulan por nuestras calles, ellos nos darán lo que les hemos dado: amor: y con más razón al padre cansado o al abuelo agobiado y senil que cual niño vuelve a la infancia de su vida, sin sentir frío o temor de estar solo, por el hecho de sentir el calor de nuestra presencia y la satisfacción del deber cumplido.
Así, con estos recuerdos me pregunto. Tendré la fortaleza necesaria para que mis viejos huesos resistan las inclemencias del tiempo? Creo que sí. Por eso pasaron mis padres y abuelos y con.
alegría digo que ellos recibieron lo que merecieron: admiración, respeto e infinito cariño.
Me preocupas tú, hijo. Qué piensas que pasará cuando llegue tu otoño?
Ahora estás en la primavera y verano de tu vida. Es el momento de sembrar en esa tierra fértil que es tu alma, para que recibas una buena cosecha, la cual te dará satisfacción en el futuro y cuando llegue el invierno de tu vida no sientas el frío intenso que da la propia soledad interior.
Reflexión en el otoño de una vida Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.
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