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PÁGINAS ILUSTRADAS 3773 de Miden y de Dresde, hasta la comilona trigica con que se despidieron para la guillotina los mismos que amellaron su cortante filo, entregando a su voracidad in saciable las cabezas que encarnaron el espí ritu demoledor de la Francia enloquecidi.
El himno fúnebre entonado durante el banquete de Jorge de Meville por los cua trocientos cisnes sacrificados en el, puede ser una leyenda, pero tan acomodada los dolores humanos que deja de serlo para convertirse en realidad, así como los tonos medrosos del pincel de Holbein co piaron las realidades de la vida para tomar con el tiempo las vagas coloraciones de la fantasia.
El objeto que nos reune aquí es en apariencia el deseo trivial de sustraer a la pe.
santez de las diarias labores unos momen tos de esparcimiento material; pero en cada uno de nosotros escuchamos un grito interior que nos impulsa fruiciones materiales de supervivencia y de inmortali dad, cual si el alma de la raza pidiera de nosotros esfuerzos y heroismos.
De las aguas del Hudson se levantan brumas que, extendiéndose sobre la vasta región del Sur, encapotan el dilatado cielo que por cuatrocientos años cobijó la vida y el porvenir de una raza que, en opinión desconcertadora de muchos, puede al presente estar vencida, y es evidente el instin to de conservación de esa raza al que obedecemos al reunirnos aquí, no a la tosca sensualidad de un jolgorio pueril y transitorio.
Podrá un pueblo vencido perder su territorio, pero el esfuerzo del conquistador será impotente mientras ese pueblo con serve su lenguaje, porque él encarna la vida histórica de sus tradiciones y traduce el esfuerzo de sus derechos y anhelos al porvenir. Quién osará decirnos con entera precisión en dónde nació la cuna de los zingaros, ese pueblo cuyos genitores en el continente europeo vinieron, según la opinión más acertada, como falanje de espías en las hordas de Tamerlan! sin embargo, los descendientes de esos hombres viven como raza, porque, al través de sus vicisitudes, de su miseria y de la hostilidad de los demás pueblos de la tierra, conservan su idioma, esto es, el alma de su raza, el espíritu de su nación. Luengos años atrás pronunciaron las mismas palabras de que hoy se valen. Las madres de hoy repiten sus hijos aquéllas que dijeron hace millares de años las de entonces. Hoy como antes, rinden tributo a la Divinidad con las mismas oracio.
nes: se consuelan en sus desgracias con las frases; mecen las cunas con iguales mimosas ternuras de hace siglos y cierran los ojos de sus muertos queridos con la misma idéntica plegaria empapada en el ritmo inmemorial de su llanto.
Proclamemos aqui, señores, la unión de nuestra raza y, al ofrecer este banquete al ilustre huésped, como testimonio del alto aprecio que le profesamos, por virtud de los múltiples méritos que lo distinguen.
entre los que sobresale el de ser de aquellos militantes del pensamiento de que habla Tourgeneff, juremos un esfuerzo supremo por la conservación de nuestro idioma, aun cuando el tiempo sólo reserve para nuestros descendientes, la sombra movediza y melancslica de los naranjos de la fantástica ciudad de Boabdil.
Cuentan que la fuente Pirene de Carbod nació en el sitio donde cayó una lágrima de los ojos de una ninfa dolorida. No podrán conseguir los pueblos de la Amé rica latina perpetuar su memoria con el recuerdo de un esfuerzo Brindemos, pues, señores, por la inmortalidad del idioma de nuestros mayores, que es la inmortalidad de nuestra raza y el sol que ha de alumbrar el porvenir de nuestros hijos!
He dicho.
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