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LA REPUBLICA, martes 30 de marzo de 19769 Una argucia femenina Ricardo Blanco Segura Una plácida noche del año 1728 hallábanse en amena conversación en casa de don Francisco de Ocampo Golfin, el capitán don Juan de Ocampo Golfin. Teniente General de la ciudad de Cartago, por su Majestad, hermano del primero, y el doctor don Pantaleón de la Pedrosa. Este, era en ese tiempo y en el ambiente colonial, la máxima figura en el campo de la medicina que había en la pobre provincia de Costa Rica. No sabemos con cuáles arrestos, pero lo cierto es que el galeno de marras se hacía llamar pomposamente sirujano siquiatra herbulario y otros tantos títulos que justo es reconocer que de bieron tener su fundamento, a juzgar por lo acertado de sus diagnósticos y curaciones. Siendo así era el más solicitado por los vecinos de la provincia que buscaban remedio a sus males y esa noche, en lo mejor de la tertulia, sonoros golpes en la puerta de la casa de don Francisco de Ocampo anunciaron una urgente visita Abrió el amo y apareció la agitada figura de un mulato esclavo de nombre Matias demandando a grandes voces la presencia del doctor de la Pedrosa; presentose este al esclavo a quien requirió sobre las causas de su apremio. Dijole entonces Matías que lo enviaba su ama, doña Angela Chavarria, esposa del alférez don Franciosco Loria vecino desta ciudad y morador en el balle de Barva quien desde hacía tiempo venía enfermo de diversos accidentes, especialmente de ataques de locura.
Efectivamente, el señor Loría llevaba largo tiempo de estar chiflado con altibajos y arrebatos que iban desde la más absoluta tranquilidad y sano razonamiento hasta el más grande enfurecimiento; razón esta última por la cual viose obligado don José de Núñez, teniente de la Santa Hermandad y alcalde provincial, a llevar al orate preso a su casa de habitación y encadenarlo para su sosiego. La última vez que el señor Núñez tuvo que amarrar a Loría y llevarlo a su casa, lo hizo con repugnancia y sólo por complacer las compungidas súplicas de la esposa del alférez que se hallaba en casa del licenciado don Juan de la Cruz Zumbado haciendo una visita.
Ante el recado de la señora Chavarria para que acudiese en auxilio de su esposo no puso don Pantaleón ningún reparo, excepto la condición de que se le pagasen trescientos pesos por sus servicios médicos; de no ser así, dice don Juan de Ocampo no le pondría mano a dicho su amo. es que efec tivamente el doctor de la Pedrosa solia cobrar carísimo a sus clientes, prevalido en parte de su condición de unico galeno en la provincia, y en parte por el afán de lucro que tan buena oportunidad le presentaba para aumentar sus caudales. Guardadas las proporciones, calculamos que los honorarios que cobraba don Pantaleón. pomposamente llamado en los documentos abitante del balle de barba. y Me.
dico en la Zirugía Aprobado por el Real Protomedicato de la Muy Noble y muy Leal villa de Ma.
drid (A. Exp. 4257. alcanzarían en la actualidad casi la suma de tres mil colones.
Sin embargo, no era solo el afán de lucro lo que motivaba el recelo del médico; la experiencia le había enseñado, tiempo atrás, que hacer tratos con mujeres es lo más expuesto que hay para un hombre confiado. como el hombre propone, Dios dispone y la mujer se interpone, mejor andar de lejos o con pies de plomo en estos asuntos. Porqué de las suspicacias del doctor de la Pedrosa. Muy claro: doña Angela Maria de Arlegui le había acusado como causante de la muerte de su hijo don Joseph Antonio de Arlegui a consecuencia de una úlcera mal curada, por cuyo tratamiento había cobrado el médico ciento cincuenta pesos. Verdad o mentira lo que alegó la señora Arlegui, lo cierto es que el asunto se diluyó entre expedientes como otros tantos y don Pantaleón tuvo que devolver el dinero a la furibunda dama en unas mulas y unas petacas de tabaco como era usual por entonces. Pero la lección la aprendió muy bien el médico, quien desde entonces se juró a sí mismo no tener jamás tratos con mujeres.
No obstante su propósito, se decidió el doctor a pasar a la casa del alférez Loría y accedió a tratarlo como siquiatra rebajando sus honorarios a cien pesos. Puso el grito en el cielo la esposa de Loria, alegando mil y una necesidades y suplicando rebajas; no accedió don Pantaleón y el pobre loco, encadenado y cada vez más de remate, quedaba sin curar Pero como en todo, no falto la mano caritativa de algún ingenuo que probablemente no había tenido nunca tratos con mujeres. este bobo lo fue don José Lebrón, quien estaba de visita en casa del loco Loria cuando llegó a prestar sus servicios el doctor de la Pedrosa. Sabe Dios qué cara de aflicción y que mil gimoteos, suspiros, ayes y ojos entornados puso dona Angela Chavarría en su papel de afligida esposa, que el señor Lebron se conmovió hasta lo más hondo y por hacerle bien y buena obra a dicha mujer de Loria se ofreció a prestar a la señora los cien pesos para pagar los servicios del doctor a favor de su marido. Dice don Juan de Ocampo Golfin en el gracioso lenguaje de aquel tiempo (que transcribimos actualizado para mayor entendimiento. Don Joseph Lebrón le otorgó un vale de cantidad de cien pesos el que bide muchas beces y me consta hasta el efecto de la paga de dicho bale que fue en la conducción de una porcion de cargas que le condujo dicho Lebrón la cludad de Granada (A. Serie Cartago. Nº 4268. Así, el producto del trabajo de Lebrón por conducir unas mulas a Granada, fue a parar a manos de la señora Chavarría quien los pasó al doctor de la Pedrosa para que curase a su marido. Según los expedientes (incompletos) el alférez don Francisco Loria mejoró de su locura, aunque también se sospecha que siguió más loco de lo que estaba Sea como fuera, lo más cierto del caso es que la señora Chavarria, de apenas veinte abriles, logró conmover al muy simple de Lebrón y éste jamás volvió a ver sus cien pesos. por más que anduvo cobrándolos hasta cansarse. Con muy justa razón don Pantaleón de la Pedrosa había exigido sus honorarios en efectivo reiria de satisfacción al ver de la que se libró por su muy justa desconfianza de los tratos con mujeres.
Usted, lector, aprenda la lección.
Rincón del idioma En LA REPUBLICA, leemos. Por supuesto que EL radio, el cine, la Industria edltorial han popularizado. los sentimientos exclusivos de la clase en el poder. En Utilidad de la Literatura. articulo aparecido en la página 9, el 22 de enero de 1976. TIRADA DESDE EL CENTRO DEL CIRCULO LA CIRCUNFERENCIA. Cuando sirve para designar, también coin un apócope, al RADIORRECEPTOR, su género es AMBIGUO, lo que significa que puede decine EL radio o LA radio PERO DEBIO ESCRIBIRSE: Por supuesto que la radio, el cine, la industria editorial han popularizado. los sentimientos exclusivos de la clase en el poder.
ادامه En LA REPUBLICA, leemos. Cuando Robbe Grillet nos muestra una situación, la vemos desde todos ángulos posibles: por arriba, debajo de las estructuras, desde EL armazón, desde la planta baja y desde todos los pisos, incluso los imaginarios (En Utilidad de la Literatura. articulo aparecido en la página 9, el 22 de enero de 1976. PERO DEBIO ESCRIBIRSE. por arriba, debajo de las estructuras, desde LA armazón, PORQUE el sustantivo RADIO, cuando es un apócope de RADIODIFUSION (el apócope consiste en la pérdida de sílabas al final de una palabra: radiodifusión pierde tres silabas al reducirse a radio. tiene GENERO FEMENINO, por lo que debe anteponérsele ARTICULO FEMENINO (LA). Cada amplificadora: La palabra RADIO, cuando se refiere al metal descubierto por los esposos Curie, tiene GENERO MASCULINO: El radio, lo mismo que cuando es APOCOPE DE RADIOGRAMA y cuando se alude, con ella, en geometria, a la LINEA RECTA PORQUE Lel sustantivo ARMAZON, sinónimo de armadura. tiene GENERO FEMENINO, razón por la que debe anteponérsele el artículo LA, de igual género.
Myriam Bustos Arrutia.
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