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Una cadena de errores, que incluyó desde fallas en seguridad hasta desaciertos en la actuación de los policías penitenciarios, facilitó la fuga de ocho reos de La Reforma, la madrugada del lunes.
Tras evaluar los acontecimientos de ese día, la ministra de Justicia, Laura Chinchilla, llegó al convencimiento de que era posible detener –o al menos retardar– la fuga.
"Percibimos una actitud (por parte de la seguridad penitenciaria) de excesiva confianza. Eso pudo haber generado un problema de descuido", dijo Chinchilla.
Las autoridades aún no se explican cómo el grupo introdujo a la prisión tres revólveres calibre 38 y trozos de sierra con los que cortaron los barrotes.
Facilidades. Los prófugos compartían una celda en el ámbito C (mediana abierta).
Cortaron las rejas de una ventana junto a la oficialía de guardia. Ahí comenzaron los errores.
Uno de los vigilantes escuchó el roce del metal, pero lejos de dar la alerta y esperar la llegada de refuerzos fue a chequear solo.
Allí, se topó de frente con los presidiarios y aunque corrió en busca de sus compañeros, al salir no cerró el portón con candado. Eso, según la ministra Chinchilla, habría dificultado la huida.
El oficial terminó convertido en rehén. Encañonado, lo sacaron por un pasillo hasta el portón principal de esa sección. Ahí los reos dispararon contra otros dos vigilantes apostados en la entrada. Los oficiales abandonaron su puesto sin cerrar con candado.
De camino los delincuentes tomaron como rehenes a otros dos policías penitenciarios que, confundidos por el griterío y los disparos, se acercaron a ver qué ocurría. Los agentes andaban desarmados.
El grupo caminó a pie hasta la entrada principal. Pasaron cerca de dos torres de vigilancia, pero los oficiales no dispararon por miedo de herir a sus compañeros.
Una vez en el portón principal de La Reforma, apuntaron a los dos vigilantes destacados en ese puesto.
Lo que extraña a las autoridades ministeriales es que esos agentes tuvieron tiempo de enfrentar a los malhechores o al menos protegerse con los chalecos antibalas que tenían a su disposición.
En vez de eso, los guardas entregaron sus armas. Ese procedimiento, conforme Chinchilla, tampoco era aceptable.
Ahí los prófugos asesinaron al policía penitenciario Marco Tulio Prado y se llevaron otras dos armas de fuego: una pistola 9 milímetros y un arma automática HK.
El portón principal tampoco tenía candado; solo una aldaba.
Mala comunicación. Reos y rehenes caminaron otros 400 metros hasta el lugar en el que los recogió un vehículo en la vía pública.
Los convictos se llevaron a los cuatro vigilantes y los dejaron en La Guácima, Alajuela.
A la hora de la fuga, los tres jefes de seguridad asignados a la oficialía de guardia dormían, por lo que no hubo una autoridad que tomara decisiones a tiempo.
Tampoco hubo avisos oportunos. En los dormitorios del personal de La Reforma descansaban decenas de agentes policiales que pudieron haberse lanzado tras el vehículo. A ellos los alertaron de forma tardía.
Los centros penitenciarios de las afueras de La Reforma (la cárcel San Rafael y el presidio Gerardo Rodríguez) tampoco recibieron instrucciones de cerrar la carretera con su personal.
La Fuerza Pública reaccionó con lentitud por falta de información. En un primer reporte –a la 1:20 a. m.– personal penitenciario informó sobre una fuga, pero no aportó mayores detalles.
La central de comunicaciones de la Policía envió una patrulla a inspeccionar. Poco después recibieron un segundo aviso que daba cuenta de “un intento de fuga”. Eso bajó el tono de la alerta.
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