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El hombre raspa y raspa la pieza de granito con su cuchillo para darle forma. El sudor le invade la frente; cae gota a gota. La mirada está fija en la pieza que los turistas dirán que es de artesanía. Para él es un plato de comida para sus tres hijos y su esposa.
Sus manos grandes, acostumbradas al trabajo duro, sostienen con fuerza el cuchillo. Las nubes están bajas, pero el calor de la tarde no perdona y él le da al granito, hasta ir sacando la forma del metate que venderá.
Un vecino de solo ocho años se sienta a la par y lo observa. Ambos se congelan en la contradicción del silencio en movimiento.
Mario Calderón tiene 26 años y es operario de construcción. Cuando había trabajo en la costa tenía un salario fijo; sus hijos estaban asegurados por la Caja y, como es evidente, todo era mejor.
El cuchillo raspa la piedra húmeda, el metate toma forma, vale ¢7.000. Mario necesita el dinero, y por eso no habla, solo trabaja en aquello que está a su alcance.
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