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OI DOO APRENDAMOS con La República 731 Asesoría técnica: Lic. JORGE MORA NBA GRAFICA No se asusten los lectores al ver semejante título: porque ni los bienaventurados son susceptibles de padecimientos físicos, ni los modernos presidentes de Centro América son capaces de meter a ningún inocente en la jeruza, como todos lo sabemos por experiencia.
Eso no quiere decir que sean chiles los que voy a narrar en mal pergeñadas líneas. Por veras lo cuenta el muy reverendo padre dominico fray Francisco Ximénez y a él pongo por fiador de mis palabras. quién era el padre Ximénez. preguntará algún curioso. Un sabio, según los americanistas extranjeros.
Un tonto según los liberales guatemaltecos. Un apreciablísimo historiador, según este humilde servidor de ustedes.
tándose azorados y medio dormidos y murmurando entre dientes el iSanto Dios! y el iSanto Fuerte. corrieron como alma que se lleva el diablo a las calles y a las plazas en busca de salvación. Indecibles fueron la confusión y el desorden y hubo fraile que saliera con los calzoncillos por capucha, jamona que se olvidara de los rizos y pechos que lucía gallardamente ante los pollos, marido que en vez de los suyos, se pusiera los calzones de su cara mitad y chicas requeteguapas en un traje que. ya quesieran mis lectores haber estado presentes para contemplarlas.
Erase que se era el año de gracia de 1717; año de triste recordación y de lastimosas desventuras para los pacíficos habitantes de la muy noble y leal ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.
LA VIRGEN PRISIONERA Más de una vez las erupciones del volcán de Fuego arrasaron entonces las siembras de los campos.
Con frecuencia los temblores asustaron a los católicos vecinos. Pero más que los temblores y las erupciones, traíanlos inquietos y desazonados las contiendas que sostenían la autoridad política y la eclesiástica: dos potestades que según las evangélicas doctrinas, deberían vivir siempre en intimo consorcio a la manera de Cristo con su iglesia.
Virgen de los pobres. Iglesia de San Francisco, ciudad de Guatemala.
No consorcio, sino divorcio rei Crónicas de la Antigua Guatemala naba a la sazón entre el poder temporal y el espiritual. si graves eran las bellaquerías del señor Obispo, doctor don Juan Bautista Alvarez de Toledo para con su excelencia el señor Presidente del Reino, peores Por Agustín Mencos Francos eran las jugadas que al ilustrísimo prelado hacia el señor capitán gene aquellas autoridades que vivían tan instante en las alturas y bajaban ral don Francisco Rodríguez de Ri amorosamente y marchaban en tan después en forma de radiante lluvia.
vas, maestre de campo de los Reales to acuerdo como los perros y los ga iSoberbio espectáculo aquél! PareEjércitos y antiguo corregidor de tos, como la libertad y los liberales cía que los soles caían a pedazos Ríobamba.
guatemaltecos, como la opinión de sobre la tierra. Diríase que el volla República y el gobierno de la cán era un guerrero mitológico ¿Qué a las altas horas de la noche idem.
que marchaba amenazador llevany en las estrechas calles del barrio do un penacho de fuego sobre su del Tortuguero le daban descomu Juraban los presidenciales que la cabeza.
nal paliza a algún miembro de culpa de tales escándalos la tenía el la servidumbre episcopal? No había señor Obispo, que quería para sí la Pero si alegres fueron las víspeque preguntar por los autores. Eran gobernación del reino; y replicaban ras, las fiestas fueron terribles. Un los criados del señor Presidente. los episcopales que el culpable era murmullo semejante al que produce el señor presidente que quería la el viento al agitar los árboles de ¿Qué circulaba profusamente Mitra para una persona de su fami los bosques, interrumpió el silencio una ensalada en que se ponía de oro lia.
de la noche; siguió después un ruiy azul al capitán general y a sus addo monótono y asordador como el láteres? No había que dudarlo. Era Yo no quito ni pongo rey. Me la de las olas embravecidas y estalló su autor el conocido vate y penden vo las manos como Pilatos, y dejo a por último espantoso y formidaciero estudiante bachiller don Cris los eruditos el averiguar la verdad ble estruendo como el de la más tóbal Hincapié, pariente de su sedeshecha y abrumadora tempestad.
ñoría ilustrísima.
Crujieron entonces las techumbres. Qué se robaban las gallinas del Era la medianoche del 28 de aullaron las fieras, cuarteáronse los señor Obispo? Pues eran los partida agosto de aquel año, y todo yacía edificios y balanceose la tierra corios del presidente. Que le ponían en calma y silencio en la melancóli mo beodo, al impulso del terremoun mal nombre al señor presidente?
ca ciudad del pensativo. De repento.
Pues eran los partidarios del Obiste iluminó la oscuridad de los cielos un vivo resplandor que salió de la po.
Calcúlese el sustazo que se llevacima del volcán de Fuego, y bien rían los buenos de los guatemalteY así sucesivamente: qué largas pronto arrojó el coloso torrentes de cos que dormían tranquilamente en de contar serían las peripecias de encendida lava, que se perdía un los dulces brazos de Morfeo. Levan Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.
Aquella noche, dice un cronista, se pasó en rezos y cantos ante las imágenes más veneradas de la ciudad: y no bien calmaron los sacudimientos y clareó el alba, cuando se reunieron para tratar de tan graves sucedidos, las primeras autoridades del reino, ambos cabildos, el eclesiástico y el civil, los oídores de la Real Audiencia, los prelados de las órdenes religiosas y los vecinos más distinguidos.
Habló primero el señor Obispo y manifestó: que, puesto que la ciudad estaba tan expuesta a esas calamidades y eran tantos los desperfectos de los edificios públicos y estaba la tierra tan agrietada por diversas partes, opinaba porque la población se trasladase al valle de Chimaltenango. Replicó el señor presidente que siendo fácil la reparación de los perjuicios causados por los temblores y no existiendo autorización de su Majestad para trasladar a otro punto la capital, creía que los vecinos no debían moverse del lugar donde se hallaban. Amostazóse su señoría ilustrísima con las palabras de su excelencia. Montó en cólera su excelencia con la oposición del prelado, y se armó en fin una discusión de todos los diablos, que teminó con el triunfo de los presidenciales y la derrota de los episcopales, que se retiraron mohinos y cabizbajos.
No era, sin embargo, el doctor don Juan Bautista Alvarez de Toledo persona que se ahogase en poca agua.
Juró, allá en sus adentros, tomar el desquite contra el enemigo, y dicho y hecho.
y Dos o tres meses después, cuando nuestros venerables abuelos roncaban tranquilos a pierna suelta, dieron los episcopales al capitán general la más escandalosa cencerrada que mencionan las crónicas coloniales; en la que no faltaron, por supuesto, enchamarrados y guacaludas, insultos y cuchilladas.
Detalle importantísimo.
Se asombra fray Francisco Ximénez de que el capitán general no procesara ni persiguiera a los serenatistas.
del caso.
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