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Hablame como la lluvia Cuento inédito N R A a naturaleza es sabia, lo es tanto que a veces le gusta jugarnos bromas y te pone una sombra donde no debe, o deja caer unas gotillas traviesas cuando nadie las espera. veces le da a los animales la piel de las hojas o la inmovilidad de las piedras. La naturaleza es bromista, le encantan los espejos y los ecos. Por eso le dio a Roque Ramos una voz profunda, encerrada en su cuello poderoso, una voz que parecía más bien salir de las profundidades de una botella.
Su esposa Dixinia, por el contrario, tenía voz breve y pituda, que con el viento parecía multiplicarse una y otra vez, de tal forma que ciertas tardes su conversación recordaba el escándalo de las gallinas en los patios.
Ambos llegaron con su hija, una niña muy bella, con ojos claros que se tragaban la luz y el pelo largo y negro. Se llamaba Vera. Vino con sus padres Roque y Dixinia un verano, y no hablaba.
Muchos le daban razón a su silencio, aunque con explicaciones absurdas. Lo más corriente era oír. cómo quieren que hable. Qué puede salir de un papá con voz de botella y una mamá con voz de pito? Nada bueno, tal vez el silbato del tren o el ronquido del autobús.
Roque y Dixinia no hicieron caso a y los comentarios de la gente. Si alguien preguntaba. Le sucede algo a la niña, tan calladita. ellos se ponían misteriosos: todo tiene su momento y Vera conoce el suyo.
Tal vez lo correcto era darles la espalda y seguir viviendo tranquilo, ipero una niña tan linda. cómo dejar la oportunidad de verla, de tenerla cerca. cómo no pedirle que diga tu nombre para atraparlo en el aire y guardarlo en tu caja de recuerdos!
Muchos empezamos a visitar a Roque Ramos y su familia. Dixinia nos hacía pasar hasta donde Vera. Ella practicaba puntadas con hilos de colores, o leía sus historias favoritas, riéndose con los labios apretados para que no la viéramos. Cuando salía llevaba una sombrilla negra para protegerse creyó. Quise volver a conversar con ella, pero siempre Dixinia soltaba su escándalo de gallinas mientras Vera sonreía en silencio frente a su costura interminable.
Para no olvidar su misterio, traté de oír a Vera en todo lo que estaba alrededor: las campanas de la iglesia.
ino, no era así. las piedras cuando chocan entre sí. tampoco. el viento enredado en los maizales. no. el sol de verano cuando cae al mar.
seguía equivocado. así pasaron los meses, esperando ese momento en que Vera pudiera hablar sin miedo. Así busqué en los pájaros, en el crujir de la madera mientras arde, en el rumor de la luna, ese sonido que me recordaba la voz de Vera, sus dos palabras mágicas. una noche de mayo, cuando la desesperación empezaba a rondar con su sombra, oí un golpecito discreto en la ventana, otro en el techo, otro sobre las hojas vivas. Va a llover, pensé, y di media vuelta en la cama intentando dormir. De pronto, cuando la lluvia llenó todo el espacio de la noche, me fue envolviendo una sensación conocida, me fue arrullando la canción del agua y supe que al fin había ocurrido lo que Vera y sus padres esperaban. Cómo fui tan tonto, tan olvidadizo. Si Vera habla como la lluvia!
Hice entonces lo más loco del mundo. Me puse la ropa y salí bajo el aguacero, corriendo rumbo a su casa.
Como supuse, las luces estaban encendidas. No más llamar, Roque abrió la puerta y se hizo a un lado.
En el fondo de la casa, Dixinia miraba con emoción el jardín humedecido por la lluvia. Dios ha sido generoso con vos, me dijo, pues te ha dado la mejor posesión a la que puede aspirar una persona: un sonido para recordar siempre a quien se quiere.
Yo miré con ella. Allí, en el jardín, bajo el primer gran aguacero del año, Vera cantaba mirando al cielo. Parecía, les juro, que las nubes eran capaces de entenderle, pues le contestaban generosas con su melodía de cristal y agua. Ho mas del verano y un abanico español que refrescara durante el camino. Yo la llamaba desde cualquier esquina y me iba caminando con ella y su madre, aunque muchas veces no supiera cuál era su destino final.
Una tarde me armé de valor. Robé unas rosas del jardín de mamá y me fui a casa de los Ramos. Dixinia parecía esperarme, pues no preguntó nada ni quiso quedarse haciendo escándalo cuando llegamos al cuarto de Vera.
En ese momento, con las flores en la mano y el silencio que quedó después de Dixinia, no se me ocurrió decir nada. Le di las rosas tal vez con la intención de darme tiempo y tranquilidad: No importa lo de la voz de botella o el escándalo de gallinas. Decime unas palabras, las más sencillas. tal vez Ilustración del pintor nacional: Hernán Pérez mi nombre, tal vez algo que venga del corazón.
Entonces Vera dijo: te quiero, y metió su rostro entre las flores para que no viera su sonrisa, ni los colores de sus mejillas.
Me quedé mudo, feliz y desconcertado. Nadie, nunca, me había dedicado esas palabras tan sencillas y llenas, como si fueran el mundo entero. Nadie con esa voz que, yo sabía, estaba en alguna parte de la naturaleza, sin que recordara exactamente dónde.
Dixinia apareció en la puerta y dijo: ya es suficiente, Vera no está en su momento para hablar.
Yo salí aún envuelto en la maravilla de su voz, quise contarle a todo el mundo: ella habla como. no sé, pero es hermoso, sin embargo nadie me Uriel Quesada Escritor Olongo LA REPUBLICA. Domingo 28 de Noviembre de 1993 SECCION Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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