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4B DOMINGO. LA REPUBLICA. Domingo de agosto de 1990 AV FERNANDEZ La Avenida Central, hacia el oeste, en 1921. Destaca el uso de toldos en las puertas y ventanas de los negocios.
Esta es la antigua estación al Pacífico, y hasta aquí una de las rutas más cortas del tranvía, pues salía de la Avenida Central o Fernández Güel.
San José en 1920: Los recuerdos de Tita Un pueblo con infulas de ciudad por el contraste entre lo negro y lo blanco, sino por la fiesta entre los chiquillos, cuando llegaban Los lecheros venían a caballo o en mula y la leche la traían en enormes tarros que colgaban a ambos lados del animal.
Se anunciaban con un silbido largo y profundo. De ahí es de donde viene el dicho de que es más largo que silbido de lechero. Como no se bajaban del caballo, cuando los chiquillos salían con un jarrito a pedir la feria, el pobre hombre debía, con una mano, controlar al animal, y con la otra sacar, con una medida, la leche del tarro. Al final era más lo que botaba que lo que vendía, pues la botella costaba 0, 10. Paseo de los Estudiantes) había una grande, donde vendían de todo. Algunos iban hasta el Mercado Central.
Con las verduras, en cambio, no había problema; cada tanto había un lote sembrado de café, con chayoteras o guineos. En el patio o solar todo el mundo tenía algo sembrado; entonces siempre había alguien que por cortesía enviaba unas cuantas yucas, o medio saco de limones o cualquier otra cosa.
Comíamos muy sanamente, pues no había productos empacados o artificiales y claro, todo era muy sabroso.
Cocinábamos con manteca de cerdo que costaba 0, 60 la libra. Muchas veces un cordo valía más por la manteca que por la Por Lupita González Tita nació en 1909. Su historia es semejante a la de cientos de mujeres heroicas de este país que dieron su vida productiva a la Patria. Educadora desde muy temprana edad, conoció, a pesar de ser Josefina, todos los rincones de este pals, y a ellos llevó la escuela.
Juanita Salazar de Sell accedió recordar el San José de principios de siglo para nuestros lectores. En varias entre gas ella nos transportará a los primeros pasos de nuestra capital como ciudad. Casi todas las calles eran de tierra.
Durante el invierno se convertían en inmensos lodazales en donde se atascaban las carretas que traían el carbón con que cocinábamos. Los boyeros venían de Desamparados y Aserri.
y Las carretas venían cubiertas con gangoches. Todas las casas eran de adobes y en la galera se descargaba el carbón.
Los carboneros llegaban todos los viernes y los sábados, y se esperaban fuera de la ciudad, allá por El Pipiolo, en Plaza González Víquez, hasta las cinco de la mañana.
Antes de esa hora les era prohibido entrar, porque su crua crua entorpecía el sueño de los josefinos.
Era por allá de 1915, y San José se iniciaba en el San Juan de Dios y terminaba en la Estación del Atlántico.
En esas madrugadas lluviosas, las mujeres salían cubiertas con paños para pagar los sacos de carbón que iban a necesitar en la semana. En casa gastábamos de a sacos y cada uno costaba 2, 50.
Las señoras se preocupaban porque el carbón fuera de encino, y revisaban los sacos; pero a veces no podían impedir que en el fondo vinieran trozos de mala calidad.
El carbonero entraba hasta la cocina a dejar los sacos y, si hacía mucho frío, mamá le daba café humeante, para que se calentara.
Cuando recuerdo a los carboneros, no puedo evitar pensar en los lecheros, no sólo Sin electricidad La electricidad sólo se usaba para encender los escasos faroles que había en las calles. Un sereno los prendía a eso de las cinco de la tarde, y los apagaba doce horas después. Para las casas se quedaban las candelas, las cantineras y los fogoу nes.
Por eso los chiquillos jugaban en las calles sólo en el día, apenas oscurecía todo el mundo iba para adentro.
El juego de pelota era lo más popular entre los varones, que frente a la ausencia de carros en las calles, las ocupaban todas sus prácticas.
Las niñas jugábamos con muñecas. Las primeras, las que usaban las más pequeñitas, eran de trapo. Después venían las más finas, de porcelana. También jugábamos con cocinitas de lata, y a los niños pequeños se les regalaban carretoncitos de madera que llenaban de piedrecillas.
Sólo el paso de las volantas, primero, y los coches de dos caballos después, era lo que interrumpía el bullicio de los niños.
Recuerdo que quienes tenían volanta, aparte de las personalidades de Gobierno, eran los médicos, como el Dr. Carlos Durán Cartín.
Fue como en 1923 que llegaron los primeros carros. y un año después los buses.
Yo venía dando la vuelta en una esquina, cuand me topé frente con un aparato enorme. Me quedé espantada viendo aquello. Nunca había visto algo tan grande que se moviera. Después se corrió la voz de que era un bus.
Cuando eso ya conocíamos el tranvía, cuya primera ruta fue de San Pedro a La Sabana. Todos viajábamos en él; no había distingo de clases. Los señores, con traje entero impecable y sombrero le cedían el lugar a las señoras. Entonces, de pie, se agarraban de unas fajas de cuero que guindaban del techo del tranvía. Costaba 0, 10 la carrera, que era cobrada por un conductor de uniforme azul y cachucha.
La Puerta del Sol era uno de los negocios de abarrotes más grandes que había en la época. Nótese al uso Indiscriminado del sombrero. El calor lo harla desaparecer tiempo después.
El resto de la comida, pero sobre todo los granos, se compraban en las pulperías.
Allá donde está ahora la Puerta del Sol, carne.
Es que la manteca la usábamos también para curaciones, mezclada con alcanfor.
Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

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