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Mi amiga Alicia

Una verdadera maestra, en el sentido más noble del término

Decía mi padre que los amigos verdaderos se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos. Esta afirmación, que siempre me pareció exagerada, con el transcurrir de los años, se ha convertido para mí en una verdad irrefutable. Y es porque la amistad, esa luz tibia que nos ilumina en las tinieblas de la vida, no es fácil lograrla a plenitud. Antagonizan con ella y la empañan la envidia, el egoísmo, la soberbia. De ahí el vacío y la soledad ante la pérdida del verdadero amigo.
Hace un año perdí a mi amiga Alicia Umaña de Salas, a quien consideraba mi amiga "total". Total en el sentido de que con ella podía compartir cualquier ámbito de la actividad humana. Cultivamos una profundísima amistad que nos permitió compartir nuestra vida intelectual. Juntas hicimos la carrera universitaria. Juntas compartimos la docencia en el Colegio de Nuestra Señora de Sión y juntas estuvimos hasta el último día de su vida. Era la amiga a la que se le podía abrir el alma, contarle las penas y a la vez comentarle las trivialidades de la vida. Hablábamos de la preparación de una clase, de la oportunidad de un discurso, de la duda gramatical que nos surgía. Pero hablábamos también de la moda, de la apariencia personal y de las vanidades femeninas. Por ese motivo la consideré mi amiga “total”.
Sabia consejera. En el ámbito familiar y de sus amistades, Alicia se perfiló como la persona prudente, ecuánime, acertada y siempre dispuesta a poner oídos atentos al problema ajeno. Lo desmenuzaba, lo analizaba y proponía una solución. Era sabia consejera. Alguna vez le hice notar que ella era como un espejo en el que, al mirarnos, resultábamos embellecidos, pues tenía la particularidad de valorar y exaltar lo mejor de cada ser humano.
En la docencia, fue la verdadera maestra en el más noble sentido del término. Impartió siempre sus clases con la dación, entrega y sacrificio que entraña el acto de enseñar. Tuvo la devoción de Gabriela Mistral, quien en “La oración de la maestra” dice: “Haz, Señor, que sea más madre que las madres, para amar como estas lo que no es carne de mi carne”. Sus alumnas se beneficiaron no únicamente de sus conocimientos, sino que se inspiraron en su ejemplo y sabiduría.
Entereza y aceptación. Pero Alicia no fue maestra únicamente dentro del aula. Su vida fue una lección viviente y su máxima lección nos la dio frente a la muerte. No recuerdo haber visto nunca una actitud de dignidad, fortaleza, valentía y estoicismo ante la muerte como la suya. Al tener conocimiento del diagnóstico de su enfermedad, con inconcebible entereza dijo: “Bueno, como en el poema de Machado, ‘mi hora es mi hora’”. Y todo ese proceso y ese caminar hacia la muerte logró sublimarlo y embellecerlo con señorío y entereza.
Una vez a la semana nos reuníamos a tomar el té y hacíamos recuerdos de nuestra época de estudiantes y echábamos una mirada al camino andado, pero sin soslayar el tema de la muerte. De pronto alguna decía: “Estamos frente a lo inevitable. Acordate de lo que decía Quevedo”. “Y eso que llamáis nacer es empezar a morir / y eso que llamáis vivir es morir viviendo / y eso que llamáis morir es acabar de morir”. Además, es inútil resistirse.
Dice Manrique en sus coplas que “querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”, y llegábamos a la conclusión de que lo deseable era mantener una actitud de entereza y aceptación ante la muerte, que es ley, no es accidente, semejante a la que describe Antonio Machado en su “Autorretrato”: “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar / me encontraréis a bordo / ligero de equipaje / casi desnudo/ como los hombres de la mar”.
Y así, serena y hermosa como transcurrió su vida, llegó su muerte. Por eso a Alicia no debemos llorarla, sino imitarla.

  • POR Estrella Cartín de Guier
  • Opinión
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