Guardar

Lunes de Marzo de 1993 LA REPUBLICA 15 Opinión Una cultura de la suspicacia JORGE ROWIRA MAS CHISPORROTEOS ALBERTO CANAS Una cosita nada más para abrir bocas: donde ustedes leyeron, en mi columna del sábado, orgullo. yo habia escrito brillo.
PAZ Alguien me sopla que existe en alguna parte (eso nunca se sabe donde) el proyecto de tomar la avenida que corre en San Pedro de Montes de Oca paralela por el sur a la carretera nacional, suprimirle una de sus aceras y convertirla en una especie de sucedáneo de la carretera. En dos platos: un proyecto para atiborrarla de vehículos.
Los vecinos del sector sur de San Pedro no hemos logrado nunca que las autoridades del tránsito nos respondan nuestra calderoniana pregunta de qué delito cometimos contra vosotros naciendo.
La de Costa Rica es eso: una cultura de la suspicacia, de una suspicacia engorrosa para todos e ineficaz para los más.
Hace algunos años, cuando volví a residir en el extranjero por un tiempo, pude comprender esto más plenamente. Hay sociedades que funcionan sobre la presunción de la buena fe. Pero hay otras, como la nuestra, organizadas sobre el principio contrario: el de la supuesta mala fe de casi todos nuestros conciudadanos. hay que recalcar esto último, porque el costarricense peca de un candor y de una ingenuidad frente al extranjero que asombran.
El de la buena fe es un punto de partida implicito que subyace a las relaciones sociales en otras latitudes, no aquí. Con base en él se considera que la inmensa mayoría de nuestros congéneres se comportan, en sus vínculos interpersonales, sin segundas intenciones; que no hay una propensión sistemática a tener designios ulteriores ocultos cada vez que contactamos a los otros. Esta regla de la conducta social es la que da sustento, a fin de cuentas, a aquellos otros principios de naturaleza jurídica, según los cuales todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. o bien en la duda, a favor del reo (in dubio por reum. Cuando una sociedad descansa en tales premisas, la vida cotidiana en ella se facilita en muchos aspectos.
Los intercambios personales, así como las relaciones de comercio, discurren sin retrasos ni fricciones innecesarias. Naturalmente, cuando alguien defrauda esa buena fe, cuando se actúa a espaldas de regla tan importante, el peso de la sanción social o jurídica se hace sentir fuertemente en su contra.
No sé cuándo los costarricenses comenzamos a prescindir de esta modalidad de asumir la convivencia, si es que alguna vez fue parte de nuestras maneras de hacer, pensar y sentir. Quizás en nuestro pasado, durante la Colonia, pueda encontrarse alguna explicación. Tal vez en nuestro individualismo ancestral, ese que Luis Barahona calificó de individualismo gruñón. se halle algún origen idiosincrásico de esta suspicacia institucionalizada que desemboca en la desconfianza y que hoy está difundida en nuestra vida pública y de relación.
Los costarricenses somos recelosos, un tanto paranoides, no comemos cuentos porque nos aproximamos al otro defensivamente, como si el resto de los mortales estuviera urdiendo una trama del mismo calibre que aquella en la que nos vemos a nosotros mismos. Un emblema definitorio que demarca una porción de nuestra cultura, podría ser este: que nadie quede sin sospecha, a no ser que demuestre sin asomo de duda sus buenas intenciones (nemo liber a suspicione nisi innocentia demonstrata. la cuestión no resultaría tan dañina, si además no fuera tan poco eficaz.
Esta manera de afrontar la vida social hace mucho más compleja y exasperante la contidianeidad. Una de sus consecuencias en el terreno jurídico, es la engorrosa legislación que rige la acción del Gobierno. El papeleo innecesario y los múltiples comprobantes requeridos para acreditar cualquier acto sencillo, son muestras palpables y a la vista de todos de la suspicacia que permea la cultura del país.
La más irritante, sin embargo, es que ese pequeño número de costarricenses a quienes a veces se les descubre robando o engañando, no reciben las sanciones que amerita su proceder. Porque para ellos, cuando quedan al desnudo, entra en juego otra institución nacional: ese sentimiento curioso de solidaridad con quien se ha puesto en aprietos y ha quedado exhibido ante los demás; esa emoción que se apiada del pillo, que se conmueve ante el pobrecito, que urge un traslado a otras funciones antes que un despido, que recomienda una salida discreta y el pago de las prestaciones antes que llevar a los tribunales a quien lo merece.
Curiosa paradoja es esta: suspicacia generalizada y múltiples rutinas defensivas para protegernos de una minoria, pero que entorpecen la convivencia de los más y no alcanzan a cumplir su cometido. condescendencia, junto con largueza en la disculpa, con aquellos que confirman nuestras sospechas y para los cuales hemos diseñado abstrusos mecanismos de control La República Jorge 1116 Lo cierto es que, como lo he repetido aquí muchas veces, se han empeñado en hacer imposible que salgamos de nuestros barrios a la carretera, atravesemos nuestra villa (por ejemplo para ir a la Universidad los que allí trabajamos. y que todos los semáforos, casi diez, que han instalado entre la Fuente de la Hispanidad (olé con los bautizos bonitos) y el cruce de Lourdes, están colocados para favorecer a quienes circulan de norte a sur, y ninguno para que podamos salir los que circulamos de sur a norte.
Además, aparte esa avenida paralela que ahora amenazan con destruir, las calles y avenidas de nuestro sector (Barrio Roosevelt, La Granja, El Retiro. son verdaderas antologias del bache que jamás, pero jamás, han sido arregladas. Incluso una vez la Municipalidad convirtió una de nuestras esquinas en depósito provisional de basura que recogían una vez por semana. Posiblemente tienen el propósito de que, ya que se nos obstaculiza el salir del barrio, se nos obstaculice también el circular dentro de él y, con el novísimo proyecto, el vivir en él.
El mundo feliz no ha llegado todavía Porque el convertir una calle en una especie de autopista charraleada, sin ninguna consideración para la gente que vive a la orilla de esa calle, es hacerle dificil el que siga viviendo allí.
Los propietarios de esa calle, suyas propiedades residenciales se desvalorizarán, tendrán que recurrir a las prolongadísimas vias judiciales.
ADOLFO CHACON Las autoridades no parecen saber dos cosas.
La primera, lo que es un sector residencial.
La segunda, la diferencia y prioridad entre el verbo circular y el verbo vivir.
Su única obsesión es la circulación (la circulación selectiva, porque en lo que se refiere a la circulación de los vecinos de San Pedro sur la obsesión es negativa. Les preocupa sobremanera que quienes atraviesan San Pedro, y que ni viven allí ni se detienen allí ni tienen allí nada que hacer, circulen cómoda y rápidamente.
Diversos escritores han anunciado desde principios de la centuria el fin de la opresión, las clases sociales, la miseria, las ideologías, la desigualdad y del Estado.
Algunos lo han hecho preocupados por las consecuencias del desarrollo industrial y de la modernidad.
Otros, inspirados por una especie de profecía milenarista como las que se difundieron al llegar el Año Mil de nuestra era, han anunciado el Fin de la Historia.
Con un optimismo exacerbado por la caída del Muro de Berlín, en estos últimos años se ha lanzado a los cuatro vientos el anuncio de un mundo sin contradicciones, sin luchas, en donde todo se resuelve por la vía democrática y los mecanismos del mercado. Pero como lo atestiguan los hechos más recientes, el Mundo Feliz que prefiguran en sus novelas Aldous Huxley y George Orwell está muy lejos todavía. Donde se creía que la multinacionalidad se había impuesto, han vuelto a eruptar los viejos odios nacionalistas y étnicos. Cuando una corriente capitalista conservadora estaba a punto de convencernos de que por fin el mercado libre se había convertido en la panacea de todos nuestros males, surge otra corriente capitalista pedrosa que nos dice que no es cierto, que se requiere una cierta intervención del Estado para evitar las injusticias y los de y sequilibrios que genera ese mismo mercado.
Todo esto nos pone en evidencia que no sabemos realmente dónde estamos parados y que corremos el peligro de caer en un abismo sin fondo. También nos demuestra que no hemos superado el mundo ideológico que llevó a la Guerra Caliente y a la Guerra Fria, y que no lo hemos hecho porque los más viejos problemas de la injusticia continúan allí. Seguimos pensando de acuerdo con los moldes que forjaron los dos sistemas que estuvieron en permanente confrontación y que tenían en común, entre otros dogmas, la desapari.
ción del Estado.
Pero las verdades absolutas en la vida política únicamente sirven para justificar acciones contrarias al bien común o para cubrir con máscaras el flujo de la historia. La verdad revelada del marxismo que propagaron los soviéticos y sus adláteres resultó una farsa o una tragicomedia: al cerrarse el telón de hierro, el público se quedó con el de su problemática desnudez. El nuevo evangelio neo liberal o, mejor dicho conservador, nos anuncia la venida de otro Mesías: el que actúa guiado por la mano invisible del mercado y que cada quien debe identificar como su fuerza o sus recursos se lo permitan. Ambas ideologías han pretendido poseer la verdad absoluta y ambas nos ofrecen el mundo feliz: a cada quien según sus necesidades, a cada quien según sus capacidades gritaban Lenín, Trotzki y sus seguido res; a cada quien según sus opciones, a cada quien se gún sus recursos es lo que nos espetan ahora los neoconservadores. Mientras tanto, la historia sigue su curso y lo que se impone no es el mundo feliz de las utopías fracasadas sino el frío mundo de la sociedad de la información que, hoy por hoy, es el que cuenta dentro de la trasnacionalidad de la economía mundial.
Que esa circulación rápida vaya en detrimento de la calidad de vida de los vecinos, de la seguridad de los niños, de la tranquilidad a que tiene derecho todo ciudadano, no cuenta. En lo que concierne a la tranquilidad de quienes aspiran no a circular sino a vivir, las autoridades de tránsito tienen dos respuestas.
La primera. Salaos!
La segunda. Porta a mi! al que no le guste, que se mude. Que se va.
ya con su música a otra parte.
Este documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.

    Cold WarIndividualismLeninMarxismTrotsky
    Notas

    Este documento no posee notas.